miércoles, agosto 15, 2007

Tori Amos Uno

Punto uno: Tori Amos es un misterio. Leyendo cuentos de ciencia ficción de Frederic Brown toda la tarde, pienso, antes que en sus anécdotas absurdas, en la figura que un cuento de los años 50 trae de inmediato a la mente de un lector del 2000: la absurda figura de la mujer como esposa perfecta, como conquistable y hogareña Doris Day. Indescifrable porque no hay nada que descifrar. En contraposición, Tori, la artista, la que hace el amor con su piano, la Cassandra que grita, herida y golpeada, en el bosque de tonalidades azules, la que sonríe con su capacidad de desconcertar, la que tiene el útero lleno de preguntas existenciales pero no metafísicas: cuerpo y preguntas, desconcierto y esa aura que es su pelo rojo, esa poesía que nace de la danza de sus manos sobre el teclado. Los ojos más abiertos que nunca, y ante ellos el misterio.

Punto dos: no comprendo a Tori. ¿Cómo podría comprenderla? "Parte por escucharla, Drugstore Cowboy", me susurra un alter ego. ¿Cuál? "Nosotros no importamos, Drugstore Cowboy. No nos escuches a nosotros. Escúchala a ella".

Punto tres: Ella dijo: es como si tu cuerpo estuviera apareciendo de a poco. Es como si con cada beso, con cada vez que se posan los dedos, una parte de mi cuerpo vive de verdad. Ella dijo: Tú lo hiciste, Drugstore Cowboy. No, ella no dijo Drugstore Cowboy. No mientas más.

Punto cuatro: Hablaré sobre mí durante un párrafo: esta cansadora y a estas alturas aburrida necesidad de hablar en clave, de confundir para vencer (una victoria inútil y ridícula), de crear a partir de unas tijeras que desmenuzan y remezclan la realidad, este hábito de explicar lo fácilmente explicable a partir de tramas fantásticas y disfraces de carnaval, de un carnaval de drogadictos y esquizofrénicos, esta enciclopedia de mentiras creada para encubrir una sola palabra. Pero, ¿cuál palabra? ¿Qué, quién, cómo, cuándo, dónde? ¿Y por qué?
(continuará)

sábado, agosto 11, 2007

Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, etc.

Javier Crocek le envía diariamente unas tres páginas a Luzmira con sus textos, ideas y reflexiones. Muchos epigramas, algunos ingeniosos. Luzmira los borra casi todos. Porque las palabras son un virus pero lo que hagamos con las palabras es una encarnizada guerra biológica donde no hay espacio para el riesgo ni las buenas intenciones. Esto es una guerra, señores.