miércoles, noviembre 21, 2007

Informe primera parte

El último informe demostraba que las cosas iban según lo planeado. El resumen ejecutivo era breve. El agente miró la nube de letras negras, decidió que con un vodka sería más fácil, volvió cinco minutos más tarde con un vaso. El sillón, los anteojos, la lectura. El primer mencionado era Jaime: una vez que salió de la cárcel, volvió a casa de su madre. Las rentas alcanzaban, no buscó trabajo, pero se hizo habitué de los bares de la calle Institución. Pacos de civil lo vigilaban por si caía de nuevo, pero Jaime no se movía. Cuentas discretas de un trago cada noche, amistad con el barman y luego con el dueño. Ellos lo ocultaron una vez que una señora llegó con una especie de protesta: el informe describía carteles, consignas, la intermediación del dueño y la retirada digna de Jaime por una entrada lateral. Los pacos se aburrieron al poco tiempo, Jaime alternó las noches solitarias en el bar con la visita y la conversación, indiscernible, con distintos hombres jóvenes que llegaron a buscarlo. Eran jóvenes, no se conocían entre ellos, al menos tres eran periodistas. Presumiblemente le preguntaban por su pasado, por sus malas decisiones y por lo que había llegado a aprender. Presumiblemente Jaime les negaba amablemente toda información. Uno de ellos era, sin que Jaime ni los pacos lo supiera, un agente.

miércoles, octubre 03, 2007

En la trinchera físicamente real

-A quien odias.
-A nadie. Aunque si me encontrara con cierta persona que conocí a los 17 años tendría que controlarme para no dispararle. Después de eso, no odio a nadie. En general nadie me ha hecho nada malo, intencionalmente.
-La gente que hace cosas malas, ¿las hace intencionalmente?
-Llamemos intencional al acto realizado a pesar de que tienes la posibilidad razonable de controlarlo, o de evitarlo, o de salir corriendo para no ceder a tu gemelo dañino interior. Hay un lolcat muy chistoso, donde un gatito sujeta a otro y dice "run! i can't push him back much longr". Gatitos, muñecos, nubes de algodón rosado. Y la muerte.
-¿Por qué te fascina la muerte, Crocek?
-De engrupido nomás. De pendejo emo. Eso off the record. La respuesta oficial: porque está a cada paso, detrás de todo. Porque el reino de los arquetipos siempre ha sido para mí un cementerio. Pero hay algo además de la muerte. Porque la muerte es en el fondo algo desconocido que no importa hasta que llega. Pero antes de la muerte está otra cosa: la destrucción.
-¿La destrucción?
-La destrucción. Que si te fijas, no es lo mismo que la muerte, porque la muerte es la entropía, y se puede llegar a ella de forma pausada, como el ciclo natural de las cosas, primavera-verano-otoño-invierno-primavera-again. La destrucción es algo parado a mitad de camino, llevado a un ciclo diferente, erróneo. Sobre todo erróneo. Es una fuerza entrópica llena de pureza y libertad, maligna al fin y al cabo. Es más complejo que eso, porque es ambivalente, es múltiple y especular. El fuego purifica/no, el fuego sólo destruye (Anne Rice). Paz decía que las pasiones no se pueden ordenar por su legitimidad moral, o perversión, pero sí por su intensidad, su pureza. Y las pasiones más altas son las mayores, las salvas: su otro nombre es destrucción (dice Paz). Pero no somos eso. Los seres humanos no somos eso. Incluso en este desierto y con estas armas en la mano, mientras esperamos que amanezca, no somos sólo un impulso. Somos un campo de batalla, o un barco amotinado, donde sólo alguien puede tomar el timón. ¿El capitán, los rebeldes, los oficiales, los esclavos? En descubrirlo se te va la vida. Puedes terminar, preguntándose estas cosas, en una guerra de un país que no es tuyo, fumando junto a unos fanáticos religiosos WASP esperando a unos fanáticos religiosos barbudos. Y sujetando un arma. ¿Habría sujetado un arma yo hace siete años, en las calles de Santiago de Chile, hoy devorado por la represión del gobierno de Piñera?
-¿Cómo eras en ese tiempo, Javier?
-Era mucho más delgado que ahora... usaba el pelo como una melena descuidada. Tenía dos extraños mechones un poco más largos, uno de cada lado de la cabeza. Tenía una novia rubia y muy bajita, dulce, inteligente. Andaba mucho en bicicleta. Tenía un fotolog, un blog. Tenía un par de obsesiones que ahora me sorprenden. Y estaba cansado de escribir. No quería tener más demonios en mi escritura. Pensaba que con un trabajo físico, que me llevara fuera de ese país de nihilistas y mezquinos hombres de asegurada clase media iba a recibir el perdón del ser, de la existencia.
-Y ahora estás acá.
-Y ahora estoy acá, y tengo suerte de no tener gangrena.
-Por lo menos sería una gangrena física. La de tu país hubiera sido moral.
-No estoy seguro de que la moral exista. Existe esta ametralladora. Existen, aunque no los vemos, esos árabes de mierda al otro lado del valle.
(Una luz.)
-Mira eso. Es la hora. ¿Tienes miedo?
-Sí. Tengo miedo. Un miedo real. Un maravilloso miedo de verdad en todo el puto cuerpo.

miércoles, agosto 15, 2007

Tori Amos Uno

Punto uno: Tori Amos es un misterio. Leyendo cuentos de ciencia ficción de Frederic Brown toda la tarde, pienso, antes que en sus anécdotas absurdas, en la figura que un cuento de los años 50 trae de inmediato a la mente de un lector del 2000: la absurda figura de la mujer como esposa perfecta, como conquistable y hogareña Doris Day. Indescifrable porque no hay nada que descifrar. En contraposición, Tori, la artista, la que hace el amor con su piano, la Cassandra que grita, herida y golpeada, en el bosque de tonalidades azules, la que sonríe con su capacidad de desconcertar, la que tiene el útero lleno de preguntas existenciales pero no metafísicas: cuerpo y preguntas, desconcierto y esa aura que es su pelo rojo, esa poesía que nace de la danza de sus manos sobre el teclado. Los ojos más abiertos que nunca, y ante ellos el misterio.

Punto dos: no comprendo a Tori. ¿Cómo podría comprenderla? "Parte por escucharla, Drugstore Cowboy", me susurra un alter ego. ¿Cuál? "Nosotros no importamos, Drugstore Cowboy. No nos escuches a nosotros. Escúchala a ella".

Punto tres: Ella dijo: es como si tu cuerpo estuviera apareciendo de a poco. Es como si con cada beso, con cada vez que se posan los dedos, una parte de mi cuerpo vive de verdad. Ella dijo: Tú lo hiciste, Drugstore Cowboy. No, ella no dijo Drugstore Cowboy. No mientas más.

Punto cuatro: Hablaré sobre mí durante un párrafo: esta cansadora y a estas alturas aburrida necesidad de hablar en clave, de confundir para vencer (una victoria inútil y ridícula), de crear a partir de unas tijeras que desmenuzan y remezclan la realidad, este hábito de explicar lo fácilmente explicable a partir de tramas fantásticas y disfraces de carnaval, de un carnaval de drogadictos y esquizofrénicos, esta enciclopedia de mentiras creada para encubrir una sola palabra. Pero, ¿cuál palabra? ¿Qué, quién, cómo, cuándo, dónde? ¿Y por qué?
(continuará)

sábado, agosto 11, 2007

Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, etc.

Javier Crocek le envía diariamente unas tres páginas a Luzmira con sus textos, ideas y reflexiones. Muchos epigramas, algunos ingeniosos. Luzmira los borra casi todos. Porque las palabras son un virus pero lo que hagamos con las palabras es una encarnizada guerra biológica donde no hay espacio para el riesgo ni las buenas intenciones. Esto es una guerra, señores.

domingo, julio 29, 2007

Trama

Queremos un mundo mejor, dijo el agente 16.6.82, antes conocido como Jaime Guzmán

Mónica Echeverría, madre de Carmen Castillo, que perdió el hijo de Miguel Enríquez cuando lo mataron a él, escribe un libro sobre los Edwards y dice que deben pedir perdón.

http://www.lnd.cl/prontus_noticias/site/artic/20051105/pags/20051105174943.html

domingo, julio 15, 2007

Santa Teresa

Tori Amos canta sobre Ciudad Juárez. En Ciudad Juárez ellas están viviendo, están cantando, están trabajando duramente para mantener a sus hijos. En Ciudad Juárez ellas están siendo mujeres, mangíficas mujeres. Con esos cabellos largos, esos rasgos con una belleza que despierta el hambre y a la vez la tranquilidad, con esas voces frescas que vienen de otro tiempo, con esos olores que varían de lo amable y lo salvaje, con esos ojos que a nosotros, los hombres, nos hechizan sin más, porque así está hecha la biología y así está hecho el mundo. Mujeres. Pero en Ciudad Juárez están muriendo, y están siendo torturadas, y alguien les está cortando el pezón y las está utilizando como un trapo sucio para masturbarse, y esa violencia está en lo más hondo de nuestro corazón, de nuestra literatura de machos, de nuestro maligno falo, de nuestra desmesurada hambre. Y Javier Crocek, hundido en su penumbra que nadie ve de cerca, en su diminuto mundo donde nunca deja de ser un adolescente, en su asma y sus uñas comidas y dedos mordidos y cortes de cuchilla en la cadera para poder respirar, para superar la angustia que lo abraza como una ninfa hecha de gilletes, acostado en su cama mirando el techo y mirando el computador, con el cerebro agotado y casi mudo, piensa una y otra vez en las muertes de Ciudad Juárez. Y le duelen, le duelen, por la mierda, le duelen como el infierno, le tocan los bordes del ajado corazón, le devoran el colon en llamas, le dicen: estás muriendo, Javier, te están matando y torturando, pero tú también estás matando y torturando mientras estás ahí, tirado e inútil preguntándote cuál es tu diagnóstico. Ya te lo dije una vez, drugstore cowboy, tú no te vas a sanar, y mientras sigas enfermo los ladrones de los que eres creador y cómplice y víctima vendrán a llevarse los pezones y la virginidad y la vida de esas mujeres que amas. De todas las mujeres del mundo a las que nunca podrás proteger, drugstore cowboy, pendejito egoista, mentiroso del alma. Tú no te vas a sanar, Drugstore Cowboy, y el mundo no tiene consuelo.
Mentira.
No tengo un mantra ni tengo un nombre, responde Javier Crocek, pero lo que dices es mentira, y te lo voy a demostrar. Se para, se sienta frente al computador, escribe el punto final...

domingo, mayo 27, 2007

Post de prueba BlogSend (una página rota)

Prueba.
La belleza. Los dientes apretados de placer. Cualquier persona, todas las personas del mundo. La menopausia pero no, no te burles. Tori Amos. Violentamente hermosa. Desgarradoramente hermosa. La belleza como una llamarada de energía despertando al cuerpo. Los dientes apretados, la boca abierta de contemplación. El cuerpo de desgaja como una flor, se hace polvo entre las guitarras eléctricas, y logra pasar la cortina de agua negra: al otro lado estamos vivos, aunque no brille el sol, aunque llueva. Estamos vivos. Estoy vivo y tengo un nombre. Me llamo Gabriel. La belleza como el rasguido de una guitarra eléctrica abrazando a la voz de Tori Amos en el aire. Escucho eso y sé que me llamo Gabriel, y que no hay otro acá adentro, y que hay tantos otros allá afuera, a pocos centímetros de mi piel.

lunes, mayo 14, 2007

Cuando vuelvas te abrazaré muy fuerte

Tú creías que conocías todas las canciones de amor, pero hoy en la micro unos hippies sin gran destreza vocal cantaron una canción de amor hermosa. Cuando agradecieron las monedas, supiste que era de Víctor Heredia.

La segunda parte de Los Otros - La Novela, comienza cuando Medrano y su jefe deciden encerrar a Javier Crocek en el sótano de un viejo edificio en el medio de la ciudad y planean la mejor forma de acabar con él. Pretenden matarlo, pero no asesinarlo. Y para eso necesitan su ayuda. Pero no pueden, porque él los está soñando a ellos.

El cielo estaba moteado de nubes, blancas contra un desganado azul. Crocek, un día antes de comenzar a escapar, caminaba por la calle cuando vio el cielo e imaginó, soñadoramente, que las motas de pronto comenzaban a bajar a alta velocidad, y caían como gigantescas bombas de gas sobre la ciudad. Y de las bombas de gas brotaban los arcángeles gritando el Santo Nombre en un sólo chillido. Pero algo sorprendía a Javier Crocek más que la imagen de los Arcángeles. Supo, abierta la boca y asombrados los ojos, que esa idea no era parte de su imaginación. Esa idea no era suya, ni la había inventado él. ¿De dónde salía entonces? Sólo había una respuesta: era el eco lejano de los otros, los reales, luchando desde afuera para quebrar la cúpula y llegar a rescatarlo. Pero necesitaban su ayuda. Y necesitaban que él fuera libre.

-Medrano, ¿cuánto tiempo quieres que siga trabajando para ti?
-Mientras sigamos ganando dinero.
-¿Ganar dinero todo lo que importa?
-No, si eres millonario no, ganar dinero no importa.
-Medrano, estoy caminando por Providencia y hay nubes moteadas en el cielo. Parece que algo va a pasar.
-Javier, te escucho exaltado. ¿Has tomado... has hecho todo lo que tienes que hacer?
-Creo que hay algo que no me has dicho, Medrano.
-Javier, tranquilo. ¿Qué te pasa? Juntémonos a conversar.
-Hay algo que no me has dicho, Medrano. Hay un lugar donde no puedo ir, hay un nombre que no puedo decir.
-Javier, ¿estás bien?
-Medrano, quiero ser libre.
-Javier...
-Voy a ser libre, Medrano.

Medrano oyó el estallido del celular de Crocek rompiéndose contra el suelo, sintió que estaba llegando el incómodo y ominoso momento de tomar decisiones, sacudió la cabeza. Crocek, a varios kilómetros de distancia, reflexionó un segundo sobre las sensaciones, pensamientos y movimientos de cabeza de Gabriel Medrano, y luego pensó: "¿Cómo mierda puedo enterarme de estas cosas?" Entonces echó a correr por una calle lateral, y un par de horas más tarde ya estaba hablando solo camino a Santiago Centro.

sábado, mayo 12, 2007

Una etapa termina y otra nueva empieza

Me llegó el rumor, Javier, de que quieres dejar de escribir, quizás para sanarte. Bueno, muy bien, imagino que tratarás con la pintura o la música o el deporte o el coleccionismo de fragmentos de huesos de detenidos desaparecidos. No, disculpa eso último, es la falta de costumbre de hablar con personajes reales y no imaginarios. Déjame decirte que te felicito, que te deseo suerte, que estamos en un país libre. Injusto, pero libre. Falso, pero libre. Despiadado, en fin. ¿Estoy siendo muy rudo? Sí, es algo inconsistente con mi personalidad, quizás debería ponerme otro nombre y otro color de pelo, pero da lo mismo. Nadie se dará cuenta excepto tú. Ahora déjame decirte una cosa, y sólo porque me caen bien las personas reales. Te irá bien. En este momento, Javier Crocek, juntas las palabras como códigos de CSS en una hoja de estilos para XML-Strict. O, para ser más claro, juntas las palabras como pequeñas joyas de fantasía, una detrás de otra, amarradas con sus alambres invisibles, hasta que formas una cadena y luego la cadena forma una estructura y luego tienes en tus manos un precioso poliedro de adjetivos y verbos. Y esperas que, como esos párrafos llenos de sudor y rasguños de mujeres se transformen de a poco en otra cosa, en una mancha de color o en un rasgueo furioso (y en ruinas) de guitarra eléctrica. Y déjame decirte: te irá bien. Resultará. Pintarás miniaturas, compondrás partituras, tocarás baladas de Tom Petty en el desierto del norte, que es muy parecido al de Arizona, excepto porque uno de los dos existe y el otro no. Tendrás esas pequeñas obras de arte, que luego crecerán hasta ser sinfonías dignas de una mente más privilegiada que la tuya, esculturas dignas de un corazón más consistente que el tuyo, enormes murales que serán como oleajes de tinta de todos los matices. Y cuando tengas esas obras harás más, y más. Y las pondrás unas junto a otras, intentando que digan, además de lo que dijeron por sí mismas, otra cosa en conjunto. Serán grupos de obras musicales y partituras. Hasta aquí, sólo luz y color y sonido, sin que los gusanos de las palabras infecten tu paz y te obliguen a decidir si te llamas Javier o Gabriel o Medrano o Judith. Pero estarás tan feliz con tu obra, tan repleto del sentido que gritan, que apenas te darás cuenta de lo que va a ocurrir. Yo te diré. Las juntarás, y tendrás que tomar un poco de distancia para poder apreciarlas en conjunto. Te irás alejando. Primero dejarás de distinguir los matices. Luego se te borrará el espacio en blanco en el piso que separa cada escultura-pintura-partitura de la otra. Luego intuirás el conjunto que forman, y no lo creerás, así que seguirás alejándote. Sólo cuando sea demasiado tarde te darás cuenta de que tus manchas de colores se fusionaron de nuevo en negros gusanos arrastrándose sobre la hoja de papel, formando las delicadas siluetas de la Times New Roman, repitiendo los balbuceos de la primera noche en que decidiste cambiar. Los asépticos gusanos negros de las palabras impresas te abrazarán, encantados de que vuelvas. Y eso será todo. Hazme caso, Crocek. Hazle caso a tu amigo Medrano, el del corazón despiadado, el del alma insomne. Toma tus pinturas y tus canciones, intenta recordar (en vano) su melodía, al final resúmelas. Te saldrá un párrafo largo, no más. Bótala a la basura, recítaselo a alguien, o publícalo en tu larga novela inconclusa. Y ponle una frase para concluir: tú no vas a cambiar. Tú no te vas a sanar, drugstore cowboy.

viernes, mayo 11, 2007

Lupita es feliz con las cosas simples

Crocek podía hablar de la enfermedad durante horas, podía recordar sus pesadillas toda la tarde mirando el crepúsculo color tartrazina. Pero. Esta es una historia corta, sobre un día con sus irrepetibles hechos, sus buenas y malas noticias, sus horas malgastadas encima de vehículos atravesando esa gran ciudad, sus malas noticias y sus buenas noticias, su regreso tranquilo y a fin de cuentas satisfecho y con algo de bienestar al hogar, de noche. Pero en la mañana Crocek ve en la esquina de la casa de Josefina, la amiga con cover de su jefe (a la que tiene que sacar a bailar como John Travolta hacía con Uma Thurman en Pulp Fiction), a una pequeña gata blanca y gris, igual que Lupita, la gata que tuvo Mérida y que perdió porque en la vida las cosas se pierden, y también algunos seres vivos. Pero no era Lupita, y de hecho, pensó Crocek, no se parece en nada. Aunque a ojos de cualquiera tenía la misma combinación de gris y blanco en lugares similares, Crocek (incluso habiendo tenido cerca de sí a Lupita sólo la semana y media en que se alojó en su casa) distinguía perfectamente las diferencias, sabía con certidumbre que Lupita era única e irrepetible, porque él la quería.

Y era algo simple, y algo tan común y tan cierto: había en alguna parte de la ciudad un animal llamado Lupita, y él tenía un vínculo con ese animal. Y aunque Crocek sabía que en realidad no estaba caminando por la plaza Ñuñoa (toda la recreación estaba plagada de minúsculos detalles erróneos), sino que estaba encerrado en su pieza de ese inabarcable lugar sin oscuridad y con paredes acolchadas, haciendo amigos de humo y novias de aire que venían a saludarlo y a consolarlo y luego desaparecían cuando él sacudía la mano.

Pero si en medio de la simulación aparecía un gato que no era Lupita, y luego desaparecía (Crocek avanzaba y dejaba atrás esa ventana, llegaba al departamento de Josefina, recordaba brevemente su figura fecunda, quizás la mejoraba con el pensamiento), y Lupita maullaba con toda su fuerza aunque estuviera ausente para despertar a Crocek (despertarlo a qué, a dónde), ¿no era esa ausencia una prueba de que había algo real en el mundo que lo rodeaba, y de que la enfermedad de lo real podía extenderse como la luz del sol sobre las calles, las fachadas de las casas, sobre las personas, sobre los otros?

¿Aún eres feliz, Lupita? Yo sé que aunque todo sea mentira, aunque Santiago se derrumbe, ustedes dos son felices.

lunes, abril 30, 2007

Redondo, seguro azar (Pedro Salinas)

Half of what I say is meaningless
But I say it just to reach you Julia
Te amo, Julia. Pasado, presente y futuro. Miro tus ojos y me encuentro en el cielo. Oigo tu voz y me corre agua tibia en el corazón. Te llamo y nos encontramos en un café y siento que nadie tiene tanta vida como yo. Te pregunto algo y ya sé que tu respuesta es clara, equilibrada, mágicamente correcta. Te abrazo y es como si te conociera desde siempre. Te toco y te beso desnuda y sudorosa y siento que soy diez veces más grande de lo que soy, que el resto del mundo no existe y que no lo extrañaré. Te siento respirar dormida, apretada contra mí, y no quiero dormirme. Pero me duermo, y me hundo en el sueño con tu dulce piel bajo mis manos y tu nombre en mis labios, Julia. Te amo. Nunca dejaré que nos separemos. Nadie nos detendrá, mi mujer del mar. Conquistaré el mundo si es necesario, y te lo regalaré a ti. Y luego lo olvidaremos y me dedicaré a hacerte el amor y a escucharte hablar. Diamante de estos duros años, luz de este mundo mangífico, capaz de contenerte a ti.
No me fío de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.
Ni me fío de la otra
rosa verdadera,
hija del sol y sazón,
la prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar

Tom Petty

Con los brazos congelados, con los dientes castañeteando, con una cara que no quería enfrentar al espejo porque sabía que alimentaría con nuevas imágenes horribles su neurosis (llevaba tres días de eso, negándose a tomar las pastillas, encerrado en su habitación comiendo galletas y tomando agua de la llave del baño), Javier Crocek hizo una pausa, desenchufó los parlantes y los volvió a enchufar, y se le ocurrió una idea.
No era llamar para pedir ayuda. No era exactamente eso. Lo había pensado diez mil veces sólo esa mañana (aunque ya había pasado el mediodía), pero era sencillamente imposible. Como imposible era apagar el computador, dejar de masturbarse, ordenar su habitación, bañarse, ordenar los quince libros que tenía en el suelo y que leía en desorden, tomarse las pastillas, salir a tomar el sol (pero no había sol).
Era llamar y hacer una pregunta con excusas, digamos, literarias. O periodísticas. ¿Qué te hace más feliz? No, no exactamente eso. Tendría que depurar la pregunta, pero se dio cuenta de que ahí podía haber una salida, algo que quebrara por fin la locura, que lo salvara de tanto miedo y de la parálisis de la serotonina cero. Así que tomó su teléfono (que había sonado quince veces en esos tres días y que nunca había contestado) y, tras consultar en su celular (veintitrés veces), marcó el número de Gabriel Medrano.
Mientras sonaba el piii, depuró la pregunta. Diría: "Medrano, tengo una duda. ¿De qué forma eres más feliz? O sea, ¿cuál sería para ti un perfecto momento feliz? No: ¿Cómo sería la felicidad para ti?"
Medrano no contestó. Dudó mucho en llamar a nadie más. Todos eran tan lejanos, tan todo, tanto. Pero en las siguientes dos horas, venciendo y siendo vencido por dudas y temblores (temblores físicos, reales, de esos que nadie conocía porque nadie estaba con él en su habitación), llamó a Luzmira, a Baradit, a Paulina, y a Prudant. No pudo hablar con ninguno: no contestaban, o contestaba alguen y decía que el buscado no estaba. El siguiente intento fue con Gabriel Mérida, y él sí contestó.
-Aló.
-¿Mérida?
-Ajá. ¿Quién habla?
-Gabriel, qué tal, habla Javier. Javier Crocek.
-Crocek, cómo va.
-Bien, bien, bien.
-¿Sí? ¿Todo bien?
-Y... sí. Digamos que bien. Oye, Gabriel, estoy haciendo una... digamos investigación. Escribiendo algo. Así que le estoy haciendo una pregunta a todo el mundo.
-¿Una pregunta?
-Sí, es simple...
-Bueno, dale.
-La pregunta es: ¿Qué es la felicidad para ti?
Silencio en el teléfono. "Logré no temblar", pensó Crocek, "logré que no se me notara, logré pasar como cuerdo en un mundo de cuerdos".
-Tom Petty.
-¿Ah?
-Tom Petty. ¿Ubicas a Tom Petty?
-Es un cantante, ¿no?
-Sí. El de "Last dance with Mary Jane".
-Lo ubico de nombre, pero creo que no he escuchado nada de él. ¿Él es la felicidad?
-No exactamente. Mira, Tom Petty es raro. No sé cómo describirlo. Digamos que es como folk, pero un folk extraño, con letras que hablan sobre alienación, sobre tragedias. Pero al mismo tiempo no es trágico. Es puro. Y no se parece al country. No sé mucho de música, pero no sé bien a qué se parece. Claro que para otra persona esta indefinición puede ser muy absurda. El hecho es que me gustan las canciones de Tom Petty.
-Ya...
-Y bueno, la felicidad no es escucharlo, porque está en mi playlist al lado de docenas de grupos, todos de tendencias diferentes, mezclados, todo muy ecléctivo. Violeta Parra al lado de Tori Amos y de Atari Teenage Riot, y así, ¿entiendes? Pero para mí la felicidad perfecta sería esto. Ir conduciendo en el desierto del norte, no importa si es hacia la ciudad en que nací, que está en el extremo norte de Chile, o de vuelta. Sólo importa que avanzo, con un brazo en la ventanilla, en medio del desierto de Atacama, y que estoy solo, y que es casi mediodía, y que estoy escuchando un casette en autoreversa con las canciones que más me gustan de Tom Petty, y eso es todo lo que hago.
-...
-Sí, eso es la felicidad perfecta para mí.
Javier Crocek pensó en la locura, en el encierro, en su enfermedad sin nombre, en el estado de ruina que ostentaba el mundo y del que nadie se daba cuenta sino él, y sospechó algo. Quiso preguntarle a Gabriel Mérida si era feliz, pero no se atrevió. Quiso preguntarle si alguna vez había sido feliz, si esperaba serlo algún día, si estaba cuerdo. Quiso preguntarle si era real, quiso preguntarle si no era una invención de su cerebro. Pero no.
-Gabriel, ¿sabes manejar?
-No.

No me tengas miedo, dijo el ángel

Temía lo siguiente: que un día lo encontraran encerrado en su habitación (después de tres meses de no saber nada de él), rodeado de sábanas sucias y papeles llenos de palabras, susurrando una y otra vez: escribo desde mi enfermedad, escribo desde mi enfermedad, escribo desde mi enfermedad.

Temía lo siguiente: ir por la calle un día y encontrar a la mujer que debía estar esperándolo en casa, seguirla, y darse cuenta de que iba a la Universidad, veía a su novio (que no era él), tomaba una micro que no era la que él tomaría, llegaba a otra casa que no era la de ellos. Y se daba cuenta de que ella no hacía eso sólo esa noche, sino que lo había hecho siempre, y en ese momento se negaba a volver a su propia casa, para no encontrarla vacía, para no ver que su novia en su silla era una almohada con olor a lavanda y suaves manos de plástico.

Temía lo siguiente: que, como en el cuento de Greene, se pusiera a murmurar en una cabina de teléfono: no voy a volverme loco, no voy a volverme loco, no voy a volverme loco. El murmullo crece y se transforma en grito, el cuento crece y se transforma en lugar común del cine, la muchedumbre a su alrededor crece y se transforma en policías y ambulancias. Todos crecen menos él.

Temía lo siguiente: un día despertar y no estar en su dormitorio, sino en un hospital con un tubo metido en la garganta y una sutura en la cabeza, justo donde estaba el tumor. Esas cosas pasan, él había estado a punto de conocer a un pendejo al que le ocurrió exactamente eso: se desmayó en un supermercado en Iquique, se despertó operado en una clínica de Santiago. El cáncer es tu destino, se dijo, por más que quieras asesinar al mundo antes de que el mundo te asesine a ti.

Temía lo siguiente: que incluso después de golpear el computador con la pantalla y de atreverse por fin a cortarse la piel de las caderas y los brazos y de quemar el edificio y de salir corriendo por la noche aterrorizando a los flaites y las prostitutas de la periferia con su mirada de astronauta tras el punto de no retorno, incluso después de todo eso, siguiera oyendo el interminable ruido de sus dedos tecleando, grabado en sus oídos, martilleando en su cabeza rapada.

Te voy a querer igual, tontita

Tenía un sueño, o más bien una pesadilla, o más bien un horrible-futuro-probable, o más bien una condena que quería hacer irreal. Que un día en la calle alguien le preguntaba la hora, o algo un poco más complejo que la hora, y que él respondía, y pensando por diezmillonésima vez en su timidez, decidía atreverse y decir un comentario ingenioso, o sea, soltar lo que estaba pensando. Y al comentario lo seguía una observación ingeniosa y luego una observación ligada a la anterior y luego una reflexión y una pregunta y una posible respuesta y alternativas a esa respuesta... Y así seguía hablando sin poder detenerse, como si las palabras le acudieran a la boca en tropel, con un sentido perfectamente lógico, articulando un discurso claro y ordenado y normal y bastante inteligente, sólo que ininterrumpido. La persona que le pedía la hora afuera de la estación de metro se espantaba, por supuesto, y lo mismo hacían los transeúntes, los guardias de la estación, la señorita de la boletería, hasta que por fin llegaban la ambulancia, los familiares, los doctores, los certificados.

Los psiquiatras intentaban conversar con él, lo que era difícil pero no imposible. Aunque él nunca dejaba de hablar (debían introducirle un catéter para solucionar la sequedad de su boca, y además alimentarlo vía intravenosa), estaba atento a lo que le decían, y también estaba conciente de su propia situación, aunque no podía hacer nada por explicarlo. Reflexionaba en voz alta, su reflexión intentaba responder a lo que le preguntaban, y a muchas otras cosas más. Los psiquiatras (uno especialmente, uno joven algo obsesionado con su caso) notaban que el discurso era coherente, que divagaba un poco pero que en realidad se trataba de la voz interior permanente de una persona aproblemada, que tenía que decir todo lo que se le pasaba por la cabeza.

En el sueño pasaban muchas más cosas, el joven psiquiatra intentaba convencer a sus colegas de la importancia del caso, había una intriga, un asesinato y una mancha gigante de sangre en la misma estación del metro donde ocurrió el incidente, los periódicos comenzaban a pelearse por la exclusiva, llegaba una mujer (no podía ver su rostro ni adivinar el color de su cabello), pero él por fin despertaba y se quedaba en su cama (no era su cama, era un living ajeno con olor a alcohol y un cuerpo femenino cerca suyo), admirando el silencio, contemplando la mañana, temblando de frío, intentando no pensar.

sábado, abril 21, 2007

Los otros - Imagen Cero

Se pone de pie ante ella y trata de hablarle, pero está paralizado.

Suda, sus ojos se enrojecen y sus venas se hinchan, hasta que la parálisis cede, pero ahora esta mudo. Y ella lo ve sin decir nada, abriendo la boca y mirándolo con sus ojos húmedos (¿de qué color?), hasta que se da medio vuelta y se marcha. El la sigue por las calles, bajando las escaleras, subiendo al metro, siempre a unos pasos de distancia, sin poderse acercar, sin poder hablar, estirando las manos para acariciar el cabello pero impedido por una barrera invisible. Y entonces la pregunta no puede esperar más: ¿de qué color es su cabello? ¿Es liso u ondulado, qué tan largo es? Sorprendido, ignorado por ella (pero vigilado por los pasajeros del metro, todos aguardando que se de cuenta), se toca la cabeza. Estira la mano para tocarle el hombro (ella está de espaldas) y se da cuenta de que la barrera invisible se ha ido, está a medio centímetro de su piel (¿desnuda o cubierta, invierno o verano?) y se contiene, porque el miedo a ver su rostro lo ha invadido. Mira la ventana, ve su propio reflejo y luego mira a alguno de los pasajeros.

Todos sonríen.

Todos tienen un rostro distinto, pero algo los delata, un mismo gesto, una misma sonrisa. Pregunta: ¿quiénes son ustedes?, pero cuando abre la boca todos los labios se mueven a la par de los suyos, cincuenta voces haciendo eco de sus palabras. Y cuando se calla, muerto de miedo y angustia, todos lo imitan un segundo, pero luego comienzan a reirse de él, esa atroz risa de burla en mil tonos diferentes. Todos riéndose de él, todos burlándose de él. Piensa que quiere desaparecer, que está desnudo, que ha perdido el nombre, pero entre las risas (algunas son contenidos murmullos de lástima, otras son carcajadas feroces) escucha otro ruido: el llanto de ella que acompaña a los ojos húmedos que lo vieron paralizado y mudo, y entonces sabe de qué color son sus ojos y su cabello, y dice por fin su nombre: Julia.

Las risas se detienen, el metro está vacío en una estación de viento, y él se da vuelta.

Pero ella no está ahí.

martes, abril 10, 2007

La niña número 37

Ella es el clon 37 de Judith, tiene el pelo color caoba, tiene un rostro dormido. Ella está quieta y con los ojos cerrados mientras recita, y dice: no soy una niña, soy una mujer. Soy una poeta y soy una fuente de sangre en forma de niña, soy la que cruza el puente buscando amor, soy la única historia que nunca te han contado. Soy una radio loca sintonizada en la estación de tu adolescencia perdida. Los locutores son mis manos, los DJs son mis ojos. Abro la boca y se vuelan las hojas en la biblioteca. Parpadeo y se queman las bibliotecas bajo el fuego del nuevo milenio. Soy aquella a quien no esperabas.

Te buscaré, pero no sabrás el momento. Llegaré a desbaratar todos tus planes.

Esas cosas dice la niña de pelo caoba, y luego abre los ojos, que son verdes y contempla su cuerpo inquieto cubierto con un camisón de hospital, ve la pequeña etiqueta que dice Judith 37, y suelta una risa queda.

Judith por Judas, el traidor, dice, pero también por Julieta, la enamorada de su enemigo, y por juventud perdida, y por Juana la primera mujer, y por el río Jordán y por muchas otras palabras. Pero una letra esconde a otra letra y llegan los judíos (cuyo nombre también comienza con jota) y su cábala a esconder las letras en su horrible orden, y llegan los traductores vestidos de rosa y negro para preservar la inútil esencia y perder los esenciales detalles, y llegan las hordas de bárbaros de traje y corbata a repetir y repartir los mensajes y los nombres por todo el orbe, a través de todos sus canales de televisión y todas sus antenas, y finalmente llega el fuego a quemar todas las bibliotecas y dispersar todas sus cenizas y enviarlas al suelo para que nutran la tierra y crezcan árboles que se extiendan bajo el sol.

Entonces la niña me mira, y sus ojos verdes son como un espejo hacia otro planeta, y me pregunta con voz perdida en el bosque: Cuando pase eso, ¿recordarás mi nombre?

Recordaré tu nombre, le respondo yo, y en seguida la cabeza me tiembla y el viento sopla y estoy caminando apresurado por una calle de Ñuñoa, en Santiago de Chile, pensando en mi tesis de título y mi trabajo, y en todas las promesas que hecho y no he cumplido jamás.

domingo, marzo 11, 2007

La fractura

Uno de estos días alguien me golpeará. No sé su nombre, pero conozco la forma de su rostro y el color de su camisa. Será un golpe seco, directo, empujado por la justicia y la moral y la fuerza de la esperanza. En una calle de Santiago, al atardecer, el puño llegará a un milímetro de mi cara y todos se espantarán de la sangre que salta y del feroz crujido. Pero hay algo que no sabrán. El golpe no será real. Se detendrá frente a mí, y por arte de magia, sin dolor, se materializará la sangre en el aire. Y lo más importante: aparecerá la fractura.

Una trizadura que correrá desde el cráneo hasta mis pies, pasando por las costillas y rajando el esternón. Una trizadura que aparecerá después de años de estar escondida, dibujada en otra dimensión, aguardando hambrienta para venir a este plano de la realidad. Será como volver a casa. Por fin será visible la fractura.

***

Llego a casa, tengo buen ánimo, me río y escucho una canción, como algo, ordeno un poco. Y en determinado momento me acuesto en la oscuridad para sentirme triste. Recuerdo fugazmente a una mujer que conocí que lloraba una vez cada día, encerrada en el ascensor de la facultad, y eso la mantenía viva. Yo no lo podía comprender. Yo pensaba que ésa no era una forma de vivir. Pero siete años más tarde hago lo mismo. Suspendo el bienestar por algunos minutos y, como una terapia, me siento triste. Pienso en lo que me falta, echo de menos, imagino que el pasado podría haber sido diferente. No lloro, pero me da mucha pena. Y digo: está bien, está muy bien. La tristeza es como una dulce copa de miel y recuerdos.

***

Te mordí el hombro, te doblé entera, te conocí mojada y lisa y rugosa, te hice apretar los dientes, te oí gemir, te aplasté durante largos y sudorosos minutos, te lamí la mejilla en la luz de la madrugada, te sujeté las caderas para quererte mejor y mejor, para darte más calor, para escuchar esos hermosos jadeos, esos calientes suspiros, esas interminables y líquidas quejas. Cuando dormías, bebí de tus piernas como un ladrón para que no despertaras.

***

Sí me acuerdo, tenía diecisiete y era todo más tranquilo. Más melancólico, más radiohead, más gris y tenue, pero más tranquilo. Quizás algunos vidrios rotos, quizás algunos fármacos que no debían estar ahí, pero yo me iba a la playa, veía a algunos amigos, esperaba que se nublara y corriera un viento fresco desde el mar, y me sentaba en la arena arropado con un chaleco mirando el horizonte. Todo muy dulce, todo muy melancólico. Todos sabíamos que estábamos viviendo los últimos días de un tiempo maravilloso que no podíamos apreciar como se lo merecía. Mis amigos y mis amigas sonreían mucho. Bailábamos, tirábamos, nos enamorábamos. Teníamos quince, dieciséis, diecisiete años. Lo pasábamos bien. Teníamos pena y rabia y nos sentíamos solos, pero lo pasábamos bien. Ahora están todos muertos.

***

Feliz como una mujer, decía Rimbaud. Triste como una mina, pienso yo. Dolido y herido como una mina, ausente y vacío como una pendeja, impotente como una solterona. Alguien me dijo que estaba bien lo que yo hacía, es decir, tener pena y resistir, y dejar que pasaran los días y los meses. Eso es resistir como un hombre. Pero un hombre que tiene pena es un hombre de barro que se derrumba y está viejo y derrotado. Yo no. Yo soy joven, y yo resistiré.

***

Porque un día se darán cuenta, y me llamarán por teléfono para no perderme, y en las salas de clases repetirán mi nombre, e irán a verme al hospital y llamarán a las universidades para que me bequen y al gobierno para que me encumbre y a la televisión para que me ilumine. Ese día me llevarán en andas y me pedirán perdón, me tratarán como merezco, me dirán que soy el mejor, que tengo la razón, que no hay nadie más. Me abrazarán, me tomarán la mano, me palmearán la espalda, me tocarán el cabello. Miles de personas llorarán con mis palabras y mirarán al cielo y escogerán una estrella y finalmente se cortarán el cuello en mi honor.

***

No sé qué edad tenía cuando la fractura apareció. Pudo haber sido a los dos años, en el primer recuerdo preciso que tengo. Pudo haber sido en el vientre, o en la bruma de los primeros días. Pudo haber sido con el primer grito, con el primer rencor, con el primer beso. Pudo haber sido mucho antes, con mi primer antepasado que vio llegar a los españoles, escondido en la selva. O con las orgías con que los aldeanos celebraron la revolución francesa. Pudo haber sido en el futuro. No importa. La fractura se ha extendido por todos los tiempos del universo y ha acompañado a cada uno de mis amigos como una sombra. Detrás de sus sonrisas o gestos de rabia, está la fractura. Bien en el fondo, donde yo no soy mi cuerpo ni mi alma ni mi cabeza, allí acecha. En ese rincón de pureza donde sólo soy la fractura, la fractura y nada más.

sábado, enero 27, 2007

(5) Se lo repito siempre pero él no me escucha

I was seventeen
when i heard the countdown start...
Jarvis Cocker, "Countdown"

Es un día precioso. Siento las risas de los niños, hace calor pero corre el viento como si fuera septiembre, hay gente corriendo y jóvenes jugando a la pelota y mujeres riéndose y escolares sin traje de escolares jugando a tirarse agua. No se siente el smog, la cordillera puede verse con claridad, es un domingo magnífico. Uno de esos días en que simplemente dan ganas de sentarse y sentir los minutos pasar, riéndo sin saber por qué. Llamar a alguien, contar cosas sin importancia sólo por el placer de conversar, mirar a la gente y decir que está todo bien. Es un hermoso día.

No me pidas que te hable de la fractura.

No puedo entender (entender, con la cabeza) que haya gente que pueda pensar, en un día y un lugar como éste, que justo ahora hay niños africanos muriendo en la guerra, y que los irakíes están muriendo por las balas gringas, y que en tailandia hay más niñas vírgenes siendo violadas por europeos satisfechos de sí mismos. No puedo entender que alguien venga a la rotonda a sentarse y oír las risas y los gritos de los juegos, y relacione de inmediato eso con los mendigos agonizantes del barrio cívico, con los crímenes en el desierto de Alto Hospicio, con las sesiones de tortura de veinte años atrás, con la sangre que goteaba de la muñeca de Luzmira cuando se mató el invierno pasado. No me cabe en la cabeza.

Me cabe en el corazón.

Ríete: tengo una nube negra sobre mí. Y déjame explayarme: tengo invisibles cables negros atándome a los subterráneos, tengo una toxina azulada navegando por las venas, tengo ojos de agujeros negros que se tragan todo el amor y todo lo dulce de esta vida, tengo una cicatriz en la muñeca por cada vez que alguien ha llorado por mi culpa. En los archivos de la policía hay un espacio en blanco donde debería estar mi nombre. En el cielo que no existe hay alguien añorándome, en el sol de mediodía retumba el grito que di anoche, de madrugada, al despertarme transpirando por ese recuerdo violento.

Anoche me levanté a verme en el espejo y sólo vi a un hombre normal, quizás demasiado ojeroso, quizás inofensivo. Y me dije: este espejo no refleja la realidad.

Por eso es que la fractura, la fractura esencial... no es un tema del que se pueda hablar tan fácilmente. Está la vida: está lo bueno, está lo malo. El sufrimiento y la felicidad. Los abrazos y la maldad. Lo dulce y lo amargo. Lo perdido y lo encontrado. Están las preguntas, como piezas del rompecabezas que faltan y muestran el universo infinito detrás de la realidad.

Pero te puedo hablar de otra fractura. Una menos importante. Una trivial, una nada, una para qué.

No recuerdo que edad tenía. No lo recuerdo porque nunca hablé mucho de ello. Si hubiera hablado, el recuerdo podría ligarse a más conversaciones, a idas al colegio, a cosas que se ligaran a algún momento histórico reconocible. Pero sólo recuerdo dos cosas. La ida al hospital (el segundo momento) y la lucha en la cama (el primero).

Jugábamos con mis hermanos y con Mayo, mi vecino. Mi hermano era tres años menor que yo, y Mayo uno mayor, aunque era de menor estatura, más menudo. La cama era pequeña, la pieza también. Nos tirábamos almohadones, perdíamos el aliento, nos pegábams combos que eran de mentira, nos reíamos mucho. Igual que ahora se están riendo esas minas de más allá, perseguidas por sus amiguitos. Igual que se ríen todos los niños del mundo, con las caras rojas y transpiradas y el pelo desordenado, tirándose cosas y jugando a la lucha libre en la pieza.

El hecho en sí es sencillo: Mayo se arrastra debajo de la cama, mi hermano le tira un pie, yo pienso fugazmente en que puede rompérselo. Pero antes de hacer nada, corro (porque estaba un poco más lejos), salto y caigo sobre el colchón. Entonces algo cruje, y debajo escucho el grito de Mayo.

Cuando lo sacamos yo lo veía reir. Por varios segundos, pensé que no podía aguantarse la risa. Al final nos dimos cuenta de que estaba llorando. Hasta ahí llega el recuerdo.

Le rompí el brazo con el fierro que había debajo de la cama, doblándola. Mis padres lo llevaron al hospital, pagaron el gasto médico, un par de días después me llevaron a verlo. No recuerdo si lo vi, si no entramos porque llegamos tarde o si entramos y lo borré. Recuerdo estar afuera del hospital, en ese clima magnífico que nadie en el mundo cambiaría, esperando.

Y examino las piezas que faltan. Me digo: esos son los errores infantiles de los que uno aprende. A tener cuidado, a ser responsable, a pensar antes de hacer las cosas. A preocuparse por el otro.

Pero yo no aprendí.

No recuerdo si fue en seguida o mucho después que comencé a distanciarme de Mayo. Recuerdo momentos en que fui matándolo en mi cabeza, sin violencia (estaba desterrada la violencia, estaba prohibida, estaba ahuyentada por el silencio), pero con toda la asepsia del mundo, borrándolo como si fuera un dibujo obsceno, eliminándolo como una sesión de pornografía en el computador, rastreando los archivos y botando las llaves.

Mayo fue el primero que maté de los otros.

A los demás los fui matando después. Uno a uno, o en grupo. De diferentes formas. Como dice Wilde, a veces con un beso, a veces con la espada. A todos.

Ahora están todos muertos. Ahora descanso bajo el sol, negándome a hablarte de la fractura, oyendo risas grabadas y rodeado de una gran fotografía mural de gente jugando en una rotonda de pasto y árboles. Ahora me canso de recordar y me canso de ti. No recuerdo haberte dado un nombre, no recuerdo ver tu rostro. Así que voy a dejar de inventar que estás acá, y me voy a callar.

No eres real. No eres real. No eres real.

No llores. No llores o tendré que seguir hablándote.

Así está mejor. Easy. ¿Te sientes mejor?

Gracias por escucharme. Ahora tienes que irte. Ahora quiero estar solo de nuevo.

Adiós

domingo, enero 21, 2007

(4) Qué lejos se han ido todos

No quiero hacer poesía, no quiero desangrarle-las-venas-a-la-noche. No quiero cantar, no quiero bailar, no quiero imaginar que alguien rasguña mi cuerpo desde adentro sin que yo pueda hacer nada. Del horror nadie sabe más que yo, eso está claro. Suena pretencioso, pero es más simple que eso: a nadie se le puede contar. Si el horror es por definición inefable, incomunicable (¿serán lo mismo?), entonces estoy encerrado en este horror, y nadie puede venir a alivianar nada. ¿Pero de qué clase de horror se trata? ¿Un horror blando, correcto, sonriente, en una celda acolchada de rosado?

Me llamo Medrano y soy un triunfador de una clase especial. Escribo como quien da saltos sobre los automóviles que se incendian en una película apocalíptica, escribo como una pendeja morena de piel blanca que imita a madonna en la Blondie, veloz como un rayo, rápida-rápido como una bala. Escribo acá porque no tengo cómo salvarme, no tengo donde más guardar estos lugares comunes, este millonésimo intento de sumergirme en la realidad con las palabras. Las palabras, esos semáforos para ciegos. La realidad, esa calle que nadie sabe donde queda. Dije lugar común, pero sé bien que un lugar común es lo más lejano a mi vida, a esto-que-llamo-mi-vida. Escribo con guiones y camino con guiones, tengo arañas en la cabeza y pastillas en el velador, como casi todo el mundo en esta ciudad. Obsesivo y obsesionado, vacío y solo, autocompasivo pero armado de una UZI. Mañana debo trabajar y es tarde.

Rememoro mi día. Lo logro haciendo listas: la lista de personas conocidas con las que me topé y hablé (una nómina de números y apellidos en fuente Courier), la lista de canciones del iPod como bichos electrónicos clavándose en los cables, la lista de mujeres que miré en la calle y el tamaño y profundidad de sus escotes, la lista de artículos que tuve que aprobar y desaprobar (sólo títulos en negrita y bajadas en cursiva), la lista de tareas y de números telefónicos y de metas logradas, como una serie infinita de cifras y letras sin espacios entre medio. La lista de listas, finalmente, ahora que conduzco y llego a mi departamento y prendo la luz y me siento en el PC a crear otro blog oculto, uno que sea de verdad. Esa trampa es típica de los periodistas giles, algo que les tatuaron en la cabeza apenas entraron en sus escuelas, tanto la última privada rasca del desierto como de la U. de Chile: la verdad está por debajo. Si aparece en la superficie, entonces hay que rascar para encontrar la verdad. Resultado: para manipularlos basta con poner un velo sobre lo que quieres hacerles creer, y ya está. Así los mando. Así soy el jefe.

Más fácil que manipular periodistas. Más fácil que comerse secretarias. Más fácil que putear a los que hacen el aseo. Más fácil que trabajar para Mérida ordenando su start-up de comunicación. Más fácil que sacar la cuenta de todos los sitios asquerosos a los que no he entrado en esta extraña copia de barrio Providencia que es el barrio Merced, en pleno centro de Santiasco, en plena callejuela borrosa a principios de otoño.

Más fácil que mentir.

Hoy también vi un incendio. Uno pequeño, sin muertos. Un auto había chocado contra un poste en McIver con Santo Domingo, el tipo alcanzó a salirse y el auto se incendió. Llamas moderadas, como si el destino no quisiera darme la oportunidad de lanzarme a holocaustos verdaderos, sino sólo a espectáculos de feria, eventos obscenamente prosaicos. Y la gente mirando con esa cara de estúpidos, tanta gente: recuerdo que era mucha, recuerdo que los miré con atención a todos, pero no puedo recordarlos de verdad; ninguna cara, ninguna ropa, ninguna identificación de edad o género o nada. Sólo gente, masas como ganado o como dibujos de fondo. Sí recuerdo a un niño vestido medio gótico que miró el incendio tal como lo estaba mirando yo, pero desde el otro lado, como si ya hubiera pasado por todo lo que yo vivo y el incendio fuera un recuerdo de otro tiempo. Lo miró y se fue, y se quedó en mi cabeza. Todo lo que yo he pasado, del futuro hacia el pasado, desde el bienestar hasta la vorágine del que no bebe alcohol ni se droga ni fuma pitos. ¿Todo esto pasará, todo esto pasará alguna vez? Recuerdo que cuando estaba en la Universidad algunos compañeros se lo preguntaban. A algunos no se les pasó, y nunca los volví a ver. Crocek me lo preguntó una vez, en uno de los primeros carretes en que coincidí con él, y sólo me reí. En ese tiempo me reía. Obvio que todo iba a pasar, obvio que cada cambio de etapa trae confusión. Lo que me pregunto ahora es más difícil. Fácil, difícil: esto es difícil. ¿Va a pasar luego esto, tendrá nombre esto, tendrá fin esto? Digo, ¿tendrá un fin que no sea dentro de veinte o cuarenta años, enfermo y pelado y mordiendo los barrotes de la cama?

Cambio y fuera, la locura y el instinto en nuestros desastrosos corazones. Qué lejos estás, Lorena, qué lejos se han ido todos. Mañana volveré a escribir aquí, quizás. Cambio, qué absurdo. Cambio y fuera.