lunes, abril 30, 2007

Tom Petty

Con los brazos congelados, con los dientes castañeteando, con una cara que no quería enfrentar al espejo porque sabía que alimentaría con nuevas imágenes horribles su neurosis (llevaba tres días de eso, negándose a tomar las pastillas, encerrado en su habitación comiendo galletas y tomando agua de la llave del baño), Javier Crocek hizo una pausa, desenchufó los parlantes y los volvió a enchufar, y se le ocurrió una idea.
No era llamar para pedir ayuda. No era exactamente eso. Lo había pensado diez mil veces sólo esa mañana (aunque ya había pasado el mediodía), pero era sencillamente imposible. Como imposible era apagar el computador, dejar de masturbarse, ordenar su habitación, bañarse, ordenar los quince libros que tenía en el suelo y que leía en desorden, tomarse las pastillas, salir a tomar el sol (pero no había sol).
Era llamar y hacer una pregunta con excusas, digamos, literarias. O periodísticas. ¿Qué te hace más feliz? No, no exactamente eso. Tendría que depurar la pregunta, pero se dio cuenta de que ahí podía haber una salida, algo que quebrara por fin la locura, que lo salvara de tanto miedo y de la parálisis de la serotonina cero. Así que tomó su teléfono (que había sonado quince veces en esos tres días y que nunca había contestado) y, tras consultar en su celular (veintitrés veces), marcó el número de Gabriel Medrano.
Mientras sonaba el piii, depuró la pregunta. Diría: "Medrano, tengo una duda. ¿De qué forma eres más feliz? O sea, ¿cuál sería para ti un perfecto momento feliz? No: ¿Cómo sería la felicidad para ti?"
Medrano no contestó. Dudó mucho en llamar a nadie más. Todos eran tan lejanos, tan todo, tanto. Pero en las siguientes dos horas, venciendo y siendo vencido por dudas y temblores (temblores físicos, reales, de esos que nadie conocía porque nadie estaba con él en su habitación), llamó a Luzmira, a Baradit, a Paulina, y a Prudant. No pudo hablar con ninguno: no contestaban, o contestaba alguen y decía que el buscado no estaba. El siguiente intento fue con Gabriel Mérida, y él sí contestó.
-Aló.
-¿Mérida?
-Ajá. ¿Quién habla?
-Gabriel, qué tal, habla Javier. Javier Crocek.
-Crocek, cómo va.
-Bien, bien, bien.
-¿Sí? ¿Todo bien?
-Y... sí. Digamos que bien. Oye, Gabriel, estoy haciendo una... digamos investigación. Escribiendo algo. Así que le estoy haciendo una pregunta a todo el mundo.
-¿Una pregunta?
-Sí, es simple...
-Bueno, dale.
-La pregunta es: ¿Qué es la felicidad para ti?
Silencio en el teléfono. "Logré no temblar", pensó Crocek, "logré que no se me notara, logré pasar como cuerdo en un mundo de cuerdos".
-Tom Petty.
-¿Ah?
-Tom Petty. ¿Ubicas a Tom Petty?
-Es un cantante, ¿no?
-Sí. El de "Last dance with Mary Jane".
-Lo ubico de nombre, pero creo que no he escuchado nada de él. ¿Él es la felicidad?
-No exactamente. Mira, Tom Petty es raro. No sé cómo describirlo. Digamos que es como folk, pero un folk extraño, con letras que hablan sobre alienación, sobre tragedias. Pero al mismo tiempo no es trágico. Es puro. Y no se parece al country. No sé mucho de música, pero no sé bien a qué se parece. Claro que para otra persona esta indefinición puede ser muy absurda. El hecho es que me gustan las canciones de Tom Petty.
-Ya...
-Y bueno, la felicidad no es escucharlo, porque está en mi playlist al lado de docenas de grupos, todos de tendencias diferentes, mezclados, todo muy ecléctivo. Violeta Parra al lado de Tori Amos y de Atari Teenage Riot, y así, ¿entiendes? Pero para mí la felicidad perfecta sería esto. Ir conduciendo en el desierto del norte, no importa si es hacia la ciudad en que nací, que está en el extremo norte de Chile, o de vuelta. Sólo importa que avanzo, con un brazo en la ventanilla, en medio del desierto de Atacama, y que estoy solo, y que es casi mediodía, y que estoy escuchando un casette en autoreversa con las canciones que más me gustan de Tom Petty, y eso es todo lo que hago.
-...
-Sí, eso es la felicidad perfecta para mí.
Javier Crocek pensó en la locura, en el encierro, en su enfermedad sin nombre, en el estado de ruina que ostentaba el mundo y del que nadie se daba cuenta sino él, y sospechó algo. Quiso preguntarle a Gabriel Mérida si era feliz, pero no se atrevió. Quiso preguntarle si alguna vez había sido feliz, si esperaba serlo algún día, si estaba cuerdo. Quiso preguntarle si era real, quiso preguntarle si no era una invención de su cerebro. Pero no.
-Gabriel, ¿sabes manejar?
-No.

1 comentario:

Ms. bus stop singer dijo...

Me ha encantado esta entrada tuya, llena de un realismo surreal que probablemente algunos de los que hemos pasado los dramas de pastillas comprendemos a la perfeccion.
He llegado a ti por coincidencia o azar, bendito azar que me trajo.