lunes, abril 30, 2007

Redondo, seguro azar (Pedro Salinas)

Half of what I say is meaningless
But I say it just to reach you Julia
Te amo, Julia. Pasado, presente y futuro. Miro tus ojos y me encuentro en el cielo. Oigo tu voz y me corre agua tibia en el corazón. Te llamo y nos encontramos en un café y siento que nadie tiene tanta vida como yo. Te pregunto algo y ya sé que tu respuesta es clara, equilibrada, mágicamente correcta. Te abrazo y es como si te conociera desde siempre. Te toco y te beso desnuda y sudorosa y siento que soy diez veces más grande de lo que soy, que el resto del mundo no existe y que no lo extrañaré. Te siento respirar dormida, apretada contra mí, y no quiero dormirme. Pero me duermo, y me hundo en el sueño con tu dulce piel bajo mis manos y tu nombre en mis labios, Julia. Te amo. Nunca dejaré que nos separemos. Nadie nos detendrá, mi mujer del mar. Conquistaré el mundo si es necesario, y te lo regalaré a ti. Y luego lo olvidaremos y me dedicaré a hacerte el amor y a escucharte hablar. Diamante de estos duros años, luz de este mundo mangífico, capaz de contenerte a ti.
No me fío de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.
Ni me fío de la otra
rosa verdadera,
hija del sol y sazón,
la prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar

Tom Petty

Con los brazos congelados, con los dientes castañeteando, con una cara que no quería enfrentar al espejo porque sabía que alimentaría con nuevas imágenes horribles su neurosis (llevaba tres días de eso, negándose a tomar las pastillas, encerrado en su habitación comiendo galletas y tomando agua de la llave del baño), Javier Crocek hizo una pausa, desenchufó los parlantes y los volvió a enchufar, y se le ocurrió una idea.
No era llamar para pedir ayuda. No era exactamente eso. Lo había pensado diez mil veces sólo esa mañana (aunque ya había pasado el mediodía), pero era sencillamente imposible. Como imposible era apagar el computador, dejar de masturbarse, ordenar su habitación, bañarse, ordenar los quince libros que tenía en el suelo y que leía en desorden, tomarse las pastillas, salir a tomar el sol (pero no había sol).
Era llamar y hacer una pregunta con excusas, digamos, literarias. O periodísticas. ¿Qué te hace más feliz? No, no exactamente eso. Tendría que depurar la pregunta, pero se dio cuenta de que ahí podía haber una salida, algo que quebrara por fin la locura, que lo salvara de tanto miedo y de la parálisis de la serotonina cero. Así que tomó su teléfono (que había sonado quince veces en esos tres días y que nunca había contestado) y, tras consultar en su celular (veintitrés veces), marcó el número de Gabriel Medrano.
Mientras sonaba el piii, depuró la pregunta. Diría: "Medrano, tengo una duda. ¿De qué forma eres más feliz? O sea, ¿cuál sería para ti un perfecto momento feliz? No: ¿Cómo sería la felicidad para ti?"
Medrano no contestó. Dudó mucho en llamar a nadie más. Todos eran tan lejanos, tan todo, tanto. Pero en las siguientes dos horas, venciendo y siendo vencido por dudas y temblores (temblores físicos, reales, de esos que nadie conocía porque nadie estaba con él en su habitación), llamó a Luzmira, a Baradit, a Paulina, y a Prudant. No pudo hablar con ninguno: no contestaban, o contestaba alguen y decía que el buscado no estaba. El siguiente intento fue con Gabriel Mérida, y él sí contestó.
-Aló.
-¿Mérida?
-Ajá. ¿Quién habla?
-Gabriel, qué tal, habla Javier. Javier Crocek.
-Crocek, cómo va.
-Bien, bien, bien.
-¿Sí? ¿Todo bien?
-Y... sí. Digamos que bien. Oye, Gabriel, estoy haciendo una... digamos investigación. Escribiendo algo. Así que le estoy haciendo una pregunta a todo el mundo.
-¿Una pregunta?
-Sí, es simple...
-Bueno, dale.
-La pregunta es: ¿Qué es la felicidad para ti?
Silencio en el teléfono. "Logré no temblar", pensó Crocek, "logré que no se me notara, logré pasar como cuerdo en un mundo de cuerdos".
-Tom Petty.
-¿Ah?
-Tom Petty. ¿Ubicas a Tom Petty?
-Es un cantante, ¿no?
-Sí. El de "Last dance with Mary Jane".
-Lo ubico de nombre, pero creo que no he escuchado nada de él. ¿Él es la felicidad?
-No exactamente. Mira, Tom Petty es raro. No sé cómo describirlo. Digamos que es como folk, pero un folk extraño, con letras que hablan sobre alienación, sobre tragedias. Pero al mismo tiempo no es trágico. Es puro. Y no se parece al country. No sé mucho de música, pero no sé bien a qué se parece. Claro que para otra persona esta indefinición puede ser muy absurda. El hecho es que me gustan las canciones de Tom Petty.
-Ya...
-Y bueno, la felicidad no es escucharlo, porque está en mi playlist al lado de docenas de grupos, todos de tendencias diferentes, mezclados, todo muy ecléctivo. Violeta Parra al lado de Tori Amos y de Atari Teenage Riot, y así, ¿entiendes? Pero para mí la felicidad perfecta sería esto. Ir conduciendo en el desierto del norte, no importa si es hacia la ciudad en que nací, que está en el extremo norte de Chile, o de vuelta. Sólo importa que avanzo, con un brazo en la ventanilla, en medio del desierto de Atacama, y que estoy solo, y que es casi mediodía, y que estoy escuchando un casette en autoreversa con las canciones que más me gustan de Tom Petty, y eso es todo lo que hago.
-...
-Sí, eso es la felicidad perfecta para mí.
Javier Crocek pensó en la locura, en el encierro, en su enfermedad sin nombre, en el estado de ruina que ostentaba el mundo y del que nadie se daba cuenta sino él, y sospechó algo. Quiso preguntarle a Gabriel Mérida si era feliz, pero no se atrevió. Quiso preguntarle si alguna vez había sido feliz, si esperaba serlo algún día, si estaba cuerdo. Quiso preguntarle si era real, quiso preguntarle si no era una invención de su cerebro. Pero no.
-Gabriel, ¿sabes manejar?
-No.

No me tengas miedo, dijo el ángel

Temía lo siguiente: que un día lo encontraran encerrado en su habitación (después de tres meses de no saber nada de él), rodeado de sábanas sucias y papeles llenos de palabras, susurrando una y otra vez: escribo desde mi enfermedad, escribo desde mi enfermedad, escribo desde mi enfermedad.

Temía lo siguiente: ir por la calle un día y encontrar a la mujer que debía estar esperándolo en casa, seguirla, y darse cuenta de que iba a la Universidad, veía a su novio (que no era él), tomaba una micro que no era la que él tomaría, llegaba a otra casa que no era la de ellos. Y se daba cuenta de que ella no hacía eso sólo esa noche, sino que lo había hecho siempre, y en ese momento se negaba a volver a su propia casa, para no encontrarla vacía, para no ver que su novia en su silla era una almohada con olor a lavanda y suaves manos de plástico.

Temía lo siguiente: que, como en el cuento de Greene, se pusiera a murmurar en una cabina de teléfono: no voy a volverme loco, no voy a volverme loco, no voy a volverme loco. El murmullo crece y se transforma en grito, el cuento crece y se transforma en lugar común del cine, la muchedumbre a su alrededor crece y se transforma en policías y ambulancias. Todos crecen menos él.

Temía lo siguiente: un día despertar y no estar en su dormitorio, sino en un hospital con un tubo metido en la garganta y una sutura en la cabeza, justo donde estaba el tumor. Esas cosas pasan, él había estado a punto de conocer a un pendejo al que le ocurrió exactamente eso: se desmayó en un supermercado en Iquique, se despertó operado en una clínica de Santiago. El cáncer es tu destino, se dijo, por más que quieras asesinar al mundo antes de que el mundo te asesine a ti.

Temía lo siguiente: que incluso después de golpear el computador con la pantalla y de atreverse por fin a cortarse la piel de las caderas y los brazos y de quemar el edificio y de salir corriendo por la noche aterrorizando a los flaites y las prostitutas de la periferia con su mirada de astronauta tras el punto de no retorno, incluso después de todo eso, siguiera oyendo el interminable ruido de sus dedos tecleando, grabado en sus oídos, martilleando en su cabeza rapada.

Te voy a querer igual, tontita

Tenía un sueño, o más bien una pesadilla, o más bien un horrible-futuro-probable, o más bien una condena que quería hacer irreal. Que un día en la calle alguien le preguntaba la hora, o algo un poco más complejo que la hora, y que él respondía, y pensando por diezmillonésima vez en su timidez, decidía atreverse y decir un comentario ingenioso, o sea, soltar lo que estaba pensando. Y al comentario lo seguía una observación ingeniosa y luego una observación ligada a la anterior y luego una reflexión y una pregunta y una posible respuesta y alternativas a esa respuesta... Y así seguía hablando sin poder detenerse, como si las palabras le acudieran a la boca en tropel, con un sentido perfectamente lógico, articulando un discurso claro y ordenado y normal y bastante inteligente, sólo que ininterrumpido. La persona que le pedía la hora afuera de la estación de metro se espantaba, por supuesto, y lo mismo hacían los transeúntes, los guardias de la estación, la señorita de la boletería, hasta que por fin llegaban la ambulancia, los familiares, los doctores, los certificados.

Los psiquiatras intentaban conversar con él, lo que era difícil pero no imposible. Aunque él nunca dejaba de hablar (debían introducirle un catéter para solucionar la sequedad de su boca, y además alimentarlo vía intravenosa), estaba atento a lo que le decían, y también estaba conciente de su propia situación, aunque no podía hacer nada por explicarlo. Reflexionaba en voz alta, su reflexión intentaba responder a lo que le preguntaban, y a muchas otras cosas más. Los psiquiatras (uno especialmente, uno joven algo obsesionado con su caso) notaban que el discurso era coherente, que divagaba un poco pero que en realidad se trataba de la voz interior permanente de una persona aproblemada, que tenía que decir todo lo que se le pasaba por la cabeza.

En el sueño pasaban muchas más cosas, el joven psiquiatra intentaba convencer a sus colegas de la importancia del caso, había una intriga, un asesinato y una mancha gigante de sangre en la misma estación del metro donde ocurrió el incidente, los periódicos comenzaban a pelearse por la exclusiva, llegaba una mujer (no podía ver su rostro ni adivinar el color de su cabello), pero él por fin despertaba y se quedaba en su cama (no era su cama, era un living ajeno con olor a alcohol y un cuerpo femenino cerca suyo), admirando el silencio, contemplando la mañana, temblando de frío, intentando no pensar.

sábado, abril 21, 2007

Los otros - Imagen Cero

Se pone de pie ante ella y trata de hablarle, pero está paralizado.

Suda, sus ojos se enrojecen y sus venas se hinchan, hasta que la parálisis cede, pero ahora esta mudo. Y ella lo ve sin decir nada, abriendo la boca y mirándolo con sus ojos húmedos (¿de qué color?), hasta que se da medio vuelta y se marcha. El la sigue por las calles, bajando las escaleras, subiendo al metro, siempre a unos pasos de distancia, sin poderse acercar, sin poder hablar, estirando las manos para acariciar el cabello pero impedido por una barrera invisible. Y entonces la pregunta no puede esperar más: ¿de qué color es su cabello? ¿Es liso u ondulado, qué tan largo es? Sorprendido, ignorado por ella (pero vigilado por los pasajeros del metro, todos aguardando que se de cuenta), se toca la cabeza. Estira la mano para tocarle el hombro (ella está de espaldas) y se da cuenta de que la barrera invisible se ha ido, está a medio centímetro de su piel (¿desnuda o cubierta, invierno o verano?) y se contiene, porque el miedo a ver su rostro lo ha invadido. Mira la ventana, ve su propio reflejo y luego mira a alguno de los pasajeros.

Todos sonríen.

Todos tienen un rostro distinto, pero algo los delata, un mismo gesto, una misma sonrisa. Pregunta: ¿quiénes son ustedes?, pero cuando abre la boca todos los labios se mueven a la par de los suyos, cincuenta voces haciendo eco de sus palabras. Y cuando se calla, muerto de miedo y angustia, todos lo imitan un segundo, pero luego comienzan a reirse de él, esa atroz risa de burla en mil tonos diferentes. Todos riéndose de él, todos burlándose de él. Piensa que quiere desaparecer, que está desnudo, que ha perdido el nombre, pero entre las risas (algunas son contenidos murmullos de lástima, otras son carcajadas feroces) escucha otro ruido: el llanto de ella que acompaña a los ojos húmedos que lo vieron paralizado y mudo, y entonces sabe de qué color son sus ojos y su cabello, y dice por fin su nombre: Julia.

Las risas se detienen, el metro está vacío en una estación de viento, y él se da vuelta.

Pero ella no está ahí.

martes, abril 10, 2007

La niña número 37

Ella es el clon 37 de Judith, tiene el pelo color caoba, tiene un rostro dormido. Ella está quieta y con los ojos cerrados mientras recita, y dice: no soy una niña, soy una mujer. Soy una poeta y soy una fuente de sangre en forma de niña, soy la que cruza el puente buscando amor, soy la única historia que nunca te han contado. Soy una radio loca sintonizada en la estación de tu adolescencia perdida. Los locutores son mis manos, los DJs son mis ojos. Abro la boca y se vuelan las hojas en la biblioteca. Parpadeo y se queman las bibliotecas bajo el fuego del nuevo milenio. Soy aquella a quien no esperabas.

Te buscaré, pero no sabrás el momento. Llegaré a desbaratar todos tus planes.

Esas cosas dice la niña de pelo caoba, y luego abre los ojos, que son verdes y contempla su cuerpo inquieto cubierto con un camisón de hospital, ve la pequeña etiqueta que dice Judith 37, y suelta una risa queda.

Judith por Judas, el traidor, dice, pero también por Julieta, la enamorada de su enemigo, y por juventud perdida, y por Juana la primera mujer, y por el río Jordán y por muchas otras palabras. Pero una letra esconde a otra letra y llegan los judíos (cuyo nombre también comienza con jota) y su cábala a esconder las letras en su horrible orden, y llegan los traductores vestidos de rosa y negro para preservar la inútil esencia y perder los esenciales detalles, y llegan las hordas de bárbaros de traje y corbata a repetir y repartir los mensajes y los nombres por todo el orbe, a través de todos sus canales de televisión y todas sus antenas, y finalmente llega el fuego a quemar todas las bibliotecas y dispersar todas sus cenizas y enviarlas al suelo para que nutran la tierra y crezcan árboles que se extiendan bajo el sol.

Entonces la niña me mira, y sus ojos verdes son como un espejo hacia otro planeta, y me pregunta con voz perdida en el bosque: Cuando pase eso, ¿recordarás mi nombre?

Recordaré tu nombre, le respondo yo, y en seguida la cabeza me tiembla y el viento sopla y estoy caminando apresurado por una calle de Ñuñoa, en Santiago de Chile, pensando en mi tesis de título y mi trabajo, y en todas las promesas que hecho y no he cumplido jamás.