lunes, agosto 04, 2008

From GITS2: Innocence

viernes, agosto 01, 2008

Si no tuviera a mi gemela negra

Este poema es de, más o menos, mediados del 2004. Estaba en internet desde ese tiempo, ahora no está, y ahora estará de nuevo. O quizás más bien del último semestre, quizás antes de navidad. Estaba dedicado a alguien que no existía, que podría haber sido mi amiga. Ahora está muerta.

Si no tuviera a mi gemela negra

[canta ella:]
Si no tuviera a mi gemela negra
mi gemela sombra como una habitación antigua
en una casona clausurada con olor a encierro
y si no tuviera la esperanza de encontrarla pronto
no algún día – pronto muy pronto
hace años a pesar de que casi no tengo años
si no tuviera a mi trilliza luminosa esperándome en europa
leyendo en idiomas que mi lengua conoce pero yo no
si no las tuviera entonces
¿cuál sería el sentido la realidad
de mi pelo largo ansiando el suelo
de mi pieza de la que me despido cada día?
mi gemela oscura aguarda con una tijera
y mi pelo largo se prepara a morir
mis ojos se preparan a endurecerse a llorar y a volar
con mi gemela luminosa llamándome a través del océano
a través de los libros que releo y releo
a través de este calor adentro y este frío en la piel
mis gemelas aguardan en el futuro
para acabar de una vez por todas conmigo
para poder por fin ser una nueva ser
ellas – de pie sobre el puente.

domingo, julio 27, 2008

Pobrecito Sábato

De "Heterodoxia"

EL ARTISTA Y LA FEMINIDAD REPRIMIDA Según Jung llevamos en nuestro inconsciente, más o menos reprimido, el sexo contrario. Si esta teoría es cierta, las creaciones más vinculadas a la inconsciencia, como la poesía y el arte, serían expresión de su feminidad. Y, en efecto, ¿qué más femenino que el arte, aunque (o porque) sea realizado por hombres? El artista sería así una combinación de la conciencia y razón del hombre con la inconsciencia y la intuición de la mujer.

Si en esa combinación predomina la inconsciencia el arte es romántico. Si predomina la conciencia, es clásico.

Lo romántico es así lo femenino, lo irracional, lo ondulado y misterioso. Lo clásico es, en cambio, lo masculino, lo racional, lo rectilíneo, lo explicable.

sábado, julio 26, 2008

Pretty in pink

NIN lyrics
I still recall the taste of your tears
Echoing your voice just like the ringing in my ears
My favorite dreams of you still wash ashore
Scraping through my head 'till I don't want to sleep
Anymore

You make this all go away
You make this all go away
I'm down to just one thing
And i'm starting to scare myself
You make this all go away
You make this all go way
I just want something
I just want something I can never have
but you don't make this all go away

viernes, julio 04, 2008

Marianela

Un viejo texto. A veces uno piensa que las cosas le pasan sólo a uno, o a los que están con uno. Otras veces de verdad las historias son de otros.


MARIANELA
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OK, ésta era una mina con un cuerpo menudo y unos ojos hermosos de tan intensos, que caminaba como un hombre y miraba el mundo desde detrás de sus anteojos de mosca como si estuviera decidiendo (con una sonrisa, siempre con una sonrisa) en qué lugar iba a ordenar primero que cayeran las bombas. Y sobre, detrás, alrededor de ella, una tormenta hecha de arena negra pero también de un orgullo feroz. Sonreía y conjugaba un ego del tamaño del universo, una vanidad tan femenina como una serpiente de miel venenosa y un deseo tan masculino como un puñal guardado en un cajón que de pronto sale a la luz. Y junto a ella, sus hermanas: la perdida, la loca, la reprimida, la monja del socorro, la virgen del perdón, la poetisa del rencor, la viajera de pelo rojo. Turnándose por ocupar el espacio detrás de esos ojos, peleándose por el territorio ya no de su cuerpo, sino de su zona de influencia, la red de contactos y fans y afectados e inversores y aspirantes a asesinos y a ángeles que creían tener una relación con ella, que creían conocerla y no entendían que ella, que se enamoró del ciudadano Kane con todas sus personalidades, huía permanentemente y a toda prisa (a todo delirio, a toda sangre) de cualquier cosa que la aprisionara. No era tonta: sabía que esa huída de los barrotes estaba montada sobre un vehículo hecho de barrotes más delgados, más flexibles, pero más implacables, que terminaban por hundirla en el río de sus límites tejidos sobre el agua. Y hundiéndose en el río que iba hacia el corazón de las tinieblas, como todos los ríos desde que dejaron la fuente, ella tomaba aliento, miraba la espuma de oro, y se decía a sí misma: "seré el remolino y la tormenta". Marianela, la tormenta. No sonaba mal.

La primera vez que la vi, la encontré rica pero tóxica. Pensé: podría enamorarme de mujeres así si fuera más pendejo, si estuviera menos cansado, si no nos pareciéramos tanto. Me reí. Pero yo no estaba solo: junto a mí estaba uno de mis mejores amigos, que para ustedes se llamará Leonardo. Y Leonardo, por razones que entiendo pero no quiero creer, cayó. En picada. Hacia un infierno donde el fuego nunca se apagó. Marianela, la tormenta de llamas color sangre, con una sonrisa roja como el futuro, sin quererlo (nadie quiere que pasen cosas malas, todos somos buenos en el fondo, qué podría haber hecho, etcétera), sin pensarlo, sin sentir más que placer y vértigo, desplegó una a una a sus hermanas para no dejarle salida alguna a Leo.

Leo, le dije dos años después, Leíto, qué lejos de ti te has ido. Estaba más flaco (más flaco que yo, lo que era mucho), estaba más perdido, creía menos en sí mismo, el mundo se le escapaba como sal entre sus dedos heridos. Y esa fiebre en sus ojos, donde reconocí la huella presente de Marianela y sus disparos hacia sí misma, sus muñecas cortadas, su insobornable decisión de ser un desastre y un faro para quienes no han terminado de crecer y no quieren hacerlo porque saben que hacia adelante sólo hay desesperación disfrazada de bienestar. Leo, viejo, no quisiera estar en tus zapatos.

-Eso es mentira, Gabriel -me respondió, con una sonrisa triste y salvaje que aún estoy intentando descifrar-. Yo sé que nada te gustaría más que estar en mis zapatos.

miércoles, junio 18, 2008

Midnight is where the day begins (U2)

Pongámoslo así: si en una atroz o gris vida pasada hubieras pedido una nueva vida llena de lo que más te gusta, ésta sería tu vida. Y lo que más te gusta es la belleza. La belleza que no se puede comparar a ninguna otra cosa, la belleza como prueba de que no existe un mundo trascendente ni lo necesitamos. Entonces, ya tuviste todo lo que querías, mucho más de lo que los demás obtienen, mucho más de lo que tú te mereces.

Ya lo sabes: si tuvieras que morirte ahora, podrías morirte tranquilo, siempre y cuando hablemos de las peticiones que en la vida pasada hiciste para ésta.

Así que deja de achar menos, deja de mirar esas fotos, deja de bucear en ese intenso color cuando cierras los ojos. Tú sabes que lo que buscas no está ahí. Tú sabes que es el momento de escribir (de rayar, de pintar, de gritar, de revelar) las peticiones para tu vida futura.

Frases como: dulce violeta violento, rosada gatita rencorosa, el sueño simulacro del olvido, voluntad extraña y salvaje: adiós a esos mantras tenues, adiós a lo que me hace sólido, adiós a mí mismo. Veo la serena oscuridad afuera, la serena oscuridad adentro, y comprendo: la medianoche es donde el día comienza.

martes, junio 10, 2008

Love is the money of the mind

Un error en su configuración, en el perdido hospital General Bernales de Talca, lo condenó a ver siempre el código fuente, la capa verbal (incluso cuando no estaba construida previamente) de todas las formas de comunicación. Era telépata, pero nunca pudo reunir poder o ganar una partida de poker con eso. Estaba destrozado por la violencia con la que se abría ante él la fractura entre lo que cada persona decía con los labios y lo que realmente estaba diciendo: la fractura corría por el rostro y aullaba: miento, miento, miento. Todos mentían menos él.

También sentía, mientras caminaba por la calle, el doble del estruendo que sentían los demás. Escuchaba los aullidos de los grandes letreros de las multitiendas diciendo "deséame, deséame", el actor de moda le gritaba "envídiame" desde otro cartel, los ejecutivos bancarios se burlaban de él mientras lo invitaban a firmar un crédito y borrar todo el miedo del universo. Y la fractura, el espacio sin nombre, seguía ahí cada noche. El miedo a la revolución en el futuro, los ojos condenados a una lucidez de mentira, a un estado de epifanía igual al de quienes ven a Dios pero totalmente falso. Y él lo sabía. Él mismo lo había inventado a los sesenta años, lejos en el futuro que lo aguardaba con sus holocaustos de metralletas arrasando la capital desde el sur de su esquelético país.

-Si tan sólo pudiera decir esas dos palabras, Gabriel. O esa palabra. Si tan sólo encontrar el nombre.

Algo sé de estas cosas. Algo tenemos que inventar, además, para que la rueda siga girando y no se acaben los negocios. Lo más importante es la familia: sólo la familia puede mantener andando los negocios. Javier, le dije, dile a tu vacío que se enamore de otro vacío y a tu violencia que juegue a las manitos con otra violencia. Háganse pedazos, enfréntense ante el espejo transparente, abracen a sus propios Hitler personales hechos de cerebros y de ternura, de libros y de ropa bonita, de epifanías linguísticas y de abrazos interminables. Aprendan con la experiencia lo que todos saben: que el amor es el dinero de la mente. Es entretenido, es maravilloso, y lo mejor de todo, te llena de endorfinas. Aún más importante que la familia son las endorfinas: mantienen andando el negocio y hacen que te dejes de huevear.

-¿Y tú qué vas a hacer?

Yo tengo que preocuparme de que no se saquen sangre en sus juegos. Yo soy el que los sacará de su letargo cuando ya sea suficiente. Y sobre la culpa, no te preocupes. Yo te la guardaré. Será muy útil para lo que tengo que hacer. Sí, tengo cosas que hacer. Hay una guerra allá afuera.

martes, junio 03, 2008

Vértigo, Entropía, Ceres

Escucha:

Se sentó en el mismo café donde en otra década y otro universo su alter ego comenzó su viaje hacia la luz y la muerte. Pidió café y facturas, miró a la gente alrededor y luego, tras varios minutos de enloquecido silencio, pudo ver mejor con el rabillo del ojo, y lo que vio fue a sus señores sentados junto a él, dominándolo y acodiéndolo a la vez. Ahí estaban vértigo, y entropía en su traje mañanero de libertad, y deseo con su sonrisa de dandy (era irónico: Wilde de vuelta en London), y Ceres tomándole la mano. Todos sus egos, los viejos y los jóvenes y los niños, las mujeres y los hombres y los gatos salvajes, los jóvenes y los cobardes, los protectores y los que daban dentelladas, todos parecieron detenerse un minuto, todo un largo minuto, junto a él. Parecieron, y su molesta o dolorosa multiplicidad tuvo una pausa, algo parecido no a la paz, algo totalmente opuesto a la paz, algo que parecía un nacimiento, pero bien podría estar equivocado, engañado, bien podría haber llegado Cortázar (que lo miraba hastiado desde la pared) a haberle puesto un millón de haches a esa palabra hasta taparla con la risa.

Ocurrieron dos cosas más. Los señores se habían ido, la europea conversadora se había ido, estaba llegando el tiempo de irse él también. Una cosa: se contempló largamente en el espejo, intentando buscar en su rostro, en lo único que podía asumir como real, como propio, como sólido, alguna huella de su naturaleza. No la encontró: era el rostro de un niño miedoso, pero también de un chicano astuto, pero también de un oficinista rencoroso, pero también de un amigo fiel. Después de eso vio el rostro de Cortázar, recordó los mensajes, el "DESPIERTA", el llamado y la caída, los caminos de Kafka donde según Bolaño HAY que perderse, y se le ocurrió un lema que siempre había estado allí, un lema que solo alguien criado bajo el amparo de entropía o de libertad (y bañado cuando niño en la sangre de la revolución francesa) podría haber inventado: SEMPER FIDELIS.

Soy fiel a mis señores y he escuchado el llamado y veo de lejos la caída. Una caída duce, con un trazoregalos sobre el mundo, pero una caída. Soy fiel porque tengo el corazón lleno de la voz de mis señores, porque estoy enamorado de sus emblemas y porque sus promesas me cuidan el alma y me llevan al otro lado de la oscuridad.

Me voy. Tengo cosas dolorosas que hacer. Porque esto es una guerra, señores.

Buenos Aires, 2008.

domingo, mayo 18, 2008

El juego de los números

No te lo puedo decir: es un secreto. Pero me puedo disfrazar, a ver si tú adivinas.

Juguemos, respondió él, disfrutando el sol. Disfrázate.

Algo me está fluyendo entre las piernas, dijo ella. Él se sintió duro, respiró más fuerte.

Alguien me está llamando desde otro tiempo y otro lugar, dijo ella. Él quiso acompañarla.

No me toques: rescátame. Las cicatrices ya no están pero sigo sintiendo los golpes.

Y luego: las luces, la música, los saltos con los mechones negros cayéndole en la cara.

Y luego las groserías chilladas con olor a alcohol. Y luego la ternura con olor a lavanda. Y luego el hielo de sus rasgos europeos.

¿Cuántas llevo?

Ocho, dijo él, pensando en lo que sintió Américo Vespucio al descubrir desde su escritorio algo impensado y trascendente como nada antes.

¿Cuántas me faltan para ser para ti? ¿Infinito menos ocho?

No, dijo él, y se rió (pero la pregunta lo entristeció un poco). Digamos que ocho es algo que pocos pueden hacer.

Puedo hacer más, dijo ella. El pelo castaño corto se arremolino bajo la fuerza del viento tibio de la selva. Los brazos delgados sacudieron sus rulos rubios y alisaron su vestido de gala. La luz de la vela tembló sobre su liso pelo rojo y sobre sus manos que guiaban afiebradas el lápiz.

Sus ojos tuvieron el verde de la bruja zalamera, el azul de la extranjera curiosa, el miel de la hedonista de buen humor, el negro de la morena que nunca dejaba una pregunta sin responder.

Él jadeaba, con la boca, con el alma. Él estaba llamando a la línea aérea para suspender su vuelo, estaba pidiendo con los dedos anhelantes un lápiz para firmar donde fuera, ahora mismo.

Quince es un buen número. Es un número magnífico.

Ella sonrió.

En realidad da lo mismo el número. En realidad mi ideal es infinito, y tú lo lograste. Como para los primitivos, el número quince es igual a infinito. Soy un primitivo y soy un hombre moderno contigo, soy el futuro y el pasado. Soy todo el puto diccionario de sinónimos y antónimos para ti. Y tú lo eres todo. Todo. En serio, todo. ¿Quieres casarte conmigo?

Ella sonrió (pero la pregunta la entristeció un poco). ¿Quieres que diga que sí?

Claro, por favor, por Dios, por todo. Dime que sí.

Ella recurrió al rostro de hielo para decir, sin que se notara mucho su tristeza (pero se notaba igual): sólo te puedo decir si adivinas. Adivina el número.

Quince, dijo él sin dudarlo, y entonces, lleno de alegría, las vio a todas juntas. Pero algo estaba mal.

Todas estaban desoladas.

Esa no es nuestra cantidad, dijo la exploradora rubia, en voz baja. El número es cero.

Una a una se desvanecieron, el tiempo justo para que él tratara de robarles un beso a cada una y sólo pudiera rozar sus mejillas, sus pieles suaves, su aliento dulce. Al final se fueron todas.

Solo, caminó mientras era cada vez más consciente de la gente caminando a su alrededor, de los edificios con el logo de la Coca-Cola y las pantallas gigantes y el tráfico y los vendedores, y la culpa y el rencor y el miedo, y el futuro y los hoteles y los aviones interminables y los perfumes baratos y los rincones oscuros. Y antes de doblar una esquina se subió la capucha del impermeable, se ajustó el nudo de la corbata, acarició la navaja en su bolsillo.

“Sí, acepto”, se respondió a sí mismo.

Comenzó a llover.

viernes, mayo 09, 2008

Blancanieves y la Bruja y el Flautista de Hamelin

Me dijo una chica dulce con dientes afilados que cuando la Bruja mataba a Blancanieves no se trataba de un asesinato, sino de un suicidio, porque la Bruja y Blancanieves son la misma mujer pero en edades diferentes. La vieja mata a la joven porque odia su juventud, porque sólo debe quedar ella misma. Pero la joven se venga de la vieja y la mata porque lo viejo muere rápido y la belleza nunca es olvidada. Un suave cuerpo blanco diezmado por la rabia.

Un chico dulce con ojos como espejos retrovisores me contó que no podía enamorarse y que nadie se enamoraba de él, pero entre medio tenía miles y miles de amigos y gente que quería acostarse con él. Nunca accedía. Lo suyo era la fiebre de la palabra, una especie de mala poesía donde no importaba la calidad sino la cantidad: ponerle nombre a todo, sumar sinónimos ante cada pensamiento, como aquellos chicos nerds que cuando aprenden a leer (a los cuatro, cinco años de edad) van por la calle nombrando todos los letreros y carteles y marcas sobre su campo visual. Peter Punk, este chico, usaba las palabras no como cuchillos, no como olas de un mar de petróleo, ni siquiera como mariposas: las usaba como la miel de un sibarita adormilado que podía tragar durante horas sentado en sus cojines, pero que nunca engordaba. Un huesudo cuerpo blanco mantenido en frío por la fiebre.