miércoles, junio 18, 2008

Midnight is where the day begins (U2)

Pongámoslo así: si en una atroz o gris vida pasada hubieras pedido una nueva vida llena de lo que más te gusta, ésta sería tu vida. Y lo que más te gusta es la belleza. La belleza que no se puede comparar a ninguna otra cosa, la belleza como prueba de que no existe un mundo trascendente ni lo necesitamos. Entonces, ya tuviste todo lo que querías, mucho más de lo que los demás obtienen, mucho más de lo que tú te mereces.

Ya lo sabes: si tuvieras que morirte ahora, podrías morirte tranquilo, siempre y cuando hablemos de las peticiones que en la vida pasada hiciste para ésta.

Así que deja de achar menos, deja de mirar esas fotos, deja de bucear en ese intenso color cuando cierras los ojos. Tú sabes que lo que buscas no está ahí. Tú sabes que es el momento de escribir (de rayar, de pintar, de gritar, de revelar) las peticiones para tu vida futura.

Frases como: dulce violeta violento, rosada gatita rencorosa, el sueño simulacro del olvido, voluntad extraña y salvaje: adiós a esos mantras tenues, adiós a lo que me hace sólido, adiós a mí mismo. Veo la serena oscuridad afuera, la serena oscuridad adentro, y comprendo: la medianoche es donde el día comienza.

martes, junio 10, 2008

Love is the money of the mind

Un error en su configuración, en el perdido hospital General Bernales de Talca, lo condenó a ver siempre el código fuente, la capa verbal (incluso cuando no estaba construida previamente) de todas las formas de comunicación. Era telépata, pero nunca pudo reunir poder o ganar una partida de poker con eso. Estaba destrozado por la violencia con la que se abría ante él la fractura entre lo que cada persona decía con los labios y lo que realmente estaba diciendo: la fractura corría por el rostro y aullaba: miento, miento, miento. Todos mentían menos él.

También sentía, mientras caminaba por la calle, el doble del estruendo que sentían los demás. Escuchaba los aullidos de los grandes letreros de las multitiendas diciendo "deséame, deséame", el actor de moda le gritaba "envídiame" desde otro cartel, los ejecutivos bancarios se burlaban de él mientras lo invitaban a firmar un crédito y borrar todo el miedo del universo. Y la fractura, el espacio sin nombre, seguía ahí cada noche. El miedo a la revolución en el futuro, los ojos condenados a una lucidez de mentira, a un estado de epifanía igual al de quienes ven a Dios pero totalmente falso. Y él lo sabía. Él mismo lo había inventado a los sesenta años, lejos en el futuro que lo aguardaba con sus holocaustos de metralletas arrasando la capital desde el sur de su esquelético país.

-Si tan sólo pudiera decir esas dos palabras, Gabriel. O esa palabra. Si tan sólo encontrar el nombre.

Algo sé de estas cosas. Algo tenemos que inventar, además, para que la rueda siga girando y no se acaben los negocios. Lo más importante es la familia: sólo la familia puede mantener andando los negocios. Javier, le dije, dile a tu vacío que se enamore de otro vacío y a tu violencia que juegue a las manitos con otra violencia. Háganse pedazos, enfréntense ante el espejo transparente, abracen a sus propios Hitler personales hechos de cerebros y de ternura, de libros y de ropa bonita, de epifanías linguísticas y de abrazos interminables. Aprendan con la experiencia lo que todos saben: que el amor es el dinero de la mente. Es entretenido, es maravilloso, y lo mejor de todo, te llena de endorfinas. Aún más importante que la familia son las endorfinas: mantienen andando el negocio y hacen que te dejes de huevear.

-¿Y tú qué vas a hacer?

Yo tengo que preocuparme de que no se saquen sangre en sus juegos. Yo soy el que los sacará de su letargo cuando ya sea suficiente. Y sobre la culpa, no te preocupes. Yo te la guardaré. Será muy útil para lo que tengo que hacer. Sí, tengo cosas que hacer. Hay una guerra allá afuera.

martes, junio 03, 2008

Vértigo, Entropía, Ceres

Escucha:

Se sentó en el mismo café donde en otra década y otro universo su alter ego comenzó su viaje hacia la luz y la muerte. Pidió café y facturas, miró a la gente alrededor y luego, tras varios minutos de enloquecido silencio, pudo ver mejor con el rabillo del ojo, y lo que vio fue a sus señores sentados junto a él, dominándolo y acodiéndolo a la vez. Ahí estaban vértigo, y entropía en su traje mañanero de libertad, y deseo con su sonrisa de dandy (era irónico: Wilde de vuelta en London), y Ceres tomándole la mano. Todos sus egos, los viejos y los jóvenes y los niños, las mujeres y los hombres y los gatos salvajes, los jóvenes y los cobardes, los protectores y los que daban dentelladas, todos parecieron detenerse un minuto, todo un largo minuto, junto a él. Parecieron, y su molesta o dolorosa multiplicidad tuvo una pausa, algo parecido no a la paz, algo totalmente opuesto a la paz, algo que parecía un nacimiento, pero bien podría estar equivocado, engañado, bien podría haber llegado Cortázar (que lo miraba hastiado desde la pared) a haberle puesto un millón de haches a esa palabra hasta taparla con la risa.

Ocurrieron dos cosas más. Los señores se habían ido, la europea conversadora se había ido, estaba llegando el tiempo de irse él también. Una cosa: se contempló largamente en el espejo, intentando buscar en su rostro, en lo único que podía asumir como real, como propio, como sólido, alguna huella de su naturaleza. No la encontró: era el rostro de un niño miedoso, pero también de un chicano astuto, pero también de un oficinista rencoroso, pero también de un amigo fiel. Después de eso vio el rostro de Cortázar, recordó los mensajes, el "DESPIERTA", el llamado y la caída, los caminos de Kafka donde según Bolaño HAY que perderse, y se le ocurrió un lema que siempre había estado allí, un lema que solo alguien criado bajo el amparo de entropía o de libertad (y bañado cuando niño en la sangre de la revolución francesa) podría haber inventado: SEMPER FIDELIS.

Soy fiel a mis señores y he escuchado el llamado y veo de lejos la caída. Una caída duce, con un trazoregalos sobre el mundo, pero una caída. Soy fiel porque tengo el corazón lleno de la voz de mis señores, porque estoy enamorado de sus emblemas y porque sus promesas me cuidan el alma y me llevan al otro lado de la oscuridad.

Me voy. Tengo cosas dolorosas que hacer. Porque esto es una guerra, señores.

Buenos Aires, 2008.