sábado, enero 27, 2007

(5) Se lo repito siempre pero él no me escucha

I was seventeen
when i heard the countdown start...
Jarvis Cocker, "Countdown"

Es un día precioso. Siento las risas de los niños, hace calor pero corre el viento como si fuera septiembre, hay gente corriendo y jóvenes jugando a la pelota y mujeres riéndose y escolares sin traje de escolares jugando a tirarse agua. No se siente el smog, la cordillera puede verse con claridad, es un domingo magnífico. Uno de esos días en que simplemente dan ganas de sentarse y sentir los minutos pasar, riéndo sin saber por qué. Llamar a alguien, contar cosas sin importancia sólo por el placer de conversar, mirar a la gente y decir que está todo bien. Es un hermoso día.

No me pidas que te hable de la fractura.

No puedo entender (entender, con la cabeza) que haya gente que pueda pensar, en un día y un lugar como éste, que justo ahora hay niños africanos muriendo en la guerra, y que los irakíes están muriendo por las balas gringas, y que en tailandia hay más niñas vírgenes siendo violadas por europeos satisfechos de sí mismos. No puedo entender que alguien venga a la rotonda a sentarse y oír las risas y los gritos de los juegos, y relacione de inmediato eso con los mendigos agonizantes del barrio cívico, con los crímenes en el desierto de Alto Hospicio, con las sesiones de tortura de veinte años atrás, con la sangre que goteaba de la muñeca de Luzmira cuando se mató el invierno pasado. No me cabe en la cabeza.

Me cabe en el corazón.

Ríete: tengo una nube negra sobre mí. Y déjame explayarme: tengo invisibles cables negros atándome a los subterráneos, tengo una toxina azulada navegando por las venas, tengo ojos de agujeros negros que se tragan todo el amor y todo lo dulce de esta vida, tengo una cicatriz en la muñeca por cada vez que alguien ha llorado por mi culpa. En los archivos de la policía hay un espacio en blanco donde debería estar mi nombre. En el cielo que no existe hay alguien añorándome, en el sol de mediodía retumba el grito que di anoche, de madrugada, al despertarme transpirando por ese recuerdo violento.

Anoche me levanté a verme en el espejo y sólo vi a un hombre normal, quizás demasiado ojeroso, quizás inofensivo. Y me dije: este espejo no refleja la realidad.

Por eso es que la fractura, la fractura esencial... no es un tema del que se pueda hablar tan fácilmente. Está la vida: está lo bueno, está lo malo. El sufrimiento y la felicidad. Los abrazos y la maldad. Lo dulce y lo amargo. Lo perdido y lo encontrado. Están las preguntas, como piezas del rompecabezas que faltan y muestran el universo infinito detrás de la realidad.

Pero te puedo hablar de otra fractura. Una menos importante. Una trivial, una nada, una para qué.

No recuerdo que edad tenía. No lo recuerdo porque nunca hablé mucho de ello. Si hubiera hablado, el recuerdo podría ligarse a más conversaciones, a idas al colegio, a cosas que se ligaran a algún momento histórico reconocible. Pero sólo recuerdo dos cosas. La ida al hospital (el segundo momento) y la lucha en la cama (el primero).

Jugábamos con mis hermanos y con Mayo, mi vecino. Mi hermano era tres años menor que yo, y Mayo uno mayor, aunque era de menor estatura, más menudo. La cama era pequeña, la pieza también. Nos tirábamos almohadones, perdíamos el aliento, nos pegábams combos que eran de mentira, nos reíamos mucho. Igual que ahora se están riendo esas minas de más allá, perseguidas por sus amiguitos. Igual que se ríen todos los niños del mundo, con las caras rojas y transpiradas y el pelo desordenado, tirándose cosas y jugando a la lucha libre en la pieza.

El hecho en sí es sencillo: Mayo se arrastra debajo de la cama, mi hermano le tira un pie, yo pienso fugazmente en que puede rompérselo. Pero antes de hacer nada, corro (porque estaba un poco más lejos), salto y caigo sobre el colchón. Entonces algo cruje, y debajo escucho el grito de Mayo.

Cuando lo sacamos yo lo veía reir. Por varios segundos, pensé que no podía aguantarse la risa. Al final nos dimos cuenta de que estaba llorando. Hasta ahí llega el recuerdo.

Le rompí el brazo con el fierro que había debajo de la cama, doblándola. Mis padres lo llevaron al hospital, pagaron el gasto médico, un par de días después me llevaron a verlo. No recuerdo si lo vi, si no entramos porque llegamos tarde o si entramos y lo borré. Recuerdo estar afuera del hospital, en ese clima magnífico que nadie en el mundo cambiaría, esperando.

Y examino las piezas que faltan. Me digo: esos son los errores infantiles de los que uno aprende. A tener cuidado, a ser responsable, a pensar antes de hacer las cosas. A preocuparse por el otro.

Pero yo no aprendí.

No recuerdo si fue en seguida o mucho después que comencé a distanciarme de Mayo. Recuerdo momentos en que fui matándolo en mi cabeza, sin violencia (estaba desterrada la violencia, estaba prohibida, estaba ahuyentada por el silencio), pero con toda la asepsia del mundo, borrándolo como si fuera un dibujo obsceno, eliminándolo como una sesión de pornografía en el computador, rastreando los archivos y botando las llaves.

Mayo fue el primero que maté de los otros.

A los demás los fui matando después. Uno a uno, o en grupo. De diferentes formas. Como dice Wilde, a veces con un beso, a veces con la espada. A todos.

Ahora están todos muertos. Ahora descanso bajo el sol, negándome a hablarte de la fractura, oyendo risas grabadas y rodeado de una gran fotografía mural de gente jugando en una rotonda de pasto y árboles. Ahora me canso de recordar y me canso de ti. No recuerdo haberte dado un nombre, no recuerdo ver tu rostro. Así que voy a dejar de inventar que estás acá, y me voy a callar.

No eres real. No eres real. No eres real.

No llores. No llores o tendré que seguir hablándote.

Así está mejor. Easy. ¿Te sientes mejor?

Gracias por escucharme. Ahora tienes que irte. Ahora quiero estar solo de nuevo.

Adiós

domingo, enero 21, 2007

(4) Qué lejos se han ido todos

No quiero hacer poesía, no quiero desangrarle-las-venas-a-la-noche. No quiero cantar, no quiero bailar, no quiero imaginar que alguien rasguña mi cuerpo desde adentro sin que yo pueda hacer nada. Del horror nadie sabe más que yo, eso está claro. Suena pretencioso, pero es más simple que eso: a nadie se le puede contar. Si el horror es por definición inefable, incomunicable (¿serán lo mismo?), entonces estoy encerrado en este horror, y nadie puede venir a alivianar nada. ¿Pero de qué clase de horror se trata? ¿Un horror blando, correcto, sonriente, en una celda acolchada de rosado?

Me llamo Medrano y soy un triunfador de una clase especial. Escribo como quien da saltos sobre los automóviles que se incendian en una película apocalíptica, escribo como una pendeja morena de piel blanca que imita a madonna en la Blondie, veloz como un rayo, rápida-rápido como una bala. Escribo acá porque no tengo cómo salvarme, no tengo donde más guardar estos lugares comunes, este millonésimo intento de sumergirme en la realidad con las palabras. Las palabras, esos semáforos para ciegos. La realidad, esa calle que nadie sabe donde queda. Dije lugar común, pero sé bien que un lugar común es lo más lejano a mi vida, a esto-que-llamo-mi-vida. Escribo con guiones y camino con guiones, tengo arañas en la cabeza y pastillas en el velador, como casi todo el mundo en esta ciudad. Obsesivo y obsesionado, vacío y solo, autocompasivo pero armado de una UZI. Mañana debo trabajar y es tarde.

Rememoro mi día. Lo logro haciendo listas: la lista de personas conocidas con las que me topé y hablé (una nómina de números y apellidos en fuente Courier), la lista de canciones del iPod como bichos electrónicos clavándose en los cables, la lista de mujeres que miré en la calle y el tamaño y profundidad de sus escotes, la lista de artículos que tuve que aprobar y desaprobar (sólo títulos en negrita y bajadas en cursiva), la lista de tareas y de números telefónicos y de metas logradas, como una serie infinita de cifras y letras sin espacios entre medio. La lista de listas, finalmente, ahora que conduzco y llego a mi departamento y prendo la luz y me siento en el PC a crear otro blog oculto, uno que sea de verdad. Esa trampa es típica de los periodistas giles, algo que les tatuaron en la cabeza apenas entraron en sus escuelas, tanto la última privada rasca del desierto como de la U. de Chile: la verdad está por debajo. Si aparece en la superficie, entonces hay que rascar para encontrar la verdad. Resultado: para manipularlos basta con poner un velo sobre lo que quieres hacerles creer, y ya está. Así los mando. Así soy el jefe.

Más fácil que manipular periodistas. Más fácil que comerse secretarias. Más fácil que putear a los que hacen el aseo. Más fácil que trabajar para Mérida ordenando su start-up de comunicación. Más fácil que sacar la cuenta de todos los sitios asquerosos a los que no he entrado en esta extraña copia de barrio Providencia que es el barrio Merced, en pleno centro de Santiasco, en plena callejuela borrosa a principios de otoño.

Más fácil que mentir.

Hoy también vi un incendio. Uno pequeño, sin muertos. Un auto había chocado contra un poste en McIver con Santo Domingo, el tipo alcanzó a salirse y el auto se incendió. Llamas moderadas, como si el destino no quisiera darme la oportunidad de lanzarme a holocaustos verdaderos, sino sólo a espectáculos de feria, eventos obscenamente prosaicos. Y la gente mirando con esa cara de estúpidos, tanta gente: recuerdo que era mucha, recuerdo que los miré con atención a todos, pero no puedo recordarlos de verdad; ninguna cara, ninguna ropa, ninguna identificación de edad o género o nada. Sólo gente, masas como ganado o como dibujos de fondo. Sí recuerdo a un niño vestido medio gótico que miró el incendio tal como lo estaba mirando yo, pero desde el otro lado, como si ya hubiera pasado por todo lo que yo vivo y el incendio fuera un recuerdo de otro tiempo. Lo miró y se fue, y se quedó en mi cabeza. Todo lo que yo he pasado, del futuro hacia el pasado, desde el bienestar hasta la vorágine del que no bebe alcohol ni se droga ni fuma pitos. ¿Todo esto pasará, todo esto pasará alguna vez? Recuerdo que cuando estaba en la Universidad algunos compañeros se lo preguntaban. A algunos no se les pasó, y nunca los volví a ver. Crocek me lo preguntó una vez, en uno de los primeros carretes en que coincidí con él, y sólo me reí. En ese tiempo me reía. Obvio que todo iba a pasar, obvio que cada cambio de etapa trae confusión. Lo que me pregunto ahora es más difícil. Fácil, difícil: esto es difícil. ¿Va a pasar luego esto, tendrá nombre esto, tendrá fin esto? Digo, ¿tendrá un fin que no sea dentro de veinte o cuarenta años, enfermo y pelado y mordiendo los barrotes de la cama?

Cambio y fuera, la locura y el instinto en nuestros desastrosos corazones. Qué lejos estás, Lorena, qué lejos se han ido todos. Mañana volveré a escribir aquí, quizás. Cambio, qué absurdo. Cambio y fuera.