martes, junio 03, 2008

Vértigo, Entropía, Ceres

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Se sentó en el mismo café donde en otra década y otro universo su alter ego comenzó su viaje hacia la luz y la muerte. Pidió café y facturas, miró a la gente alrededor y luego, tras varios minutos de enloquecido silencio, pudo ver mejor con el rabillo del ojo, y lo que vio fue a sus señores sentados junto a él, dominándolo y acodiéndolo a la vez. Ahí estaban vértigo, y entropía en su traje mañanero de libertad, y deseo con su sonrisa de dandy (era irónico: Wilde de vuelta en London), y Ceres tomándole la mano. Todos sus egos, los viejos y los jóvenes y los niños, las mujeres y los hombres y los gatos salvajes, los jóvenes y los cobardes, los protectores y los que daban dentelladas, todos parecieron detenerse un minuto, todo un largo minuto, junto a él. Parecieron, y su molesta o dolorosa multiplicidad tuvo una pausa, algo parecido no a la paz, algo totalmente opuesto a la paz, algo que parecía un nacimiento, pero bien podría estar equivocado, engañado, bien podría haber llegado Cortázar (que lo miraba hastiado desde la pared) a haberle puesto un millón de haches a esa palabra hasta taparla con la risa.

Ocurrieron dos cosas más. Los señores se habían ido, la europea conversadora se había ido, estaba llegando el tiempo de irse él también. Una cosa: se contempló largamente en el espejo, intentando buscar en su rostro, en lo único que podía asumir como real, como propio, como sólido, alguna huella de su naturaleza. No la encontró: era el rostro de un niño miedoso, pero también de un chicano astuto, pero también de un oficinista rencoroso, pero también de un amigo fiel. Después de eso vio el rostro de Cortázar, recordó los mensajes, el "DESPIERTA", el llamado y la caída, los caminos de Kafka donde según Bolaño HAY que perderse, y se le ocurrió un lema que siempre había estado allí, un lema que solo alguien criado bajo el amparo de entropía o de libertad (y bañado cuando niño en la sangre de la revolución francesa) podría haber inventado: SEMPER FIDELIS.

Soy fiel a mis señores y he escuchado el llamado y veo de lejos la caída. Una caída duce, con un trazoregalos sobre el mundo, pero una caída. Soy fiel porque tengo el corazón lleno de la voz de mis señores, porque estoy enamorado de sus emblemas y porque sus promesas me cuidan el alma y me llevan al otro lado de la oscuridad.

Me voy. Tengo cosas dolorosas que hacer. Porque esto es una guerra, señores.

Buenos Aires, 2008.

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