Love is the money of the mind
Un error en su configuración, en el perdido hospital General Bernales de Talca, lo condenó a ver siempre el código fuente, la capa verbal (incluso cuando no estaba construida previamente) de todas las formas de comunicación. Era telépata, pero nunca pudo reunir poder o ganar una partida de poker con eso. Estaba destrozado por la violencia con la que se abría ante él la fractura entre lo que cada persona decía con los labios y lo que realmente estaba diciendo: la fractura corría por el rostro y aullaba: miento, miento, miento. Todos mentían menos él.
También sentía, mientras caminaba por la calle, el doble del estruendo que sentían los demás. Escuchaba los aullidos de los grandes letreros de las multitiendas diciendo "deséame, deséame", el actor de moda le gritaba "envídiame" desde otro cartel, los ejecutivos bancarios se burlaban de él mientras lo invitaban a firmar un crédito y borrar todo el miedo del universo. Y la fractura, el espacio sin nombre, seguía ahí cada noche. El miedo a la revolución en el futuro, los ojos condenados a una lucidez de mentira, a un estado de epifanía igual al de quienes ven a Dios pero totalmente falso. Y él lo sabía. Él mismo lo había inventado a los sesenta años, lejos en el futuro que lo aguardaba con sus holocaustos de metralletas arrasando la capital desde el sur de su esquelético país.
-Si tan sólo pudiera decir esas dos palabras, Gabriel. O esa palabra. Si tan sólo encontrar el nombre.
Algo sé de estas cosas. Algo tenemos que inventar, además, para que la rueda siga girando y no se acaben los negocios. Lo más importante es la familia: sólo la familia puede mantener andando los negocios. Javier, le dije, dile a tu vacío que se enamore de otro vacío y a tu violencia que juegue a las manitos con otra violencia. Háganse pedazos, enfréntense ante el espejo transparente, abracen a sus propios Hitler personales hechos de cerebros y de ternura, de libros y de ropa bonita, de epifanías linguísticas y de abrazos interminables. Aprendan con la experiencia lo que todos saben: que el amor es el dinero de la mente. Es entretenido, es maravilloso, y lo mejor de todo, te llena de endorfinas. Aún más importante que la familia son las endorfinas: mantienen andando el negocio y hacen que te dejes de huevear.
-¿Y tú qué vas a hacer?
Yo tengo que preocuparme de que no se saquen sangre en sus juegos. Yo soy el que los sacará de su letargo cuando ya sea suficiente. Y sobre la culpa, no te preocupes. Yo te la guardaré. Será muy útil para lo que tengo que hacer. Sí, tengo cosas que hacer. Hay una guerra allá afuera.
También sentía, mientras caminaba por la calle, el doble del estruendo que sentían los demás. Escuchaba los aullidos de los grandes letreros de las multitiendas diciendo "deséame, deséame", el actor de moda le gritaba "envídiame" desde otro cartel, los ejecutivos bancarios se burlaban de él mientras lo invitaban a firmar un crédito y borrar todo el miedo del universo. Y la fractura, el espacio sin nombre, seguía ahí cada noche. El miedo a la revolución en el futuro, los ojos condenados a una lucidez de mentira, a un estado de epifanía igual al de quienes ven a Dios pero totalmente falso. Y él lo sabía. Él mismo lo había inventado a los sesenta años, lejos en el futuro que lo aguardaba con sus holocaustos de metralletas arrasando la capital desde el sur de su esquelético país.
-Si tan sólo pudiera decir esas dos palabras, Gabriel. O esa palabra. Si tan sólo encontrar el nombre.
Algo sé de estas cosas. Algo tenemos que inventar, además, para que la rueda siga girando y no se acaben los negocios. Lo más importante es la familia: sólo la familia puede mantener andando los negocios. Javier, le dije, dile a tu vacío que se enamore de otro vacío y a tu violencia que juegue a las manitos con otra violencia. Háganse pedazos, enfréntense ante el espejo transparente, abracen a sus propios Hitler personales hechos de cerebros y de ternura, de libros y de ropa bonita, de epifanías linguísticas y de abrazos interminables. Aprendan con la experiencia lo que todos saben: que el amor es el dinero de la mente. Es entretenido, es maravilloso, y lo mejor de todo, te llena de endorfinas. Aún más importante que la familia son las endorfinas: mantienen andando el negocio y hacen que te dejes de huevear.
-¿Y tú qué vas a hacer?
Yo tengo que preocuparme de que no se saquen sangre en sus juegos. Yo soy el que los sacará de su letargo cuando ya sea suficiente. Y sobre la culpa, no te preocupes. Yo te la guardaré. Será muy útil para lo que tengo que hacer. Sí, tengo cosas que hacer. Hay una guerra allá afuera.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario