(1) Apenas habla ya sé que me está mintiendo
Mi nombre es Gabriel Mérida y soy el autor de este libro. Preferí un libro en papel, autoeditado, a un blog, como está de moda ahora, porque las hojas hechas para el fuego son más fugaces todavía que las bitacoras en internet. Toca el papel, palpa las letras: nada tiembla ni brilla, pero estás tocando la materia fugitiva del tiempo, la prueba electrizante de que todo se desvanece.
Nací en Arica, pero viví en Santiago desde el último año del siglo XX. Durante seis años, mi vida giró en torno al Campus Macul de la Universidad de Chile, un enrejado polígono con algo de pasto y algo de cemento, salpicado aquí y allá por los edificios de las facultades, bibliotecas, casinos y estacionamientos. Ocho mil estudiantes, doscientos profesores, muchas drogas, muchas fiestas e interminables tardes bebiendo vino o escuchando tocatas. El campus Juan Gómez Millas, donde estudian los cientistas sociales, los cientistas de verdad, los artistas y los humanistas, ha inspirado durante décadas a sus ocupantes para contar la historia de sus vidas, de sus amores, de su desenfreno y su perdición, de sus fiestas. Un foco de historias en cuatro kilómetros cuadrados.
¿Quieren leer una de esas historias?
Es importante apuntar esto: la historia no transcurre en este campus. Es impreciso el lugar donde ocurre, pero podemos decir que parte en este lugar. Parte conmigo. Ya dije que me llamo Gabriel Mérida. La historia parte con un amigo mío que estudiaba sociología en la facultad de ciencias sociales, la cual distaba exactos trescientos pasos de mi Escuela, la Escuela de Periodismo. Yo tenía la costumbre de tratar bien a mis amigos, pero con éste en particular era particularmente cruel. Siempre que hablamos, en cada conversación, yo insistía en negar su realidad. Era un juego entretenido. Es como cuando cada vez que ves a cierta chica la llamas de una manera que no le gusta, es como el productor de teatro a quien siempre le dicen “usted, que se arruinó con Hamlet...” en el cuento de Onetti. Yo le decía a mi amigo, entre conversación, cervezas o carretes, como si no importara mucho, que él no era real. Le decía que nadie lo veía, porque en realidad era mi alter ego.
Mi amigo se llamaba Gabriel Medrano.
Dos obviedades te agreden, lector. Medrano y yo compartíamos el mismo nombre de pila y la misma inicial del apellido. Ambos éramos Gabriel M. Como yo tenía más carácter (o eso prefiero recordar), yo fui el que primero tuvo la idea de joder al otro asignándole un rol de dependencia nominal. Eso en cuanto a la coincidencia. La segunda obviedad es que Gabriel Medrano es el nombre de un personaje famoso de Julio Cortázar. Una parte de su libro de cuentos “La otra orilla” se titula “Historias de Gabriel Medrano”, y en la novela Los Premios lo descubrimos como un odontólogo mundano y con miedo al compromiso. No les contaré su destino en esa novela, pero digamos que favorecía mi juego con Medrano, el estudiante de sociología. Es decir, que él tuviera el nombre de un personaje de ficción era para mí un argumento más de su irrealidad.
-Carola/Ximena/Paulina/Natalia –decía yo-, te presento a mi amigo imaginario, Gabriel Medrano. No soy muy original, así que no se me ocurrió otro nombre que ponerle.
Medrano sólo se reía. ¿Mencioné que yo tenía más carácter? Puede ser cierto en lo que respecta a nuestros años universitarios. En ese tiempo él era bueno para la marihuana y las fiestas, para las tardes de ocio, para las largas discusiones arreglando el mundo pero sin pelearse con nadie. Cuando egresamos, él cambió. Probó el sabor del poder, y le gustó. Probó otras cosas también, y no le gustaron mucho.
Dije que la historia partía con Medrano, pero no es su historia. La historia es de un subordinado que Medrano llegó a tener cuando trabajaba en un medio digital. Otro periodista, como yo, pero cuatro años más joven. Cuando a mí me tocó ser jefe, Medrano fue el primero contratado. Fue el editor. Mi socio y yo no confiábamos en ningún periodista para esa tarea, así que Medrano, que se había especializado en el estudio de los medios, fue el indicado. Hubo otros trabajadores, hubo reporteros que estuvieron a cargo de Gabriel Medrano. Uno de ellos es el protagonista de esta historia. Su nombre era Javier Crocek.
¿Quién recogió la historia de Javier Crocek durante 2007? Es decir, ¿quién decidió desde qué punto comenzaba la pesadilla, en qué punto terminaba, si alguna vez terminó? Puede que haya sido Medrano. Sí, fue Medrano el que presidió su historia. ¿Y cómo comienza esa historia? Es mentira que las historias pueden comenzar en cualquier punto, la historia de lo que le pasó a Crocek tiene un inicio, un momento preciso y claro, un instante en que el volante tomó cierta dirección y ya no pudo cambiar. ¿Pero cuál fue ese momento?
Aquí vale la pena que yo deje de hablar. Ya deben estar cansados de mi estilo aburrido, pero ésta introducción tediosa tiene un fin muy claro: enmarcar algo que sus protagonistas sólo pudieron ver fragmentariamente, en estallidos de lucidez y largas noches de cavilaciones, en enfrentamientos que en su momento no pudieron dilucidar, y en lo que luego Medrano quiso llamar “La búsqueda de los otros”, “La llegada de los otros”, y finalmente, perdido todo, simplemente “Los otros”.
Suficiente de mí. Suficiente de orden. La voz, el protagonismo de ahora en adelante, es de Medrano y de Crocek. Y claro, de los otros. Escúchenlos.
1 comentario:
pues q siga. no?
sl2,
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