viernes, mayo 11, 2007

Lupita es feliz con las cosas simples

Crocek podía hablar de la enfermedad durante horas, podía recordar sus pesadillas toda la tarde mirando el crepúsculo color tartrazina. Pero. Esta es una historia corta, sobre un día con sus irrepetibles hechos, sus buenas y malas noticias, sus horas malgastadas encima de vehículos atravesando esa gran ciudad, sus malas noticias y sus buenas noticias, su regreso tranquilo y a fin de cuentas satisfecho y con algo de bienestar al hogar, de noche. Pero en la mañana Crocek ve en la esquina de la casa de Josefina, la amiga con cover de su jefe (a la que tiene que sacar a bailar como John Travolta hacía con Uma Thurman en Pulp Fiction), a una pequeña gata blanca y gris, igual que Lupita, la gata que tuvo Mérida y que perdió porque en la vida las cosas se pierden, y también algunos seres vivos. Pero no era Lupita, y de hecho, pensó Crocek, no se parece en nada. Aunque a ojos de cualquiera tenía la misma combinación de gris y blanco en lugares similares, Crocek (incluso habiendo tenido cerca de sí a Lupita sólo la semana y media en que se alojó en su casa) distinguía perfectamente las diferencias, sabía con certidumbre que Lupita era única e irrepetible, porque él la quería.

Y era algo simple, y algo tan común y tan cierto: había en alguna parte de la ciudad un animal llamado Lupita, y él tenía un vínculo con ese animal. Y aunque Crocek sabía que en realidad no estaba caminando por la plaza Ñuñoa (toda la recreación estaba plagada de minúsculos detalles erróneos), sino que estaba encerrado en su pieza de ese inabarcable lugar sin oscuridad y con paredes acolchadas, haciendo amigos de humo y novias de aire que venían a saludarlo y a consolarlo y luego desaparecían cuando él sacudía la mano.

Pero si en medio de la simulación aparecía un gato que no era Lupita, y luego desaparecía (Crocek avanzaba y dejaba atrás esa ventana, llegaba al departamento de Josefina, recordaba brevemente su figura fecunda, quizás la mejoraba con el pensamiento), y Lupita maullaba con toda su fuerza aunque estuviera ausente para despertar a Crocek (despertarlo a qué, a dónde), ¿no era esa ausencia una prueba de que había algo real en el mundo que lo rodeaba, y de que la enfermedad de lo real podía extenderse como la luz del sol sobre las calles, las fachadas de las casas, sobre las personas, sobre los otros?

¿Aún eres feliz, Lupita? Yo sé que aunque todo sea mentira, aunque Santiago se derrumbe, ustedes dos son felices.

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