(5) Se lo repito siempre pero él no me escucha
I was seventeen
when i heard the countdown start...
Jarvis Cocker, "Countdown"
Es un día precioso. Siento las risas de los niños, hace calor pero corre el viento como si fuera septiembre, hay gente corriendo y jóvenes jugando a la pelota y mujeres riéndose y escolares sin traje de escolares jugando a tirarse agua. No se siente el smog, la cordillera puede verse con claridad, es un domingo magnífico. Uno de esos días en que simplemente dan ganas de sentarse y sentir los minutos pasar, riéndo sin saber por qué. Llamar a alguien, contar cosas sin importancia sólo por el placer de conversar, mirar a la gente y decir que está todo bien. Es un hermoso día.
No me pidas que te hable de la fractura.
No puedo entender (entender, con la cabeza) que haya gente que pueda pensar, en un día y un lugar como éste, que justo ahora hay niños africanos muriendo en la guerra, y que los irakíes están muriendo por las balas gringas, y que en tailandia hay más niñas vírgenes siendo violadas por europeos satisfechos de sí mismos. No puedo entender que alguien venga a la rotonda a sentarse y oír las risas y los gritos de los juegos, y relacione de inmediato eso con los mendigos agonizantes del barrio cívico, con los crímenes en el desierto de Alto Hospicio, con las sesiones de tortura de veinte años atrás, con la sangre que goteaba de la muñeca de Luzmira cuando se mató el invierno pasado. No me cabe en la cabeza.
Me cabe en el corazón.
Ríete: tengo una nube negra sobre mí. Y déjame explayarme: tengo invisibles cables negros atándome a los subterráneos, tengo una toxina azulada navegando por las venas, tengo ojos de agujeros negros que se tragan todo el amor y todo lo dulce de esta vida, tengo una cicatriz en la muñeca por cada vez que alguien ha llorado por mi culpa. En los archivos de la policía hay un espacio en blanco donde debería estar mi nombre. En el cielo que no existe hay alguien añorándome, en el sol de mediodía retumba el grito que di anoche, de madrugada, al despertarme transpirando por ese recuerdo violento.
Anoche me levanté a verme en el espejo y sólo vi a un hombre normal, quizás demasiado ojeroso, quizás inofensivo. Y me dije: este espejo no refleja la realidad.
Por eso es que la fractura, la fractura esencial... no es un tema del que se pueda hablar tan fácilmente. Está la vida: está lo bueno, está lo malo. El sufrimiento y la felicidad. Los abrazos y la maldad. Lo dulce y lo amargo. Lo perdido y lo encontrado. Están las preguntas, como piezas del rompecabezas que faltan y muestran el universo infinito detrás de la realidad.
Pero te puedo hablar de otra fractura. Una menos importante. Una trivial, una nada, una para qué.
No recuerdo que edad tenía. No lo recuerdo porque nunca hablé mucho de ello. Si hubiera hablado, el recuerdo podría ligarse a más conversaciones, a idas al colegio, a cosas que se ligaran a algún momento histórico reconocible. Pero sólo recuerdo dos cosas. La ida al hospital (el segundo momento) y la lucha en la cama (el primero).
Jugábamos con mis hermanos y con Mayo, mi vecino. Mi hermano era tres años menor que yo, y Mayo uno mayor, aunque era de menor estatura, más menudo. La cama era pequeña, la pieza también. Nos tirábamos almohadones, perdíamos el aliento, nos pegábams combos que eran de mentira, nos reíamos mucho. Igual que ahora se están riendo esas minas de más allá, perseguidas por sus amiguitos. Igual que se ríen todos los niños del mundo, con las caras rojas y transpiradas y el pelo desordenado, tirándose cosas y jugando a la lucha libre en la pieza.
El hecho en sí es sencillo: Mayo se arrastra debajo de la cama, mi hermano le tira un pie, yo pienso fugazmente en que puede rompérselo. Pero antes de hacer nada, corro (porque estaba un poco más lejos), salto y caigo sobre el colchón. Entonces algo cruje, y debajo escucho el grito de Mayo.
Cuando lo sacamos yo lo veía reir. Por varios segundos, pensé que no podía aguantarse la risa. Al final nos dimos cuenta de que estaba llorando. Hasta ahí llega el recuerdo.
Le rompí el brazo con el fierro que había debajo de la cama, doblándola. Mis padres lo llevaron al hospital, pagaron el gasto médico, un par de días después me llevaron a verlo. No recuerdo si lo vi, si no entramos porque llegamos tarde o si entramos y lo borré. Recuerdo estar afuera del hospital, en ese clima magnífico que nadie en el mundo cambiaría, esperando.
Y examino las piezas que faltan. Me digo: esos son los errores infantiles de los que uno aprende. A tener cuidado, a ser responsable, a pensar antes de hacer las cosas. A preocuparse por el otro.
Pero yo no aprendí.
No recuerdo si fue en seguida o mucho después que comencé a distanciarme de Mayo. Recuerdo momentos en que fui matándolo en mi cabeza, sin violencia (estaba desterrada la violencia, estaba prohibida, estaba ahuyentada por el silencio), pero con toda la asepsia del mundo, borrándolo como si fuera un dibujo obsceno, eliminándolo como una sesión de pornografía en el computador, rastreando los archivos y botando las llaves.
Mayo fue el primero que maté de los otros.
A los demás los fui matando después. Uno a uno, o en grupo. De diferentes formas. Como dice Wilde, a veces con un beso, a veces con la espada. A todos.
Ahora están todos muertos. Ahora descanso bajo el sol, negándome a hablarte de la fractura, oyendo risas grabadas y rodeado de una gran fotografía mural de gente jugando en una rotonda de pasto y árboles. Ahora me canso de recordar y me canso de ti. No recuerdo haberte dado un nombre, no recuerdo ver tu rostro. Así que voy a dejar de inventar que estás acá, y me voy a callar.
No eres real. No eres real. No eres real.
No llores. No llores o tendré que seguir hablándote.
Así está mejor. Easy. ¿Te sientes mejor?
Gracias por escucharme. Ahora tienes que irte. Ahora quiero estar solo de nuevo.
Adiós
when i heard the countdown start...
Jarvis Cocker, "Countdown"
Es un día precioso. Siento las risas de los niños, hace calor pero corre el viento como si fuera septiembre, hay gente corriendo y jóvenes jugando a la pelota y mujeres riéndose y escolares sin traje de escolares jugando a tirarse agua. No se siente el smog, la cordillera puede verse con claridad, es un domingo magnífico. Uno de esos días en que simplemente dan ganas de sentarse y sentir los minutos pasar, riéndo sin saber por qué. Llamar a alguien, contar cosas sin importancia sólo por el placer de conversar, mirar a la gente y decir que está todo bien. Es un hermoso día.
No me pidas que te hable de la fractura.
No puedo entender (entender, con la cabeza) que haya gente que pueda pensar, en un día y un lugar como éste, que justo ahora hay niños africanos muriendo en la guerra, y que los irakíes están muriendo por las balas gringas, y que en tailandia hay más niñas vírgenes siendo violadas por europeos satisfechos de sí mismos. No puedo entender que alguien venga a la rotonda a sentarse y oír las risas y los gritos de los juegos, y relacione de inmediato eso con los mendigos agonizantes del barrio cívico, con los crímenes en el desierto de Alto Hospicio, con las sesiones de tortura de veinte años atrás, con la sangre que goteaba de la muñeca de Luzmira cuando se mató el invierno pasado. No me cabe en la cabeza.
Me cabe en el corazón.
Ríete: tengo una nube negra sobre mí. Y déjame explayarme: tengo invisibles cables negros atándome a los subterráneos, tengo una toxina azulada navegando por las venas, tengo ojos de agujeros negros que se tragan todo el amor y todo lo dulce de esta vida, tengo una cicatriz en la muñeca por cada vez que alguien ha llorado por mi culpa. En los archivos de la policía hay un espacio en blanco donde debería estar mi nombre. En el cielo que no existe hay alguien añorándome, en el sol de mediodía retumba el grito que di anoche, de madrugada, al despertarme transpirando por ese recuerdo violento.
Anoche me levanté a verme en el espejo y sólo vi a un hombre normal, quizás demasiado ojeroso, quizás inofensivo. Y me dije: este espejo no refleja la realidad.
Por eso es que la fractura, la fractura esencial... no es un tema del que se pueda hablar tan fácilmente. Está la vida: está lo bueno, está lo malo. El sufrimiento y la felicidad. Los abrazos y la maldad. Lo dulce y lo amargo. Lo perdido y lo encontrado. Están las preguntas, como piezas del rompecabezas que faltan y muestran el universo infinito detrás de la realidad.
Pero te puedo hablar de otra fractura. Una menos importante. Una trivial, una nada, una para qué.
No recuerdo que edad tenía. No lo recuerdo porque nunca hablé mucho de ello. Si hubiera hablado, el recuerdo podría ligarse a más conversaciones, a idas al colegio, a cosas que se ligaran a algún momento histórico reconocible. Pero sólo recuerdo dos cosas. La ida al hospital (el segundo momento) y la lucha en la cama (el primero).
Jugábamos con mis hermanos y con Mayo, mi vecino. Mi hermano era tres años menor que yo, y Mayo uno mayor, aunque era de menor estatura, más menudo. La cama era pequeña, la pieza también. Nos tirábamos almohadones, perdíamos el aliento, nos pegábams combos que eran de mentira, nos reíamos mucho. Igual que ahora se están riendo esas minas de más allá, perseguidas por sus amiguitos. Igual que se ríen todos los niños del mundo, con las caras rojas y transpiradas y el pelo desordenado, tirándose cosas y jugando a la lucha libre en la pieza.
El hecho en sí es sencillo: Mayo se arrastra debajo de la cama, mi hermano le tira un pie, yo pienso fugazmente en que puede rompérselo. Pero antes de hacer nada, corro (porque estaba un poco más lejos), salto y caigo sobre el colchón. Entonces algo cruje, y debajo escucho el grito de Mayo.
Cuando lo sacamos yo lo veía reir. Por varios segundos, pensé que no podía aguantarse la risa. Al final nos dimos cuenta de que estaba llorando. Hasta ahí llega el recuerdo.
Le rompí el brazo con el fierro que había debajo de la cama, doblándola. Mis padres lo llevaron al hospital, pagaron el gasto médico, un par de días después me llevaron a verlo. No recuerdo si lo vi, si no entramos porque llegamos tarde o si entramos y lo borré. Recuerdo estar afuera del hospital, en ese clima magnífico que nadie en el mundo cambiaría, esperando.
Y examino las piezas que faltan. Me digo: esos son los errores infantiles de los que uno aprende. A tener cuidado, a ser responsable, a pensar antes de hacer las cosas. A preocuparse por el otro.
Pero yo no aprendí.
No recuerdo si fue en seguida o mucho después que comencé a distanciarme de Mayo. Recuerdo momentos en que fui matándolo en mi cabeza, sin violencia (estaba desterrada la violencia, estaba prohibida, estaba ahuyentada por el silencio), pero con toda la asepsia del mundo, borrándolo como si fuera un dibujo obsceno, eliminándolo como una sesión de pornografía en el computador, rastreando los archivos y botando las llaves.
Mayo fue el primero que maté de los otros.
A los demás los fui matando después. Uno a uno, o en grupo. De diferentes formas. Como dice Wilde, a veces con un beso, a veces con la espada. A todos.
Ahora están todos muertos. Ahora descanso bajo el sol, negándome a hablarte de la fractura, oyendo risas grabadas y rodeado de una gran fotografía mural de gente jugando en una rotonda de pasto y árboles. Ahora me canso de recordar y me canso de ti. No recuerdo haberte dado un nombre, no recuerdo ver tu rostro. Así que voy a dejar de inventar que estás acá, y me voy a callar.
No eres real. No eres real. No eres real.
No llores. No llores o tendré que seguir hablándote.
Así está mejor. Easy. ¿Te sientes mejor?
Gracias por escucharme. Ahora tienes que irte. Ahora quiero estar solo de nuevo.
Adiós
1 comentario:
los agujeros negros de amor. precisamente, de eso hablábamos, de que al amor se lo chupan y lo tuercen y lo deforman y se lo llevan.
y acá estoy yo, trantando de hacer el balance.
no te había leído por acá. tengo mucho tiempo que recuperar.
besos, y mucho amor. para ti, para la perrita, y para todos, loco.
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