domingo, marzo 11, 2007

La fractura

Uno de estos días alguien me golpeará. No sé su nombre, pero conozco la forma de su rostro y el color de su camisa. Será un golpe seco, directo, empujado por la justicia y la moral y la fuerza de la esperanza. En una calle de Santiago, al atardecer, el puño llegará a un milímetro de mi cara y todos se espantarán de la sangre que salta y del feroz crujido. Pero hay algo que no sabrán. El golpe no será real. Se detendrá frente a mí, y por arte de magia, sin dolor, se materializará la sangre en el aire. Y lo más importante: aparecerá la fractura.

Una trizadura que correrá desde el cráneo hasta mis pies, pasando por las costillas y rajando el esternón. Una trizadura que aparecerá después de años de estar escondida, dibujada en otra dimensión, aguardando hambrienta para venir a este plano de la realidad. Será como volver a casa. Por fin será visible la fractura.

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Llego a casa, tengo buen ánimo, me río y escucho una canción, como algo, ordeno un poco. Y en determinado momento me acuesto en la oscuridad para sentirme triste. Recuerdo fugazmente a una mujer que conocí que lloraba una vez cada día, encerrada en el ascensor de la facultad, y eso la mantenía viva. Yo no lo podía comprender. Yo pensaba que ésa no era una forma de vivir. Pero siete años más tarde hago lo mismo. Suspendo el bienestar por algunos minutos y, como una terapia, me siento triste. Pienso en lo que me falta, echo de menos, imagino que el pasado podría haber sido diferente. No lloro, pero me da mucha pena. Y digo: está bien, está muy bien. La tristeza es como una dulce copa de miel y recuerdos.

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Te mordí el hombro, te doblé entera, te conocí mojada y lisa y rugosa, te hice apretar los dientes, te oí gemir, te aplasté durante largos y sudorosos minutos, te lamí la mejilla en la luz de la madrugada, te sujeté las caderas para quererte mejor y mejor, para darte más calor, para escuchar esos hermosos jadeos, esos calientes suspiros, esas interminables y líquidas quejas. Cuando dormías, bebí de tus piernas como un ladrón para que no despertaras.

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Sí me acuerdo, tenía diecisiete y era todo más tranquilo. Más melancólico, más radiohead, más gris y tenue, pero más tranquilo. Quizás algunos vidrios rotos, quizás algunos fármacos que no debían estar ahí, pero yo me iba a la playa, veía a algunos amigos, esperaba que se nublara y corriera un viento fresco desde el mar, y me sentaba en la arena arropado con un chaleco mirando el horizonte. Todo muy dulce, todo muy melancólico. Todos sabíamos que estábamos viviendo los últimos días de un tiempo maravilloso que no podíamos apreciar como se lo merecía. Mis amigos y mis amigas sonreían mucho. Bailábamos, tirábamos, nos enamorábamos. Teníamos quince, dieciséis, diecisiete años. Lo pasábamos bien. Teníamos pena y rabia y nos sentíamos solos, pero lo pasábamos bien. Ahora están todos muertos.

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Feliz como una mujer, decía Rimbaud. Triste como una mina, pienso yo. Dolido y herido como una mina, ausente y vacío como una pendeja, impotente como una solterona. Alguien me dijo que estaba bien lo que yo hacía, es decir, tener pena y resistir, y dejar que pasaran los días y los meses. Eso es resistir como un hombre. Pero un hombre que tiene pena es un hombre de barro que se derrumba y está viejo y derrotado. Yo no. Yo soy joven, y yo resistiré.

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Porque un día se darán cuenta, y me llamarán por teléfono para no perderme, y en las salas de clases repetirán mi nombre, e irán a verme al hospital y llamarán a las universidades para que me bequen y al gobierno para que me encumbre y a la televisión para que me ilumine. Ese día me llevarán en andas y me pedirán perdón, me tratarán como merezco, me dirán que soy el mejor, que tengo la razón, que no hay nadie más. Me abrazarán, me tomarán la mano, me palmearán la espalda, me tocarán el cabello. Miles de personas llorarán con mis palabras y mirarán al cielo y escogerán una estrella y finalmente se cortarán el cuello en mi honor.

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No sé qué edad tenía cuando la fractura apareció. Pudo haber sido a los dos años, en el primer recuerdo preciso que tengo. Pudo haber sido en el vientre, o en la bruma de los primeros días. Pudo haber sido con el primer grito, con el primer rencor, con el primer beso. Pudo haber sido mucho antes, con mi primer antepasado que vio llegar a los españoles, escondido en la selva. O con las orgías con que los aldeanos celebraron la revolución francesa. Pudo haber sido en el futuro. No importa. La fractura se ha extendido por todos los tiempos del universo y ha acompañado a cada uno de mis amigos como una sombra. Detrás de sus sonrisas o gestos de rabia, está la fractura. Bien en el fondo, donde yo no soy mi cuerpo ni mi alma ni mi cabeza, allí acecha. En ese rincón de pureza donde sólo soy la fractura, la fractura y nada más.

3 comentarios:

Bavarovich dijo...

ahi dice que no hay cometarios, mentira poque esta el mio en construccion, y cuando lo leas ya no sera en contruccion, sera un comentario completo :P

me gusta caleta lo que escribes, hace harto rato que no hablamos de nada, pero no importa, no tengo nada interesante que contar.

capaz que leas este post y no sabras quien soy y veras mi blog y ahi te acodaras :P.

Bueno eso, era para decirte que me gusta mucho lo que escribes, ojala tuvieras un libro o algo :)

Bavarovich dijo...

nunca es tarde para encontrar el amor y luchar por el :)

Ms. bus stop singer dijo...

Tu texto me seduce, como una serpiente que me mira a los ojos y me deja en trance... que tienes que lo logras?