(4) Qué lejos se han ido todos
No quiero hacer poesía, no quiero desangrarle-las-venas-a-la-noche. No quiero cantar, no quiero bailar, no quiero imaginar que alguien rasguña mi cuerpo desde adentro sin que yo pueda hacer nada. Del horror nadie sabe más que yo, eso está claro. Suena pretencioso, pero es más simple que eso: a nadie se le puede contar. Si el horror es por definición inefable, incomunicable (¿serán lo mismo?), entonces estoy encerrado en este horror, y nadie puede venir a alivianar nada. ¿Pero de qué clase de horror se trata? ¿Un horror blando, correcto, sonriente, en una celda acolchada de rosado?
Me llamo Medrano y soy un triunfador de una clase especial. Escribo como quien da saltos sobre los automóviles que se incendian en una película apocalíptica, escribo como una pendeja morena de piel blanca que imita a madonna en la Blondie, veloz como un rayo, rápida-rápido como una bala. Escribo acá porque no tengo cómo salvarme, no tengo donde más guardar estos lugares comunes, este millonésimo intento de sumergirme en la realidad con las palabras. Las palabras, esos semáforos para ciegos. La realidad, esa calle que nadie sabe donde queda. Dije lugar común, pero sé bien que un lugar común es lo más lejano a mi vida, a esto-que-llamo-mi-vida. Escribo con guiones y camino con guiones, tengo arañas en la cabeza y pastillas en el velador, como casi todo el mundo en esta ciudad. Obsesivo y obsesionado, vacío y solo, autocompasivo pero armado de una UZI. Mañana debo trabajar y es tarde.
Rememoro mi día. Lo logro haciendo listas: la lista de personas conocidas con las que me topé y hablé (una nómina de números y apellidos en fuente Courier), la lista de canciones del iPod como bichos electrónicos clavándose en los cables, la lista de mujeres que miré en la calle y el tamaño y profundidad de sus escotes, la lista de artículos que tuve que aprobar y desaprobar (sólo títulos en negrita y bajadas en cursiva), la lista de tareas y de números telefónicos y de metas logradas, como una serie infinita de cifras y letras sin espacios entre medio. La lista de listas, finalmente, ahora que conduzco y llego a mi departamento y prendo la luz y me siento en el PC a crear otro blog oculto, uno que sea de verdad. Esa trampa es típica de los periodistas giles, algo que les tatuaron en la cabeza apenas entraron en sus escuelas, tanto la última privada rasca del desierto como de la U. de Chile: la verdad está por debajo. Si aparece en la superficie, entonces hay que rascar para encontrar la verdad. Resultado: para manipularlos basta con poner un velo sobre lo que quieres hacerles creer, y ya está. Así los mando. Así soy el jefe.
Más fácil que manipular periodistas. Más fácil que comerse secretarias. Más fácil que putear a los que hacen el aseo. Más fácil que trabajar para Mérida ordenando su start-up de comunicación. Más fácil que sacar la cuenta de todos los sitios asquerosos a los que no he entrado en esta extraña copia de barrio Providencia que es el barrio Merced, en pleno centro de Santiasco, en plena callejuela borrosa a principios de otoño.
Más fácil que mentir.
Hoy también vi un incendio. Uno pequeño, sin muertos. Un auto había chocado contra un poste en McIver con Santo Domingo, el tipo alcanzó a salirse y el auto se incendió. Llamas moderadas, como si el destino no quisiera darme la oportunidad de lanzarme a holocaustos verdaderos, sino sólo a espectáculos de feria, eventos obscenamente prosaicos. Y la gente mirando con esa cara de estúpidos, tanta gente: recuerdo que era mucha, recuerdo que los miré con atención a todos, pero no puedo recordarlos de verdad; ninguna cara, ninguna ropa, ninguna identificación de edad o género o nada. Sólo gente, masas como ganado o como dibujos de fondo. Sí recuerdo a un niño vestido medio gótico que miró el incendio tal como lo estaba mirando yo, pero desde el otro lado, como si ya hubiera pasado por todo lo que yo vivo y el incendio fuera un recuerdo de otro tiempo. Lo miró y se fue, y se quedó en mi cabeza. Todo lo que yo he pasado, del futuro hacia el pasado, desde el bienestar hasta la vorágine del que no bebe alcohol ni se droga ni fuma pitos. ¿Todo esto pasará, todo esto pasará alguna vez? Recuerdo que cuando estaba en la Universidad algunos compañeros se lo preguntaban. A algunos no se les pasó, y nunca los volví a ver. Crocek me lo preguntó una vez, en uno de los primeros carretes en que coincidí con él, y sólo me reí. En ese tiempo me reía. Obvio que todo iba a pasar, obvio que cada cambio de etapa trae confusión. Lo que me pregunto ahora es más difícil. Fácil, difícil: esto es difícil. ¿Va a pasar luego esto, tendrá nombre esto, tendrá fin esto? Digo, ¿tendrá un fin que no sea dentro de veinte o cuarenta años, enfermo y pelado y mordiendo los barrotes de la cama?
Cambio y fuera, la locura y el instinto en nuestros desastrosos corazones. Qué lejos estás, Lorena, qué lejos se han ido todos. Mañana volveré a escribir aquí, quizás. Cambio, qué absurdo. Cambio y fuera.
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