lunes, agosto 04, 2008
viernes, agosto 01, 2008
Si no tuviera a mi gemela negra
Este poema es de, más o menos, mediados del 2004. Estaba en internet desde ese tiempo, ahora no está, y ahora estará de nuevo. O quizás más bien del último semestre, quizás antes de navidad. Estaba dedicado a alguien que no existía, que podría haber sido mi amiga. Ahora está muerta.
Si no tuviera a mi gemela negra
[canta ella:]
Si no tuviera a mi gemela negra
mi gemela sombra como una habitación antigua
en una casona clausurada con olor a encierro
y si no tuviera la esperanza de encontrarla pronto
no algún día – pronto muy pronto
hace años a pesar de que casi no tengo años
si no tuviera a mi trilliza luminosa esperándome en europa
leyendo en idiomas que mi lengua conoce pero yo no
si no las tuviera entonces
¿cuál sería el sentido la realidad
de mi pelo largo ansiando el suelo
de mi pieza de la que me despido cada día?
mi gemela oscura aguarda con una tijera
y mi pelo largo se prepara a morir
mis ojos se preparan a endurecerse a llorar y a volar
con mi gemela luminosa llamándome a través del océano
a través de los libros que releo y releo
a través de este calor adentro y este frío en la piel
mis gemelas aguardan en el futuro
para acabar de una vez por todas conmigo
para poder por fin ser una nueva ser
ellas – de pie sobre el puente.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
3:49 p. m.
0
comentarios
domingo, julio 27, 2008
Pobrecito Sábato
De "Heterodoxia"
EL ARTISTA Y LA FEMINIDAD REPRIMIDA Según Jung llevamos en nuestro inconsciente, más o menos reprimido, el sexo contrario. Si esta teoría es cierta, las creaciones más vinculadas a la inconsciencia, como la poesía y el arte, serían expresión de su feminidad. Y, en efecto, ¿qué más femenino que el arte, aunque (o porque) sea realizado por hombres? El artista sería así una combinación de la conciencia y razón del hombre con la inconsciencia y la intuición de la mujer.
Si en esa combinación predomina la inconsciencia el arte es romántico. Si predomina la conciencia, es clásico.
Lo romántico es así lo femenino, lo irracional, lo ondulado y misterioso. Lo clásico es, en cambio, lo masculino, lo racional, lo rectilíneo, lo explicable.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
12:44 p. m.
1 comentarios
sábado, julio 26, 2008
Pretty in pink
NIN lyricsbut you don't make this all go away
I still recall the taste of your tears
Echoing your voice just like the ringing in my ears
My favorite dreams of you still wash ashore
Scraping through my head 'till I don't want to sleep
Anymore
You make this all go away
You make this all go away
I'm down to just one thing
And i'm starting to scare myself
You make this all go away
You make this all go way
I just want something
I just want something I can never have
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
10:19 p. m.
0
comentarios
viernes, julio 04, 2008
Marianela
MARIANELA
----
OK, ésta era una mina con un cuerpo menudo y unos ojos hermosos de tan intensos, que caminaba como un hombre y miraba el mundo desde detrás de sus anteojos de mosca como si estuviera decidiendo (con una sonrisa, siempre con una sonrisa) en qué lugar iba a ordenar primero que cayeran las bombas. Y sobre, detrás, alrededor de ella, una tormenta hecha de arena negra pero también de un orgullo feroz. Sonreía y conjugaba un ego del tamaño del universo, una vanidad tan femenina como una serpiente de miel venenosa y un deseo tan masculino como un puñal guardado en un cajón que de pronto sale a la luz. Y junto a ella, sus hermanas: la perdida, la loca, la reprimida, la monja del socorro, la virgen del perdón, la poetisa del rencor, la viajera de pelo rojo. Turnándose por ocupar el espacio detrás de esos ojos, peleándose por el territorio ya no de su cuerpo, sino de su zona de influencia, la red de contactos y fans y afectados e inversores y aspirantes a asesinos y a ángeles que creían tener una relación con ella, que creían conocerla y no entendían que ella, que se enamoró del ciudadano Kane con todas sus personalidades, huía permanentemente y a toda prisa (a todo delirio, a toda sangre) de cualquier cosa que la aprisionara. No era tonta: sabía que esa huída de los barrotes estaba montada sobre un vehículo hecho de barrotes más delgados, más flexibles, pero más implacables, que terminaban por hundirla en el río de sus límites tejidos sobre el agua. Y hundiéndose en el río que iba hacia el corazón de las tinieblas, como todos los ríos desde que dejaron la fuente, ella tomaba aliento, miraba la espuma de oro, y se decía a sí misma: "seré el remolino y la tormenta". Marianela, la tormenta. No sonaba mal.
La primera vez que la vi, la encontré rica pero tóxica. Pensé: podría enamorarme de mujeres así si fuera más pendejo, si estuviera menos cansado, si no nos pareciéramos tanto. Me reí. Pero yo no estaba solo: junto a mí estaba uno de mis mejores amigos, que para ustedes se llamará Leonardo. Y Leonardo, por razones que entiendo pero no quiero creer, cayó. En picada. Hacia un infierno donde el fuego nunca se apagó. Marianela, la tormenta de llamas color sangre, con una sonrisa roja como el futuro, sin quererlo (nadie quiere que pasen cosas malas, todos somos buenos en el fondo, qué podría haber hecho, etcétera), sin pensarlo, sin sentir más que placer y vértigo, desplegó una a una a sus hermanas para no dejarle salida alguna a Leo.
Leo, le dije dos años después, Leíto, qué lejos de ti te has ido. Estaba más flaco (más flaco que yo, lo que era mucho), estaba más perdido, creía menos en sí mismo, el mundo se le escapaba como sal entre sus dedos heridos. Y esa fiebre en sus ojos, donde reconocí la huella presente de Marianela y sus disparos hacia sí misma, sus muñecas cortadas, su insobornable decisión de ser un desastre y un faro para quienes no han terminado de crecer y no quieren hacerlo porque saben que hacia adelante sólo hay desesperación disfrazada de bienestar. Leo, viejo, no quisiera estar en tus zapatos.
-Eso es mentira, Gabriel -me respondió, con una sonrisa triste y salvaje que aún estoy intentando descifrar-. Yo sé que nada te gustaría más que estar en mis zapatos.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
3:34 p. m.
1 comentarios
miércoles, junio 18, 2008
Midnight is where the day begins (U2)
Ya lo sabes: si tuvieras que morirte ahora, podrías morirte tranquilo, siempre y cuando hablemos de las peticiones que en la vida pasada hiciste para ésta.
Así que deja de achar menos, deja de mirar esas fotos, deja de bucear en ese intenso color cuando cierras los ojos. Tú sabes que lo que buscas no está ahí. Tú sabes que es el momento de escribir (de rayar, de pintar, de gritar, de revelar) las peticiones para tu vida futura.
Frases como: dulce violeta violento, rosada gatita rencorosa, el sueño simulacro del olvido, voluntad extraña y salvaje: adiós a esos mantras tenues, adiós a lo que me hace sólido, adiós a mí mismo. Veo la serena oscuridad afuera, la serena oscuridad adentro, y comprendo: la medianoche es donde el día comienza.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
11:30 p. m.
1 comentarios
martes, junio 10, 2008
Love is the money of the mind
También sentía, mientras caminaba por la calle, el doble del estruendo que sentían los demás. Escuchaba los aullidos de los grandes letreros de las multitiendas diciendo "deséame, deséame", el actor de moda le gritaba "envídiame" desde otro cartel, los ejecutivos bancarios se burlaban de él mientras lo invitaban a firmar un crédito y borrar todo el miedo del universo. Y la fractura, el espacio sin nombre, seguía ahí cada noche. El miedo a la revolución en el futuro, los ojos condenados a una lucidez de mentira, a un estado de epifanía igual al de quienes ven a Dios pero totalmente falso. Y él lo sabía. Él mismo lo había inventado a los sesenta años, lejos en el futuro que lo aguardaba con sus holocaustos de metralletas arrasando la capital desde el sur de su esquelético país.
-Si tan sólo pudiera decir esas dos palabras, Gabriel. O esa palabra. Si tan sólo encontrar el nombre.
Algo sé de estas cosas. Algo tenemos que inventar, además, para que la rueda siga girando y no se acaben los negocios. Lo más importante es la familia: sólo la familia puede mantener andando los negocios. Javier, le dije, dile a tu vacío que se enamore de otro vacío y a tu violencia que juegue a las manitos con otra violencia. Háganse pedazos, enfréntense ante el espejo transparente, abracen a sus propios Hitler personales hechos de cerebros y de ternura, de libros y de ropa bonita, de epifanías linguísticas y de abrazos interminables. Aprendan con la experiencia lo que todos saben: que el amor es el dinero de la mente. Es entretenido, es maravilloso, y lo mejor de todo, te llena de endorfinas. Aún más importante que la familia son las endorfinas: mantienen andando el negocio y hacen que te dejes de huevear.
-¿Y tú qué vas a hacer?
Yo tengo que preocuparme de que no se saquen sangre en sus juegos. Yo soy el que los sacará de su letargo cuando ya sea suficiente. Y sobre la culpa, no te preocupes. Yo te la guardaré. Será muy útil para lo que tengo que hacer. Sí, tengo cosas que hacer. Hay una guerra allá afuera.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
6:57 p. m.
0
comentarios
martes, junio 03, 2008
Vértigo, Entropía, Ceres
Se sentó en el mismo café donde en otra década y otro universo su alter ego comenzó su viaje hacia la luz y la muerte. Pidió café y facturas, miró a la gente alrededor y luego, tras varios minutos de enloquecido silencio, pudo ver mejor con el rabillo del ojo, y lo que vio fue a sus señores sentados junto a él, dominándolo y acodiéndolo a la vez. Ahí estaban vértigo, y entropía en su traje mañanero de libertad, y deseo con su sonrisa de dandy (era irónico: Wilde de vuelta en London), y Ceres tomándole la mano. Todos sus egos, los viejos y los jóvenes y los niños, las mujeres y los hombres y los gatos salvajes, los jóvenes y los cobardes, los protectores y los que daban dentelladas, todos parecieron detenerse un minuto, todo un largo minuto, junto a él. Parecieron, y su molesta o dolorosa multiplicidad tuvo una pausa, algo parecido no a la paz, algo totalmente opuesto a la paz, algo que parecía un nacimiento, pero bien podría estar equivocado, engañado, bien podría haber llegado Cortázar (que lo miraba hastiado desde la pared) a haberle puesto un millón de haches a esa palabra hasta taparla con la risa.
Ocurrieron dos cosas más. Los señores se habían ido, la europea conversadora se había ido, estaba llegando el tiempo de irse él también. Una cosa: se contempló largamente en el espejo, intentando buscar en su rostro, en lo único que podía asumir como real, como propio, como sólido, alguna huella de su naturaleza. No la encontró: era el rostro de un niño miedoso, pero también de un chicano astuto, pero también de un oficinista rencoroso, pero también de un amigo fiel. Después de eso vio el rostro de Cortázar, recordó los mensajes, el "DESPIERTA", el llamado y la caída, los caminos de Kafka donde según Bolaño HAY que perderse, y se le ocurrió un lema que siempre había estado allí, un lema que solo alguien criado bajo el amparo de entropía o de libertad (y bañado cuando niño en la sangre de la revolución francesa) podría haber inventado: SEMPER FIDELIS.
Soy fiel a mis señores y he escuchado el llamado y veo de lejos la caída. Una caída duce, con un trazoregalos sobre el mundo, pero una caída. Soy fiel porque tengo el corazón lleno de la voz de mis señores, porque estoy enamorado de sus emblemas y porque sus promesas me cuidan el alma y me llevan al otro lado de la oscuridad.
Me voy. Tengo cosas dolorosas que hacer. Porque esto es una guerra, señores.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
3:50 p. m.
0
comentarios
domingo, mayo 18, 2008
El juego de los números
No te lo puedo decir: es un secreto. Pero me puedo disfrazar, a ver si tú adivinas.
Juguemos, respondió él, disfrutando el sol. Disfrázate.
Algo me está fluyendo entre las piernas, dijo ella. Él se sintió duro, respiró más fuerte.
Alguien me está llamando desde otro tiempo y otro lugar, dijo ella. Él quiso acompañarla.
No me toques: rescátame. Las cicatrices ya no están pero sigo sintiendo los golpes.
Y luego: las luces, la música, los saltos con los mechones negros cayéndole en la cara.
Y luego las groserías chilladas con olor a alcohol. Y luego la ternura con olor a lavanda. Y luego el hielo de sus rasgos europeos.
¿Cuántas llevo?
Ocho, dijo él, pensando en lo que sintió Américo Vespucio al descubrir desde su escritorio algo impensado y trascendente como nada antes.
¿Cuántas me faltan para ser para ti? ¿Infinito menos ocho?
No, dijo él, y se rió (pero la pregunta lo entristeció un poco). Digamos que ocho es algo que pocos pueden hacer.
Puedo hacer más, dijo ella. El pelo castaño corto se arremolino bajo la fuerza del viento tibio de la selva. Los brazos delgados sacudieron sus rulos rubios y alisaron su vestido de gala. La luz de la vela tembló sobre su liso pelo rojo y sobre sus manos que guiaban afiebradas el lápiz.
Sus ojos tuvieron el verde de la bruja zalamera, el azul de la extranjera curiosa, el miel de la hedonista de buen humor, el negro de la morena que nunca dejaba una pregunta sin responder.
Él jadeaba, con la boca, con el alma. Él estaba llamando a la línea aérea para suspender su vuelo, estaba pidiendo con los dedos anhelantes un lápiz para firmar donde fuera, ahora mismo.
Quince es un buen número. Es un número magnífico.
Ella sonrió.
En realidad da lo mismo el número. En realidad mi ideal es infinito, y tú lo lograste. Como para los primitivos, el número quince es igual a infinito. Soy un primitivo y soy un hombre moderno contigo, soy el futuro y el pasado. Soy todo el puto diccionario de sinónimos y antónimos para ti. Y tú lo eres todo. Todo. En serio, todo. ¿Quieres casarte conmigo?
Ella sonrió (pero la pregunta la entristeció un poco). ¿Quieres que diga que sí?
Claro, por favor, por Dios, por todo. Dime que sí.
Ella recurrió al rostro de hielo para decir, sin que se notara mucho su tristeza (pero se notaba igual): sólo te puedo decir si adivinas. Adivina el número.
Quince, dijo él sin dudarlo, y entonces, lleno de alegría, las vio a todas juntas. Pero algo estaba mal.
Todas estaban desoladas.
Esa no es nuestra cantidad, dijo la exploradora rubia, en voz baja. El número es cero.
Una a una se desvanecieron, el tiempo justo para que él tratara de robarles un beso a cada una y sólo pudiera rozar sus mejillas, sus pieles suaves, su aliento dulce. Al final se fueron todas.
Solo, caminó mientras era cada vez más consciente de la gente caminando a su alrededor, de los edificios con el logo de la Coca-Cola y las pantallas gigantes y el tráfico y los vendedores, y la culpa y el rencor y el miedo, y el futuro y los hoteles y los aviones interminables y los perfumes baratos y los rincones oscuros. Y antes de doblar una esquina se subió la capucha del impermeable, se ajustó el nudo de la corbata, acarició la navaja en su bolsillo.
“Sí, acepto”, se respondió a sí mismo.
Comenzó a llover.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
11:26 p. m.
0
comentarios
viernes, mayo 09, 2008
Blancanieves y la Bruja y el Flautista de Hamelin
Un chico dulce con ojos como espejos retrovisores me contó que no podía enamorarse y que nadie se enamoraba de él, pero entre medio tenía miles y miles de amigos y gente que quería acostarse con él. Nunca accedía. Lo suyo era la fiebre de la palabra, una especie de mala poesía donde no importaba la calidad sino la cantidad: ponerle nombre a todo, sumar sinónimos ante cada pensamiento, como aquellos chicos nerds que cuando aprenden a leer (a los cuatro, cinco años de edad) van por la calle nombrando todos los letreros y carteles y marcas sobre su campo visual. Peter Punk, este chico, usaba las palabras no como cuchillos, no como olas de un mar de petróleo, ni siquiera como mariposas: las usaba como la miel de un sibarita adormilado que podía tragar durante horas sentado en sus cojines, pero que nunca engordaba. Un huesudo cuerpo blanco mantenido en frío por la fiebre.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
4:10 p. m.
0
comentarios
miércoles, noviembre 21, 2007
Informe primera parte
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
4:15 p. m.
1 comentarios
miércoles, octubre 03, 2007
En la trinchera físicamente real
-A nadie. Aunque si me encontrara con cierta persona que conocí a los 17 años tendría que controlarme para no dispararle. Después de eso, no odio a nadie. En general nadie me ha hecho nada malo, intencionalmente.
-La gente que hace cosas malas, ¿las hace intencionalmente?
-Llamemos intencional al acto realizado a pesar de que tienes la posibilidad razonable de controlarlo, o de evitarlo, o de salir corriendo para no ceder a tu gemelo dañino interior. Hay un lolcat muy chistoso, donde un gatito sujeta a otro y dice "run! i can't push him back much longr". Gatitos, muñecos, nubes de algodón rosado. Y la muerte.
-¿Por qué te fascina la muerte, Crocek?
-De engrupido nomás. De pendejo emo. Eso off the record. La respuesta oficial: porque está a cada paso, detrás de todo. Porque el reino de los arquetipos siempre ha sido para mí un cementerio. Pero hay algo además de la muerte. Porque la muerte es en el fondo algo desconocido que no importa hasta que llega. Pero antes de la muerte está otra cosa: la destrucción.
-¿La destrucción?
-La destrucción. Que si te fijas, no es lo mismo que la muerte, porque la muerte es la entropía, y se puede llegar a ella de forma pausada, como el ciclo natural de las cosas, primavera-verano-otoño-invierno-primavera-again. La destrucción es algo parado a mitad de camino, llevado a un ciclo diferente, erróneo. Sobre todo erróneo. Es una fuerza entrópica llena de pureza y libertad, maligna al fin y al cabo. Es más complejo que eso, porque es ambivalente, es múltiple y especular. El fuego purifica/no, el fuego sólo destruye (Anne Rice). Paz decía que las pasiones no se pueden ordenar por su legitimidad moral, o perversión, pero sí por su intensidad, su pureza. Y las pasiones más altas son las mayores, las salvas: su otro nombre es destrucción (dice Paz). Pero no somos eso. Los seres humanos no somos eso. Incluso en este desierto y con estas armas en la mano, mientras esperamos que amanezca, no somos sólo un impulso. Somos un campo de batalla, o un barco amotinado, donde sólo alguien puede tomar el timón. ¿El capitán, los rebeldes, los oficiales, los esclavos? En descubrirlo se te va la vida. Puedes terminar, preguntándose estas cosas, en una guerra de un país que no es tuyo, fumando junto a unos fanáticos religiosos WASP esperando a unos fanáticos religiosos barbudos. Y sujetando un arma. ¿Habría sujetado un arma yo hace siete años, en las calles de Santiago de Chile, hoy devorado por la represión del gobierno de Piñera?
-¿Cómo eras en ese tiempo, Javier?
-Era mucho más delgado que ahora... usaba el pelo como una melena descuidada. Tenía dos extraños mechones un poco más largos, uno de cada lado de la cabeza. Tenía una novia rubia y muy bajita, dulce, inteligente. Andaba mucho en bicicleta. Tenía un fotolog, un blog. Tenía un par de obsesiones que ahora me sorprenden. Y estaba cansado de escribir. No quería tener más demonios en mi escritura. Pensaba que con un trabajo físico, que me llevara fuera de ese país de nihilistas y mezquinos hombres de asegurada clase media iba a recibir el perdón del ser, de la existencia.
-Y ahora estás acá.
-Y ahora estoy acá, y tengo suerte de no tener gangrena.
-Por lo menos sería una gangrena física. La de tu país hubiera sido moral.
-No estoy seguro de que la moral exista. Existe esta ametralladora. Existen, aunque no los vemos, esos árabes de mierda al otro lado del valle.
(Una luz.)
-Mira eso. Es la hora. ¿Tienes miedo?
-Sí. Tengo miedo. Un miedo real. Un maravilloso miedo de verdad en todo el puto cuerpo.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
10:07 p. m.
3
comentarios
miércoles, agosto 15, 2007
Tori Amos Uno
Punto dos: no comprendo a Tori. ¿Cómo podría comprenderla? "Parte por escucharla, Drugstore Cowboy", me susurra un alter ego. ¿Cuál? "Nosotros no importamos, Drugstore Cowboy. No nos escuches a nosotros. Escúchala a ella".
Punto tres: Ella dijo: es como si tu cuerpo estuviera apareciendo de a poco. Es como si con cada beso, con cada vez que se posan los dedos, una parte de mi cuerpo vive de verdad. Ella dijo: Tú lo hiciste, Drugstore Cowboy. No, ella no dijo Drugstore Cowboy. No mientas más.
Punto cuatro: Hablaré sobre mí durante un párrafo: esta cansadora y a estas alturas aburrida necesidad de hablar en clave, de confundir para vencer (una victoria inútil y ridícula), de crear a partir de unas tijeras que desmenuzan y remezclan la realidad, este hábito de explicar lo fácilmente explicable a partir de tramas fantásticas y disfraces de carnaval, de un carnaval de drogadictos y esquizofrénicos, esta enciclopedia de mentiras creada para encubrir una sola palabra. Pero, ¿cuál palabra? ¿Qué, quién, cómo, cuándo, dónde? ¿Y por qué?
(continuará)
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
8:38 p. m.
13
comentarios
sábado, agosto 11, 2007
Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, etc.
Javier Crocek le envía diariamente unas tres páginas a Luzmira con sus textos, ideas y reflexiones. Muchos epigramas, algunos ingeniosos. Luzmira los borra casi todos. Porque las palabras son un virus pero lo que hagamos con las palabras es una encarnizada guerra biológica donde no hay espacio para el riesgo ni las buenas intenciones. Esto es una guerra, señores.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
11:31 a. m.
domingo, julio 29, 2007
Trama
Queremos un mundo mejor, dijo el agente 16.6.82, antes conocido como Jaime Guzmán
Mónica Echeverría, madre de Carmen Castillo, que perdió el hijo de Miguel Enríquez cuando lo mataron a él, escribe un libro sobre los Edwards y dice que deben pedir perdón.
http://www.lnd.cl/prontus_noticias/site/artic/20051105/pags/20051105174943.html
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
10:26 p. m.
0
comentarios
domingo, julio 15, 2007
Santa Teresa
Mentira.
No tengo un mantra ni tengo un nombre, responde Javier Crocek, pero lo que dices es mentira, y te lo voy a demostrar. Se para, se sienta frente al computador, escribe el punto final...
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
3:07 p. m.
2
comentarios
domingo, mayo 27, 2007
Post de prueba BlogSend (una página rota)
Prueba.
La belleza. Los dientes apretados de placer. Cualquier persona, todas las personas del mundo. La menopausia pero no, no te burles. Tori Amos. Violentamente hermosa. Desgarradoramente hermosa. La belleza como una llamarada de energía despertando al cuerpo. Los dientes apretados, la boca abierta de contemplación. El cuerpo de desgaja como una flor, se hace polvo entre las guitarras eléctricas, y logra pasar la cortina de agua negra: al otro lado estamos vivos, aunque no brille el sol, aunque llueva. Estamos vivos. Estoy vivo y tengo un nombre. Me llamo Gabriel. La belleza como el rasguido de una guitarra eléctrica abrazando a la voz de Tori Amos en el aire. Escucho eso y sé que me llamo Gabriel, y que no hay otro acá adentro, y que hay tantos otros allá afuera, a pocos centímetros de mi piel.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
10:00 a. m.
4
comentarios
lunes, mayo 14, 2007
Cuando vuelvas te abrazaré muy fuerte
La segunda parte de Los Otros - La Novela, comienza cuando Medrano y su jefe deciden encerrar a Javier Crocek en el sótano de un viejo edificio en el medio de la ciudad y planean la mejor forma de acabar con él. Pretenden matarlo, pero no asesinarlo. Y para eso necesitan su ayuda. Pero no pueden, porque él los está soñando a ellos.
El cielo estaba moteado de nubes, blancas contra un desganado azul. Crocek, un día antes de comenzar a escapar, caminaba por la calle cuando vio el cielo e imaginó, soñadoramente, que las motas de pronto comenzaban a bajar a alta velocidad, y caían como gigantescas bombas de gas sobre la ciudad. Y de las bombas de gas brotaban los arcángeles gritando el Santo Nombre en un sólo chillido. Pero algo sorprendía a Javier Crocek más que la imagen de los Arcángeles. Supo, abierta la boca y asombrados los ojos, que esa idea no era parte de su imaginación. Esa idea no era suya, ni la había inventado él. ¿De dónde salía entonces? Sólo había una respuesta: era el eco lejano de los otros, los reales, luchando desde afuera para quebrar la cúpula y llegar a rescatarlo. Pero necesitaban su ayuda. Y necesitaban que él fuera libre.
-Medrano, ¿cuánto tiempo quieres que siga trabajando para ti?
-Mientras sigamos ganando dinero.
-¿Ganar dinero todo lo que importa?
-No, si eres millonario no, ganar dinero no importa.
-Medrano, estoy caminando por Providencia y hay nubes moteadas en el cielo. Parece que algo va a pasar.
-Javier, te escucho exaltado. ¿Has tomado... has hecho todo lo que tienes que hacer?
-Creo que hay algo que no me has dicho, Medrano.
-Javier, tranquilo. ¿Qué te pasa? Juntémonos a conversar.
-Hay algo que no me has dicho, Medrano. Hay un lugar donde no puedo ir, hay un nombre que no puedo decir.
-Javier, ¿estás bien?
-Medrano, quiero ser libre.
-Javier...
-Voy a ser libre, Medrano.
Medrano oyó el estallido del celular de Crocek rompiéndose contra el suelo, sintió que estaba llegando el incómodo y ominoso momento de tomar decisiones, sacudió la cabeza. Crocek, a varios kilómetros de distancia, reflexionó un segundo sobre las sensaciones, pensamientos y movimientos de cabeza de Gabriel Medrano, y luego pensó: "¿Cómo mierda puedo enterarme de estas cosas?" Entonces echó a correr por una calle lateral, y un par de horas más tarde ya estaba hablando solo camino a Santiago Centro.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
9:42 p. m.
1 comentarios
sábado, mayo 12, 2007
Una etapa termina y otra nueva empieza
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
9:30 p. m.
1 comentarios
viernes, mayo 11, 2007
Lupita es feliz con las cosas simples
Y era algo simple, y algo tan común y tan cierto: había en alguna parte de la ciudad un animal llamado Lupita, y él tenía un vínculo con ese animal. Y aunque Crocek sabía que en realidad no estaba caminando por la plaza Ñuñoa (toda la recreación estaba plagada de minúsculos detalles erróneos), sino que estaba encerrado en su pieza de ese inabarcable lugar sin oscuridad y con paredes acolchadas, haciendo amigos de humo y novias de aire que venían a saludarlo y a consolarlo y luego desaparecían cuando él sacudía la mano.
Pero si en medio de la simulación aparecía un gato que no era Lupita, y luego desaparecía (Crocek avanzaba y dejaba atrás esa ventana, llegaba al departamento de Josefina, recordaba brevemente su figura fecunda, quizás la mejoraba con el pensamiento), y Lupita maullaba con toda su fuerza aunque estuviera ausente para despertar a Crocek (despertarlo a qué, a dónde), ¿no era esa ausencia una prueba de que había algo real en el mundo que lo rodeaba, y de que la enfermedad de lo real podía extenderse como la luz del sol sobre las calles, las fachadas de las casas, sobre las personas, sobre los otros?
¿Aún eres feliz, Lupita? Yo sé que aunque todo sea mentira, aunque Santiago se derrumbe, ustedes dos son felices.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
8:53 p. m.
0
comentarios
lunes, abril 30, 2007
Redondo, seguro azar (Pedro Salinas)
Half of what I say is meaninglessTe amo, Julia. Pasado, presente y futuro. Miro tus ojos y me encuentro en el cielo. Oigo tu voz y me corre agua tibia en el corazón. Te llamo y nos encontramos en un café y siento que nadie tiene tanta vida como yo. Te pregunto algo y ya sé que tu respuesta es clara, equilibrada, mágicamente correcta. Te abrazo y es como si te conociera desde siempre. Te toco y te beso desnuda y sudorosa y siento que soy diez veces más grande de lo que soy, que el resto del mundo no existe y que no lo extrañaré. Te siento respirar dormida, apretada contra mí, y no quiero dormirme. Pero me duermo, y me hundo en el sueño con tu dulce piel bajo mis manos y tu nombre en mis labios, Julia. Te amo. Nunca dejaré que nos separemos. Nadie nos detendrá, mi mujer del mar. Conquistaré el mundo si es necesario, y te lo regalaré a ti. Y luego lo olvidaremos y me dedicaré a hacerte el amor y a escucharte hablar. Diamante de estos duros años, luz de este mundo mangífico, capaz de contenerte a ti.
But I say it just to reach you Julia
No me fío de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.
Ni me fío de la otra
rosa verdadera,
hija del sol y sazón,
la prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
8:24 p. m.
1 comentarios
Tom Petty
No era llamar para pedir ayuda. No era exactamente eso. Lo había pensado diez mil veces sólo esa mañana (aunque ya había pasado el mediodía), pero era sencillamente imposible. Como imposible era apagar el computador, dejar de masturbarse, ordenar su habitación, bañarse, ordenar los quince libros que tenía en el suelo y que leía en desorden, tomarse las pastillas, salir a tomar el sol (pero no había sol).
Era llamar y hacer una pregunta con excusas, digamos, literarias. O periodísticas. ¿Qué te hace más feliz? No, no exactamente eso. Tendría que depurar la pregunta, pero se dio cuenta de que ahí podía haber una salida, algo que quebrara por fin la locura, que lo salvara de tanto miedo y de la parálisis de la serotonina cero. Así que tomó su teléfono (que había sonado quince veces en esos tres días y que nunca había contestado) y, tras consultar en su celular (veintitrés veces), marcó el número de Gabriel Medrano.
Mientras sonaba el piii, depuró la pregunta. Diría: "Medrano, tengo una duda. ¿De qué forma eres más feliz? O sea, ¿cuál sería para ti un perfecto momento feliz? No: ¿Cómo sería la felicidad para ti?"
Medrano no contestó. Dudó mucho en llamar a nadie más. Todos eran tan lejanos, tan todo, tanto. Pero en las siguientes dos horas, venciendo y siendo vencido por dudas y temblores (temblores físicos, reales, de esos que nadie conocía porque nadie estaba con él en su habitación), llamó a Luzmira, a Baradit, a Paulina, y a Prudant. No pudo hablar con ninguno: no contestaban, o contestaba alguen y decía que el buscado no estaba. El siguiente intento fue con Gabriel Mérida, y él sí contestó.
-Aló.
-¿Mérida?
-Ajá. ¿Quién habla?
-Gabriel, qué tal, habla Javier. Javier Crocek.
-Crocek, cómo va.
-Bien, bien, bien.
-¿Sí? ¿Todo bien?
-Y... sí. Digamos que bien. Oye, Gabriel, estoy haciendo una... digamos investigación. Escribiendo algo. Así que le estoy haciendo una pregunta a todo el mundo.
-¿Una pregunta?
-Sí, es simple...
-Bueno, dale.
-La pregunta es: ¿Qué es la felicidad para ti?
Silencio en el teléfono. "Logré no temblar", pensó Crocek, "logré que no se me notara, logré pasar como cuerdo en un mundo de cuerdos".
-Tom Petty.
-¿Ah?
-Tom Petty. ¿Ubicas a Tom Petty?
-Es un cantante, ¿no?
-Sí. El de "Last dance with Mary Jane".
-Lo ubico de nombre, pero creo que no he escuchado nada de él. ¿Él es la felicidad?
-No exactamente. Mira, Tom Petty es raro. No sé cómo describirlo. Digamos que es como folk, pero un folk extraño, con letras que hablan sobre alienación, sobre tragedias. Pero al mismo tiempo no es trágico. Es puro. Y no se parece al country. No sé mucho de música, pero no sé bien a qué se parece. Claro que para otra persona esta indefinición puede ser muy absurda. El hecho es que me gustan las canciones de Tom Petty.
-Ya...
-Y bueno, la felicidad no es escucharlo, porque está en mi playlist al lado de docenas de grupos, todos de tendencias diferentes, mezclados, todo muy ecléctivo. Violeta Parra al lado de Tori Amos y de Atari Teenage Riot, y así, ¿entiendes? Pero para mí la felicidad perfecta sería esto. Ir conduciendo en el desierto del norte, no importa si es hacia la ciudad en que nací, que está en el extremo norte de Chile, o de vuelta. Sólo importa que avanzo, con un brazo en la ventanilla, en medio del desierto de Atacama, y que estoy solo, y que es casi mediodía, y que estoy escuchando un casette en autoreversa con las canciones que más me gustan de Tom Petty, y eso es todo lo que hago.
-...
-Sí, eso es la felicidad perfecta para mí.
Javier Crocek pensó en la locura, en el encierro, en su enfermedad sin nombre, en el estado de ruina que ostentaba el mundo y del que nadie se daba cuenta sino él, y sospechó algo. Quiso preguntarle a Gabriel Mérida si era feliz, pero no se atrevió. Quiso preguntarle si alguna vez había sido feliz, si esperaba serlo algún día, si estaba cuerdo. Quiso preguntarle si era real, quiso preguntarle si no era una invención de su cerebro. Pero no.
-Gabriel, ¿sabes manejar?
-No.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
7:31 p. m.
1 comentarios
No me tengas miedo, dijo el ángel
Temía lo siguiente: ir por la calle un día y encontrar a la mujer que debía estar esperándolo en casa, seguirla, y darse cuenta de que iba a la Universidad, veía a su novio (que no era él), tomaba una micro que no era la que él tomaría, llegaba a otra casa que no era la de ellos. Y se daba cuenta de que ella no hacía eso sólo esa noche, sino que lo había hecho siempre, y en ese momento se negaba a volver a su propia casa, para no encontrarla vacía, para no ver que su novia en su silla era una almohada con olor a lavanda y suaves manos de plástico.
Temía lo siguiente: que, como en el cuento de Greene, se pusiera a murmurar en una cabina de teléfono: no voy a volverme loco, no voy a volverme loco, no voy a volverme loco. El murmullo crece y se transforma en grito, el cuento crece y se transforma en lugar común del cine, la muchedumbre a su alrededor crece y se transforma en policías y ambulancias. Todos crecen menos él.
Temía lo siguiente: un día despertar y no estar en su dormitorio, sino en un hospital con un tubo metido en la garganta y una sutura en la cabeza, justo donde estaba el tumor. Esas cosas pasan, él había estado a punto de conocer a un pendejo al que le ocurrió exactamente eso: se desmayó en un supermercado en Iquique, se despertó operado en una clínica de Santiago. El cáncer es tu destino, se dijo, por más que quieras asesinar al mundo antes de que el mundo te asesine a ti.
Temía lo siguiente: que incluso después de golpear el computador con la pantalla y de atreverse por fin a cortarse la piel de las caderas y los brazos y de quemar el edificio y de salir corriendo por la noche aterrorizando a los flaites y las prostitutas de la periferia con su mirada de astronauta tras el punto de no retorno, incluso después de todo eso, siguiera oyendo el interminable ruido de sus dedos tecleando, grabado en sus oídos, martilleando en su cabeza rapada.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
3:06 p. m.
3
comentarios
Te voy a querer igual, tontita
Los psiquiatras intentaban conversar con él, lo que era difícil pero no imposible. Aunque él nunca dejaba de hablar (debían introducirle un catéter para solucionar la sequedad de su boca, y además alimentarlo vía intravenosa), estaba atento a lo que le decían, y también estaba conciente de su propia situación, aunque no podía hacer nada por explicarlo. Reflexionaba en voz alta, su reflexión intentaba responder a lo que le preguntaban, y a muchas otras cosas más. Los psiquiatras (uno especialmente, uno joven algo obsesionado con su caso) notaban que el discurso era coherente, que divagaba un poco pero que en realidad se trataba de la voz interior permanente de una persona aproblemada, que tenía que decir todo lo que se le pasaba por la cabeza.
En el sueño pasaban muchas más cosas, el joven psiquiatra intentaba convencer a sus colegas de la importancia del caso, había una intriga, un asesinato y una mancha gigante de sangre en la misma estación del metro donde ocurrió el incidente, los periódicos comenzaban a pelearse por la exclusiva, llegaba una mujer (no podía ver su rostro ni adivinar el color de su cabello), pero él por fin despertaba y se quedaba en su cama (no era su cama, era un living ajeno con olor a alcohol y un cuerpo femenino cerca suyo), admirando el silencio, contemplando la mañana, temblando de frío, intentando no pensar.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
12:07 p. m.
2
comentarios
sábado, abril 21, 2007
Los otros - Imagen Cero
Se pone de pie ante ella y trata de hablarle, pero está paralizado.
Suda, sus ojos se enrojecen y sus venas se hinchan, hasta que la parálisis cede, pero ahora esta mudo. Y ella lo ve sin decir nada, abriendo la boca y mirándolo con sus ojos húmedos (¿de qué color?), hasta que se da medio vuelta y se marcha. El la sigue por las calles, bajando las escaleras, subiendo al metro, siempre a unos pasos de distancia, sin poderse acercar, sin poder hablar, estirando las manos para acariciar el cabello pero impedido por una barrera invisible. Y entonces la pregunta no puede esperar más: ¿de qué color es su cabello? ¿Es liso u ondulado, qué tan largo es? Sorprendido, ignorado por ella (pero vigilado por los pasajeros del metro, todos aguardando que se de cuenta), se toca la cabeza. Estira la mano para tocarle el hombro (ella está de espaldas) y se da cuenta de que la barrera invisible se ha ido, está a medio centímetro de su piel (¿desnuda o cubierta, invierno o verano?) y se contiene, porque el miedo a ver su rostro lo ha invadido. Mira la ventana, ve su propio reflejo y luego mira a alguno de los pasajeros.
Todos sonríen.
Todos tienen un rostro distinto, pero algo los delata, un mismo gesto, una misma sonrisa. Pregunta: ¿quiénes son ustedes?, pero cuando abre la boca todos los labios se mueven a la par de los suyos, cincuenta voces haciendo eco de sus palabras. Y cuando se calla, muerto de miedo y angustia, todos lo imitan un segundo, pero luego comienzan a reirse de él, esa atroz risa de burla en mil tonos diferentes. Todos riéndose de él, todos burlándose de él. Piensa que quiere desaparecer, que está desnudo, que ha perdido el nombre, pero entre las risas (algunas son contenidos murmullos de lástima, otras son carcajadas feroces) escucha otro ruido: el llanto de ella que acompaña a los ojos húmedos que lo vieron paralizado y mudo, y entonces sabe de qué color son sus ojos y su cabello, y dice por fin su nombre: Julia.
Las risas se detienen, el metro está vacío en una estación de viento, y él se da vuelta.
Pero ella no está ahí.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
9:32 p. m.
3
comentarios
martes, abril 10, 2007
La niña número 37
Te buscaré, pero no sabrás el momento. Llegaré a desbaratar todos tus planes.
Esas cosas dice la niña de pelo caoba, y luego abre los ojos, que son verdes y contempla su cuerpo inquieto cubierto con un camisón de hospital, ve la pequeña etiqueta que dice Judith 37, y suelta una risa queda.
Judith por Judas, el traidor, dice, pero también por Julieta, la enamorada de su enemigo, y por juventud perdida, y por Juana la primera mujer, y por el río Jordán y por muchas otras palabras. Pero una letra esconde a otra letra y llegan los judíos (cuyo nombre también comienza con jota) y su cábala a esconder las letras en su horrible orden, y llegan los traductores vestidos de rosa y negro para preservar la inútil esencia y perder los esenciales detalles, y llegan las hordas de bárbaros de traje y corbata a repetir y repartir los mensajes y los nombres por todo el orbe, a través de todos sus canales de televisión y todas sus antenas, y finalmente llega el fuego a quemar todas las bibliotecas y dispersar todas sus cenizas y enviarlas al suelo para que nutran la tierra y crezcan árboles que se extiendan bajo el sol.
Entonces la niña me mira, y sus ojos verdes son como un espejo hacia otro planeta, y me pregunta con voz perdida en el bosque: Cuando pase eso, ¿recordarás mi nombre?
Recordaré tu nombre, le respondo yo, y en seguida la cabeza me tiembla y el viento sopla y estoy caminando apresurado por una calle de Ñuñoa, en Santiago de Chile, pensando en mi tesis de título y mi trabajo, y en todas las promesas que hecho y no he cumplido jamás.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
12:05 p. m.
1 comentarios
domingo, marzo 11, 2007
La fractura
Una trizadura que correrá desde el cráneo hasta mis pies, pasando por las costillas y rajando el esternón. Una trizadura que aparecerá después de años de estar escondida, dibujada en otra dimensión, aguardando hambrienta para venir a este plano de la realidad. Será como volver a casa. Por fin será visible la fractura.
***
Llego a casa, tengo buen ánimo, me río y escucho una canción, como algo, ordeno un poco. Y en determinado momento me acuesto en la oscuridad para sentirme triste. Recuerdo fugazmente a una mujer que conocí que lloraba una vez cada día, encerrada en el ascensor de la facultad, y eso la mantenía viva. Yo no lo podía comprender. Yo pensaba que ésa no era una forma de vivir. Pero siete años más tarde hago lo mismo. Suspendo el bienestar por algunos minutos y, como una terapia, me siento triste. Pienso en lo que me falta, echo de menos, imagino que el pasado podría haber sido diferente. No lloro, pero me da mucha pena. Y digo: está bien, está muy bien. La tristeza es como una dulce copa de miel y recuerdos.
***
Te mordí el hombro, te doblé entera, te conocí mojada y lisa y rugosa, te hice apretar los dientes, te oí gemir, te aplasté durante largos y sudorosos minutos, te lamí la mejilla en la luz de la madrugada, te sujeté las caderas para quererte mejor y mejor, para darte más calor, para escuchar esos hermosos jadeos, esos calientes suspiros, esas interminables y líquidas quejas. Cuando dormías, bebí de tus piernas como un ladrón para que no despertaras.
***
Sí me acuerdo, tenía diecisiete y era todo más tranquilo. Más melancólico, más radiohead, más gris y tenue, pero más tranquilo. Quizás algunos vidrios rotos, quizás algunos fármacos que no debían estar ahí, pero yo me iba a la playa, veía a algunos amigos, esperaba que se nublara y corriera un viento fresco desde el mar, y me sentaba en la arena arropado con un chaleco mirando el horizonte. Todo muy dulce, todo muy melancólico. Todos sabíamos que estábamos viviendo los últimos días de un tiempo maravilloso que no podíamos apreciar como se lo merecía. Mis amigos y mis amigas sonreían mucho. Bailábamos, tirábamos, nos enamorábamos. Teníamos quince, dieciséis, diecisiete años. Lo pasábamos bien. Teníamos pena y rabia y nos sentíamos solos, pero lo pasábamos bien. Ahora están todos muertos.
***
Feliz como una mujer, decía Rimbaud. Triste como una mina, pienso yo. Dolido y herido como una mina, ausente y vacío como una pendeja, impotente como una solterona. Alguien me dijo que estaba bien lo que yo hacía, es decir, tener pena y resistir, y dejar que pasaran los días y los meses. Eso es resistir como un hombre. Pero un hombre que tiene pena es un hombre de barro que se derrumba y está viejo y derrotado. Yo no. Yo soy joven, y yo resistiré.
***
Porque un día se darán cuenta, y me llamarán por teléfono para no perderme, y en las salas de clases repetirán mi nombre, e irán a verme al hospital y llamarán a las universidades para que me bequen y al gobierno para que me encumbre y a la televisión para que me ilumine. Ese día me llevarán en andas y me pedirán perdón, me tratarán como merezco, me dirán que soy el mejor, que tengo la razón, que no hay nadie más. Me abrazarán, me tomarán la mano, me palmearán la espalda, me tocarán el cabello. Miles de personas llorarán con mis palabras y mirarán al cielo y escogerán una estrella y finalmente se cortarán el cuello en mi honor.
***
No sé qué edad tenía cuando la fractura apareció. Pudo haber sido a los dos años, en el primer recuerdo preciso que tengo. Pudo haber sido en el vientre, o en la bruma de los primeros días. Pudo haber sido con el primer grito, con el primer rencor, con el primer beso. Pudo haber sido mucho antes, con mi primer antepasado que vio llegar a los españoles, escondido en la selva. O con las orgías con que los aldeanos celebraron la revolución francesa. Pudo haber sido en el futuro. No importa. La fractura se ha extendido por todos los tiempos del universo y ha acompañado a cada uno de mis amigos como una sombra. Detrás de sus sonrisas o gestos de rabia, está la fractura. Bien en el fondo, donde yo no soy mi cuerpo ni mi alma ni mi cabeza, allí acecha. En ese rincón de pureza donde sólo soy la fractura, la fractura y nada más.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
5:29 p. m.
3
comentarios
sábado, enero 27, 2007
(5) Se lo repito siempre pero él no me escucha
when i heard the countdown start...
Jarvis Cocker, "Countdown"
Es un día precioso. Siento las risas de los niños, hace calor pero corre el viento como si fuera septiembre, hay gente corriendo y jóvenes jugando a la pelota y mujeres riéndose y escolares sin traje de escolares jugando a tirarse agua. No se siente el smog, la cordillera puede verse con claridad, es un domingo magnífico. Uno de esos días en que simplemente dan ganas de sentarse y sentir los minutos pasar, riéndo sin saber por qué. Llamar a alguien, contar cosas sin importancia sólo por el placer de conversar, mirar a la gente y decir que está todo bien. Es un hermoso día.
No me pidas que te hable de la fractura.
No puedo entender (entender, con la cabeza) que haya gente que pueda pensar, en un día y un lugar como éste, que justo ahora hay niños africanos muriendo en la guerra, y que los irakíes están muriendo por las balas gringas, y que en tailandia hay más niñas vírgenes siendo violadas por europeos satisfechos de sí mismos. No puedo entender que alguien venga a la rotonda a sentarse y oír las risas y los gritos de los juegos, y relacione de inmediato eso con los mendigos agonizantes del barrio cívico, con los crímenes en el desierto de Alto Hospicio, con las sesiones de tortura de veinte años atrás, con la sangre que goteaba de la muñeca de Luzmira cuando se mató el invierno pasado. No me cabe en la cabeza.
Me cabe en el corazón.
Ríete: tengo una nube negra sobre mí. Y déjame explayarme: tengo invisibles cables negros atándome a los subterráneos, tengo una toxina azulada navegando por las venas, tengo ojos de agujeros negros que se tragan todo el amor y todo lo dulce de esta vida, tengo una cicatriz en la muñeca por cada vez que alguien ha llorado por mi culpa. En los archivos de la policía hay un espacio en blanco donde debería estar mi nombre. En el cielo que no existe hay alguien añorándome, en el sol de mediodía retumba el grito que di anoche, de madrugada, al despertarme transpirando por ese recuerdo violento.
Anoche me levanté a verme en el espejo y sólo vi a un hombre normal, quizás demasiado ojeroso, quizás inofensivo. Y me dije: este espejo no refleja la realidad.
Por eso es que la fractura, la fractura esencial... no es un tema del que se pueda hablar tan fácilmente. Está la vida: está lo bueno, está lo malo. El sufrimiento y la felicidad. Los abrazos y la maldad. Lo dulce y lo amargo. Lo perdido y lo encontrado. Están las preguntas, como piezas del rompecabezas que faltan y muestran el universo infinito detrás de la realidad.
Pero te puedo hablar de otra fractura. Una menos importante. Una trivial, una nada, una para qué.
No recuerdo que edad tenía. No lo recuerdo porque nunca hablé mucho de ello. Si hubiera hablado, el recuerdo podría ligarse a más conversaciones, a idas al colegio, a cosas que se ligaran a algún momento histórico reconocible. Pero sólo recuerdo dos cosas. La ida al hospital (el segundo momento) y la lucha en la cama (el primero).
Jugábamos con mis hermanos y con Mayo, mi vecino. Mi hermano era tres años menor que yo, y Mayo uno mayor, aunque era de menor estatura, más menudo. La cama era pequeña, la pieza también. Nos tirábamos almohadones, perdíamos el aliento, nos pegábams combos que eran de mentira, nos reíamos mucho. Igual que ahora se están riendo esas minas de más allá, perseguidas por sus amiguitos. Igual que se ríen todos los niños del mundo, con las caras rojas y transpiradas y el pelo desordenado, tirándose cosas y jugando a la lucha libre en la pieza.
El hecho en sí es sencillo: Mayo se arrastra debajo de la cama, mi hermano le tira un pie, yo pienso fugazmente en que puede rompérselo. Pero antes de hacer nada, corro (porque estaba un poco más lejos), salto y caigo sobre el colchón. Entonces algo cruje, y debajo escucho el grito de Mayo.
Cuando lo sacamos yo lo veía reir. Por varios segundos, pensé que no podía aguantarse la risa. Al final nos dimos cuenta de que estaba llorando. Hasta ahí llega el recuerdo.
Le rompí el brazo con el fierro que había debajo de la cama, doblándola. Mis padres lo llevaron al hospital, pagaron el gasto médico, un par de días después me llevaron a verlo. No recuerdo si lo vi, si no entramos porque llegamos tarde o si entramos y lo borré. Recuerdo estar afuera del hospital, en ese clima magnífico que nadie en el mundo cambiaría, esperando.
Y examino las piezas que faltan. Me digo: esos son los errores infantiles de los que uno aprende. A tener cuidado, a ser responsable, a pensar antes de hacer las cosas. A preocuparse por el otro.
Pero yo no aprendí.
No recuerdo si fue en seguida o mucho después que comencé a distanciarme de Mayo. Recuerdo momentos en que fui matándolo en mi cabeza, sin violencia (estaba desterrada la violencia, estaba prohibida, estaba ahuyentada por el silencio), pero con toda la asepsia del mundo, borrándolo como si fuera un dibujo obsceno, eliminándolo como una sesión de pornografía en el computador, rastreando los archivos y botando las llaves.
Mayo fue el primero que maté de los otros.
A los demás los fui matando después. Uno a uno, o en grupo. De diferentes formas. Como dice Wilde, a veces con un beso, a veces con la espada. A todos.
Ahora están todos muertos. Ahora descanso bajo el sol, negándome a hablarte de la fractura, oyendo risas grabadas y rodeado de una gran fotografía mural de gente jugando en una rotonda de pasto y árboles. Ahora me canso de recordar y me canso de ti. No recuerdo haberte dado un nombre, no recuerdo ver tu rostro. Así que voy a dejar de inventar que estás acá, y me voy a callar.
No eres real. No eres real. No eres real.
No llores. No llores o tendré que seguir hablándote.
Así está mejor. Easy. ¿Te sientes mejor?
Gracias por escucharme. Ahora tienes que irte. Ahora quiero estar solo de nuevo.
Adiós
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
9:17 p. m.
1 comentarios
domingo, enero 21, 2007
(4) Qué lejos se han ido todos
No quiero hacer poesía, no quiero desangrarle-las-venas-a-la-noche. No quiero cantar, no quiero bailar, no quiero imaginar que alguien rasguña mi cuerpo desde adentro sin que yo pueda hacer nada. Del horror nadie sabe más que yo, eso está claro. Suena pretencioso, pero es más simple que eso: a nadie se le puede contar. Si el horror es por definición inefable, incomunicable (¿serán lo mismo?), entonces estoy encerrado en este horror, y nadie puede venir a alivianar nada. ¿Pero de qué clase de horror se trata? ¿Un horror blando, correcto, sonriente, en una celda acolchada de rosado?
Me llamo Medrano y soy un triunfador de una clase especial. Escribo como quien da saltos sobre los automóviles que se incendian en una película apocalíptica, escribo como una pendeja morena de piel blanca que imita a madonna en la Blondie, veloz como un rayo, rápida-rápido como una bala. Escribo acá porque no tengo cómo salvarme, no tengo donde más guardar estos lugares comunes, este millonésimo intento de sumergirme en la realidad con las palabras. Las palabras, esos semáforos para ciegos. La realidad, esa calle que nadie sabe donde queda. Dije lugar común, pero sé bien que un lugar común es lo más lejano a mi vida, a esto-que-llamo-mi-vida. Escribo con guiones y camino con guiones, tengo arañas en la cabeza y pastillas en el velador, como casi todo el mundo en esta ciudad. Obsesivo y obsesionado, vacío y solo, autocompasivo pero armado de una UZI. Mañana debo trabajar y es tarde.
Rememoro mi día. Lo logro haciendo listas: la lista de personas conocidas con las que me topé y hablé (una nómina de números y apellidos en fuente Courier), la lista de canciones del iPod como bichos electrónicos clavándose en los cables, la lista de mujeres que miré en la calle y el tamaño y profundidad de sus escotes, la lista de artículos que tuve que aprobar y desaprobar (sólo títulos en negrita y bajadas en cursiva), la lista de tareas y de números telefónicos y de metas logradas, como una serie infinita de cifras y letras sin espacios entre medio. La lista de listas, finalmente, ahora que conduzco y llego a mi departamento y prendo la luz y me siento en el PC a crear otro blog oculto, uno que sea de verdad. Esa trampa es típica de los periodistas giles, algo que les tatuaron en la cabeza apenas entraron en sus escuelas, tanto la última privada rasca del desierto como de la U. de Chile: la verdad está por debajo. Si aparece en la superficie, entonces hay que rascar para encontrar la verdad. Resultado: para manipularlos basta con poner un velo sobre lo que quieres hacerles creer, y ya está. Así los mando. Así soy el jefe.
Más fácil que manipular periodistas. Más fácil que comerse secretarias. Más fácil que putear a los que hacen el aseo. Más fácil que trabajar para Mérida ordenando su start-up de comunicación. Más fácil que sacar la cuenta de todos los sitios asquerosos a los que no he entrado en esta extraña copia de barrio Providencia que es el barrio Merced, en pleno centro de Santiasco, en plena callejuela borrosa a principios de otoño.
Más fácil que mentir.
Hoy también vi un incendio. Uno pequeño, sin muertos. Un auto había chocado contra un poste en McIver con Santo Domingo, el tipo alcanzó a salirse y el auto se incendió. Llamas moderadas, como si el destino no quisiera darme la oportunidad de lanzarme a holocaustos verdaderos, sino sólo a espectáculos de feria, eventos obscenamente prosaicos. Y la gente mirando con esa cara de estúpidos, tanta gente: recuerdo que era mucha, recuerdo que los miré con atención a todos, pero no puedo recordarlos de verdad; ninguna cara, ninguna ropa, ninguna identificación de edad o género o nada. Sólo gente, masas como ganado o como dibujos de fondo. Sí recuerdo a un niño vestido medio gótico que miró el incendio tal como lo estaba mirando yo, pero desde el otro lado, como si ya hubiera pasado por todo lo que yo vivo y el incendio fuera un recuerdo de otro tiempo. Lo miró y se fue, y se quedó en mi cabeza. Todo lo que yo he pasado, del futuro hacia el pasado, desde el bienestar hasta la vorágine del que no bebe alcohol ni se droga ni fuma pitos. ¿Todo esto pasará, todo esto pasará alguna vez? Recuerdo que cuando estaba en la Universidad algunos compañeros se lo preguntaban. A algunos no se les pasó, y nunca los volví a ver. Crocek me lo preguntó una vez, en uno de los primeros carretes en que coincidí con él, y sólo me reí. En ese tiempo me reía. Obvio que todo iba a pasar, obvio que cada cambio de etapa trae confusión. Lo que me pregunto ahora es más difícil. Fácil, difícil: esto es difícil. ¿Va a pasar luego esto, tendrá nombre esto, tendrá fin esto? Digo, ¿tendrá un fin que no sea dentro de veinte o cuarenta años, enfermo y pelado y mordiendo los barrotes de la cama?
Cambio y fuera, la locura y el instinto en nuestros desastrosos corazones. Qué lejos estás, Lorena, qué lejos se han ido todos. Mañana volveré a escribir aquí, quizás. Cambio, qué absurdo. Cambio y fuera.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
10:20 a. m.
0
comentarios
martes, diciembre 26, 2006
(3) Mitos - Uno
El mito de la máquina de pastillas del bien y del mal, escondida en el hall del edificio del edén, custodiado por una enfermera con una hipodérmica de fuego que se pasea por la entrada del hall impidiendo la entrada a los nostálgicos de las cajitas con estrellita verde.
El mito de una estrella verde tatuada en el dorso de la mano por portarse bien. La estrella verde se puede mostrar en todas las farmacias para conseguir tu premio demostrando ser un buen niño, un buen adulto, un buen hijo de puta.
El mito de Edipo que dice: tirar con tu madre es como nacer, pero al revés, de afuera hacia adentro, para nunca más volver.
El mito del minero nortino que tiene un hijo astrónomo al que le vendría perfecto estudiar en la segunda región, bajo el cielo más limpio del mundo, pero que huye hacia el sur a toda beca y a toda prisa, buscando nubes, computadores, agua que cae del cielo como si la palabra lluvia fuera insuficiente.
El mito del retorno, el mito del futuro, el mito de un mundo con casas tipo supersónicos y una robotina de hule aromático y pechos suaves y abarcables. El mito de la felicidad.
El mito de que se puede ser infeliz por siempre. El mito de la neurosis como forma de vida. El mito de que occidente es estable.
El mito de que los ángeles bajarán civilizadamente a acogernos bajo sus alas y hablarnos en nuestra lengua.
El mito de que volverás. El mito de que exististe. Todos los mitos en segunda persona singular.
El mito de la primera persona plural. Sobre todo el mito de la primera persona plural.
El mito de que existen los otros.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
9:37 a. m.
1 comentarios
martes, diciembre 12, 2006
(2) La novia eterna
Llego a la hora de tus pesadillas despierto
de tus maldiciones en vela y de tus manos temblando
y mi cabello una tumba de cuervos
tan lejos del siglo donde nos conocimos
¿recuerdas? era invierno siempre / un negro invierno
nos miramos y allí comenzó el amor
antes de las pastillas y de los choques en auto
fue el llanto de la nieve / la tos tuberculosa
la pala junto a la tumba / la sangre en la copa
pero ahora llego vestida y me reconoces
limpio el pelo y la cara de tantos disfraces
de tantos nombres falsos que me has puesto este siglo
te encuentro bajo las frazadas tratando de rezar
temblando y arañando las paredes del cráneo
y te acaricio / te beso
cuidadosamente en la frente para que abras los ojos
entonces tu corazón por fin late y por fin me reconoces
miras mi calavera vacía mis manos llagadas
mis ojeras / mis cortes de vidrio / mi pálida boca
mi pelo liso / mis manos tensas / mis rasgos tuyos
y abres la boca para maldecirme pero no te decides
no sabes cómo pronunciar mi nombre tras tanto tiempo
y yo te digo: llámame Julia, como en la canción
tengo ese nombre perdido en el tiempo
tengo las mismas iniciales de fuego que tú
pero ahora soy tu novia eterna y tu amante
soy quien te puede consolar y a quien puedes maldecir
soy lo único que amas y que has amado siempre
soy tu enfermedad / cualquiera sea el nombre
lo repites como un loco mientras te lanzas a morderme
y besarme como se besa el negro jardín del eden
tú mi enfermedad / tú mi enfermedad / tú mi eterna
mi infinita enfermedad.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
9:03 p. m.
1 comentarios
sábado, diciembre 09, 2006
(1) Apenas habla ya sé que me está mintiendo
Mi nombre es Gabriel Mérida y soy el autor de este libro. Preferí un libro en papel, autoeditado, a un blog, como está de moda ahora, porque las hojas hechas para el fuego son más fugaces todavía que las bitacoras en internet. Toca el papel, palpa las letras: nada tiembla ni brilla, pero estás tocando la materia fugitiva del tiempo, la prueba electrizante de que todo se desvanece.
Nací en Arica, pero viví en Santiago desde el último año del siglo XX. Durante seis años, mi vida giró en torno al Campus Macul de la Universidad de Chile, un enrejado polígono con algo de pasto y algo de cemento, salpicado aquí y allá por los edificios de las facultades, bibliotecas, casinos y estacionamientos. Ocho mil estudiantes, doscientos profesores, muchas drogas, muchas fiestas e interminables tardes bebiendo vino o escuchando tocatas. El campus Juan Gómez Millas, donde estudian los cientistas sociales, los cientistas de verdad, los artistas y los humanistas, ha inspirado durante décadas a sus ocupantes para contar la historia de sus vidas, de sus amores, de su desenfreno y su perdición, de sus fiestas. Un foco de historias en cuatro kilómetros cuadrados.
¿Quieren leer una de esas historias?
Es importante apuntar esto: la historia no transcurre en este campus. Es impreciso el lugar donde ocurre, pero podemos decir que parte en este lugar. Parte conmigo. Ya dije que me llamo Gabriel Mérida. La historia parte con un amigo mío que estudiaba sociología en la facultad de ciencias sociales, la cual distaba exactos trescientos pasos de mi Escuela, la Escuela de Periodismo. Yo tenía la costumbre de tratar bien a mis amigos, pero con éste en particular era particularmente cruel. Siempre que hablamos, en cada conversación, yo insistía en negar su realidad. Era un juego entretenido. Es como cuando cada vez que ves a cierta chica la llamas de una manera que no le gusta, es como el productor de teatro a quien siempre le dicen “usted, que se arruinó con Hamlet...” en el cuento de Onetti. Yo le decía a mi amigo, entre conversación, cervezas o carretes, como si no importara mucho, que él no era real. Le decía que nadie lo veía, porque en realidad era mi alter ego.
Mi amigo se llamaba Gabriel Medrano.
Dos obviedades te agreden, lector. Medrano y yo compartíamos el mismo nombre de pila y la misma inicial del apellido. Ambos éramos Gabriel M. Como yo tenía más carácter (o eso prefiero recordar), yo fui el que primero tuvo la idea de joder al otro asignándole un rol de dependencia nominal. Eso en cuanto a la coincidencia. La segunda obviedad es que Gabriel Medrano es el nombre de un personaje famoso de Julio Cortázar. Una parte de su libro de cuentos “La otra orilla” se titula “Historias de Gabriel Medrano”, y en la novela Los Premios lo descubrimos como un odontólogo mundano y con miedo al compromiso. No les contaré su destino en esa novela, pero digamos que favorecía mi juego con Medrano, el estudiante de sociología. Es decir, que él tuviera el nombre de un personaje de ficción era para mí un argumento más de su irrealidad.
-Carola/Ximena/Paulina/Natalia –decía yo-, te presento a mi amigo imaginario, Gabriel Medrano. No soy muy original, así que no se me ocurrió otro nombre que ponerle.
Medrano sólo se reía. ¿Mencioné que yo tenía más carácter? Puede ser cierto en lo que respecta a nuestros años universitarios. En ese tiempo él era bueno para la marihuana y las fiestas, para las tardes de ocio, para las largas discusiones arreglando el mundo pero sin pelearse con nadie. Cuando egresamos, él cambió. Probó el sabor del poder, y le gustó. Probó otras cosas también, y no le gustaron mucho.
Dije que la historia partía con Medrano, pero no es su historia. La historia es de un subordinado que Medrano llegó a tener cuando trabajaba en un medio digital. Otro periodista, como yo, pero cuatro años más joven. Cuando a mí me tocó ser jefe, Medrano fue el primero contratado. Fue el editor. Mi socio y yo no confiábamos en ningún periodista para esa tarea, así que Medrano, que se había especializado en el estudio de los medios, fue el indicado. Hubo otros trabajadores, hubo reporteros que estuvieron a cargo de Gabriel Medrano. Uno de ellos es el protagonista de esta historia. Su nombre era Javier Crocek.
¿Quién recogió la historia de Javier Crocek durante 2007? Es decir, ¿quién decidió desde qué punto comenzaba la pesadilla, en qué punto terminaba, si alguna vez terminó? Puede que haya sido Medrano. Sí, fue Medrano el que presidió su historia. ¿Y cómo comienza esa historia? Es mentira que las historias pueden comenzar en cualquier punto, la historia de lo que le pasó a Crocek tiene un inicio, un momento preciso y claro, un instante en que el volante tomó cierta dirección y ya no pudo cambiar. ¿Pero cuál fue ese momento?
Aquí vale la pena que yo deje de hablar. Ya deben estar cansados de mi estilo aburrido, pero ésta introducción tediosa tiene un fin muy claro: enmarcar algo que sus protagonistas sólo pudieron ver fragmentariamente, en estallidos de lucidez y largas noches de cavilaciones, en enfrentamientos que en su momento no pudieron dilucidar, y en lo que luego Medrano quiso llamar “La búsqueda de los otros”, “La llegada de los otros”, y finalmente, perdido todo, simplemente “Los otros”.
Suficiente de mí. Suficiente de orden. La voz, el protagonismo de ahora en adelante, es de Medrano y de Crocek. Y claro, de los otros. Escúchenlos.
Publicadas por
Gabriel Mérida
a la/s
6:39 p. m.
1 comentarios
