No me tengas miedo, dijo el ángel
Temía lo siguiente: que un día lo encontraran encerrado en su habitación (después de tres meses de no saber nada de él), rodeado de sábanas sucias y papeles llenos de palabras, susurrando una y otra vez: escribo desde mi enfermedad, escribo desde mi enfermedad, escribo desde mi enfermedad.
Temía lo siguiente: ir por la calle un día y encontrar a la mujer que debía estar esperándolo en casa, seguirla, y darse cuenta de que iba a la Universidad, veía a su novio (que no era él), tomaba una micro que no era la que él tomaría, llegaba a otra casa que no era la de ellos. Y se daba cuenta de que ella no hacía eso sólo esa noche, sino que lo había hecho siempre, y en ese momento se negaba a volver a su propia casa, para no encontrarla vacía, para no ver que su novia en su silla era una almohada con olor a lavanda y suaves manos de plástico.
Temía lo siguiente: que, como en el cuento de Greene, se pusiera a murmurar en una cabina de teléfono: no voy a volverme loco, no voy a volverme loco, no voy a volverme loco. El murmullo crece y se transforma en grito, el cuento crece y se transforma en lugar común del cine, la muchedumbre a su alrededor crece y se transforma en policías y ambulancias. Todos crecen menos él.
Temía lo siguiente: un día despertar y no estar en su dormitorio, sino en un hospital con un tubo metido en la garganta y una sutura en la cabeza, justo donde estaba el tumor. Esas cosas pasan, él había estado a punto de conocer a un pendejo al que le ocurrió exactamente eso: se desmayó en un supermercado en Iquique, se despertó operado en una clínica de Santiago. El cáncer es tu destino, se dijo, por más que quieras asesinar al mundo antes de que el mundo te asesine a ti.
Temía lo siguiente: que incluso después de golpear el computador con la pantalla y de atreverse por fin a cortarse la piel de las caderas y los brazos y de quemar el edificio y de salir corriendo por la noche aterrorizando a los flaites y las prostitutas de la periferia con su mirada de astronauta tras el punto de no retorno, incluso después de todo eso, siguiera oyendo el interminable ruido de sus dedos tecleando, grabado en sus oídos, martilleando en su cabeza rapada.
Temía lo siguiente: ir por la calle un día y encontrar a la mujer que debía estar esperándolo en casa, seguirla, y darse cuenta de que iba a la Universidad, veía a su novio (que no era él), tomaba una micro que no era la que él tomaría, llegaba a otra casa que no era la de ellos. Y se daba cuenta de que ella no hacía eso sólo esa noche, sino que lo había hecho siempre, y en ese momento se negaba a volver a su propia casa, para no encontrarla vacía, para no ver que su novia en su silla era una almohada con olor a lavanda y suaves manos de plástico.
Temía lo siguiente: que, como en el cuento de Greene, se pusiera a murmurar en una cabina de teléfono: no voy a volverme loco, no voy a volverme loco, no voy a volverme loco. El murmullo crece y se transforma en grito, el cuento crece y se transforma en lugar común del cine, la muchedumbre a su alrededor crece y se transforma en policías y ambulancias. Todos crecen menos él.
Temía lo siguiente: un día despertar y no estar en su dormitorio, sino en un hospital con un tubo metido en la garganta y una sutura en la cabeza, justo donde estaba el tumor. Esas cosas pasan, él había estado a punto de conocer a un pendejo al que le ocurrió exactamente eso: se desmayó en un supermercado en Iquique, se despertó operado en una clínica de Santiago. El cáncer es tu destino, se dijo, por más que quieras asesinar al mundo antes de que el mundo te asesine a ti.
Temía lo siguiente: que incluso después de golpear el computador con la pantalla y de atreverse por fin a cortarse la piel de las caderas y los brazos y de quemar el edificio y de salir corriendo por la noche aterrorizando a los flaites y las prostitutas de la periferia con su mirada de astronauta tras el punto de no retorno, incluso después de todo eso, siguiera oyendo el interminable ruido de sus dedos tecleando, grabado en sus oídos, martilleando en su cabeza rapada.
3 comentarios:
demasiado buenoooooo
demasiado real
dan ganas de inventarle un personaje intromisorio en su vida...
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