domingo, mayo 27, 2007

Post de prueba BlogSend (una página rota)

Prueba.
La belleza. Los dientes apretados de placer. Cualquier persona, todas las personas del mundo. La menopausia pero no, no te burles. Tori Amos. Violentamente hermosa. Desgarradoramente hermosa. La belleza como una llamarada de energía despertando al cuerpo. Los dientes apretados, la boca abierta de contemplación. El cuerpo de desgaja como una flor, se hace polvo entre las guitarras eléctricas, y logra pasar la cortina de agua negra: al otro lado estamos vivos, aunque no brille el sol, aunque llueva. Estamos vivos. Estoy vivo y tengo un nombre. Me llamo Gabriel. La belleza como el rasguido de una guitarra eléctrica abrazando a la voz de Tori Amos en el aire. Escucho eso y sé que me llamo Gabriel, y que no hay otro acá adentro, y que hay tantos otros allá afuera, a pocos centímetros de mi piel.

lunes, mayo 14, 2007

Cuando vuelvas te abrazaré muy fuerte

Tú creías que conocías todas las canciones de amor, pero hoy en la micro unos hippies sin gran destreza vocal cantaron una canción de amor hermosa. Cuando agradecieron las monedas, supiste que era de Víctor Heredia.

La segunda parte de Los Otros - La Novela, comienza cuando Medrano y su jefe deciden encerrar a Javier Crocek en el sótano de un viejo edificio en el medio de la ciudad y planean la mejor forma de acabar con él. Pretenden matarlo, pero no asesinarlo. Y para eso necesitan su ayuda. Pero no pueden, porque él los está soñando a ellos.

El cielo estaba moteado de nubes, blancas contra un desganado azul. Crocek, un día antes de comenzar a escapar, caminaba por la calle cuando vio el cielo e imaginó, soñadoramente, que las motas de pronto comenzaban a bajar a alta velocidad, y caían como gigantescas bombas de gas sobre la ciudad. Y de las bombas de gas brotaban los arcángeles gritando el Santo Nombre en un sólo chillido. Pero algo sorprendía a Javier Crocek más que la imagen de los Arcángeles. Supo, abierta la boca y asombrados los ojos, que esa idea no era parte de su imaginación. Esa idea no era suya, ni la había inventado él. ¿De dónde salía entonces? Sólo había una respuesta: era el eco lejano de los otros, los reales, luchando desde afuera para quebrar la cúpula y llegar a rescatarlo. Pero necesitaban su ayuda. Y necesitaban que él fuera libre.

-Medrano, ¿cuánto tiempo quieres que siga trabajando para ti?
-Mientras sigamos ganando dinero.
-¿Ganar dinero todo lo que importa?
-No, si eres millonario no, ganar dinero no importa.
-Medrano, estoy caminando por Providencia y hay nubes moteadas en el cielo. Parece que algo va a pasar.
-Javier, te escucho exaltado. ¿Has tomado... has hecho todo lo que tienes que hacer?
-Creo que hay algo que no me has dicho, Medrano.
-Javier, tranquilo. ¿Qué te pasa? Juntémonos a conversar.
-Hay algo que no me has dicho, Medrano. Hay un lugar donde no puedo ir, hay un nombre que no puedo decir.
-Javier, ¿estás bien?
-Medrano, quiero ser libre.
-Javier...
-Voy a ser libre, Medrano.

Medrano oyó el estallido del celular de Crocek rompiéndose contra el suelo, sintió que estaba llegando el incómodo y ominoso momento de tomar decisiones, sacudió la cabeza. Crocek, a varios kilómetros de distancia, reflexionó un segundo sobre las sensaciones, pensamientos y movimientos de cabeza de Gabriel Medrano, y luego pensó: "¿Cómo mierda puedo enterarme de estas cosas?" Entonces echó a correr por una calle lateral, y un par de horas más tarde ya estaba hablando solo camino a Santiago Centro.

sábado, mayo 12, 2007

Una etapa termina y otra nueva empieza

Me llegó el rumor, Javier, de que quieres dejar de escribir, quizás para sanarte. Bueno, muy bien, imagino que tratarás con la pintura o la música o el deporte o el coleccionismo de fragmentos de huesos de detenidos desaparecidos. No, disculpa eso último, es la falta de costumbre de hablar con personajes reales y no imaginarios. Déjame decirte que te felicito, que te deseo suerte, que estamos en un país libre. Injusto, pero libre. Falso, pero libre. Despiadado, en fin. ¿Estoy siendo muy rudo? Sí, es algo inconsistente con mi personalidad, quizás debería ponerme otro nombre y otro color de pelo, pero da lo mismo. Nadie se dará cuenta excepto tú. Ahora déjame decirte una cosa, y sólo porque me caen bien las personas reales. Te irá bien. En este momento, Javier Crocek, juntas las palabras como códigos de CSS en una hoja de estilos para XML-Strict. O, para ser más claro, juntas las palabras como pequeñas joyas de fantasía, una detrás de otra, amarradas con sus alambres invisibles, hasta que formas una cadena y luego la cadena forma una estructura y luego tienes en tus manos un precioso poliedro de adjetivos y verbos. Y esperas que, como esos párrafos llenos de sudor y rasguños de mujeres se transformen de a poco en otra cosa, en una mancha de color o en un rasgueo furioso (y en ruinas) de guitarra eléctrica. Y déjame decirte: te irá bien. Resultará. Pintarás miniaturas, compondrás partituras, tocarás baladas de Tom Petty en el desierto del norte, que es muy parecido al de Arizona, excepto porque uno de los dos existe y el otro no. Tendrás esas pequeñas obras de arte, que luego crecerán hasta ser sinfonías dignas de una mente más privilegiada que la tuya, esculturas dignas de un corazón más consistente que el tuyo, enormes murales que serán como oleajes de tinta de todos los matices. Y cuando tengas esas obras harás más, y más. Y las pondrás unas junto a otras, intentando que digan, además de lo que dijeron por sí mismas, otra cosa en conjunto. Serán grupos de obras musicales y partituras. Hasta aquí, sólo luz y color y sonido, sin que los gusanos de las palabras infecten tu paz y te obliguen a decidir si te llamas Javier o Gabriel o Medrano o Judith. Pero estarás tan feliz con tu obra, tan repleto del sentido que gritan, que apenas te darás cuenta de lo que va a ocurrir. Yo te diré. Las juntarás, y tendrás que tomar un poco de distancia para poder apreciarlas en conjunto. Te irás alejando. Primero dejarás de distinguir los matices. Luego se te borrará el espacio en blanco en el piso que separa cada escultura-pintura-partitura de la otra. Luego intuirás el conjunto que forman, y no lo creerás, así que seguirás alejándote. Sólo cuando sea demasiado tarde te darás cuenta de que tus manchas de colores se fusionaron de nuevo en negros gusanos arrastrándose sobre la hoja de papel, formando las delicadas siluetas de la Times New Roman, repitiendo los balbuceos de la primera noche en que decidiste cambiar. Los asépticos gusanos negros de las palabras impresas te abrazarán, encantados de que vuelvas. Y eso será todo. Hazme caso, Crocek. Hazle caso a tu amigo Medrano, el del corazón despiadado, el del alma insomne. Toma tus pinturas y tus canciones, intenta recordar (en vano) su melodía, al final resúmelas. Te saldrá un párrafo largo, no más. Bótala a la basura, recítaselo a alguien, o publícalo en tu larga novela inconclusa. Y ponle una frase para concluir: tú no vas a cambiar. Tú no te vas a sanar, drugstore cowboy.

viernes, mayo 11, 2007

Lupita es feliz con las cosas simples

Crocek podía hablar de la enfermedad durante horas, podía recordar sus pesadillas toda la tarde mirando el crepúsculo color tartrazina. Pero. Esta es una historia corta, sobre un día con sus irrepetibles hechos, sus buenas y malas noticias, sus horas malgastadas encima de vehículos atravesando esa gran ciudad, sus malas noticias y sus buenas noticias, su regreso tranquilo y a fin de cuentas satisfecho y con algo de bienestar al hogar, de noche. Pero en la mañana Crocek ve en la esquina de la casa de Josefina, la amiga con cover de su jefe (a la que tiene que sacar a bailar como John Travolta hacía con Uma Thurman en Pulp Fiction), a una pequeña gata blanca y gris, igual que Lupita, la gata que tuvo Mérida y que perdió porque en la vida las cosas se pierden, y también algunos seres vivos. Pero no era Lupita, y de hecho, pensó Crocek, no se parece en nada. Aunque a ojos de cualquiera tenía la misma combinación de gris y blanco en lugares similares, Crocek (incluso habiendo tenido cerca de sí a Lupita sólo la semana y media en que se alojó en su casa) distinguía perfectamente las diferencias, sabía con certidumbre que Lupita era única e irrepetible, porque él la quería.

Y era algo simple, y algo tan común y tan cierto: había en alguna parte de la ciudad un animal llamado Lupita, y él tenía un vínculo con ese animal. Y aunque Crocek sabía que en realidad no estaba caminando por la plaza Ñuñoa (toda la recreación estaba plagada de minúsculos detalles erróneos), sino que estaba encerrado en su pieza de ese inabarcable lugar sin oscuridad y con paredes acolchadas, haciendo amigos de humo y novias de aire que venían a saludarlo y a consolarlo y luego desaparecían cuando él sacudía la mano.

Pero si en medio de la simulación aparecía un gato que no era Lupita, y luego desaparecía (Crocek avanzaba y dejaba atrás esa ventana, llegaba al departamento de Josefina, recordaba brevemente su figura fecunda, quizás la mejoraba con el pensamiento), y Lupita maullaba con toda su fuerza aunque estuviera ausente para despertar a Crocek (despertarlo a qué, a dónde), ¿no era esa ausencia una prueba de que había algo real en el mundo que lo rodeaba, y de que la enfermedad de lo real podía extenderse como la luz del sol sobre las calles, las fachadas de las casas, sobre las personas, sobre los otros?

¿Aún eres feliz, Lupita? Yo sé que aunque todo sea mentira, aunque Santiago se derrumbe, ustedes dos son felices.