domingo, mayo 18, 2008

El juego de los números

No te lo puedo decir: es un secreto. Pero me puedo disfrazar, a ver si tú adivinas.

Juguemos, respondió él, disfrutando el sol. Disfrázate.

Algo me está fluyendo entre las piernas, dijo ella. Él se sintió duro, respiró más fuerte.

Alguien me está llamando desde otro tiempo y otro lugar, dijo ella. Él quiso acompañarla.

No me toques: rescátame. Las cicatrices ya no están pero sigo sintiendo los golpes.

Y luego: las luces, la música, los saltos con los mechones negros cayéndole en la cara.

Y luego las groserías chilladas con olor a alcohol. Y luego la ternura con olor a lavanda. Y luego el hielo de sus rasgos europeos.

¿Cuántas llevo?

Ocho, dijo él, pensando en lo que sintió Américo Vespucio al descubrir desde su escritorio algo impensado y trascendente como nada antes.

¿Cuántas me faltan para ser para ti? ¿Infinito menos ocho?

No, dijo él, y se rió (pero la pregunta lo entristeció un poco). Digamos que ocho es algo que pocos pueden hacer.

Puedo hacer más, dijo ella. El pelo castaño corto se arremolino bajo la fuerza del viento tibio de la selva. Los brazos delgados sacudieron sus rulos rubios y alisaron su vestido de gala. La luz de la vela tembló sobre su liso pelo rojo y sobre sus manos que guiaban afiebradas el lápiz.

Sus ojos tuvieron el verde de la bruja zalamera, el azul de la extranjera curiosa, el miel de la hedonista de buen humor, el negro de la morena que nunca dejaba una pregunta sin responder.

Él jadeaba, con la boca, con el alma. Él estaba llamando a la línea aérea para suspender su vuelo, estaba pidiendo con los dedos anhelantes un lápiz para firmar donde fuera, ahora mismo.

Quince es un buen número. Es un número magnífico.

Ella sonrió.

En realidad da lo mismo el número. En realidad mi ideal es infinito, y tú lo lograste. Como para los primitivos, el número quince es igual a infinito. Soy un primitivo y soy un hombre moderno contigo, soy el futuro y el pasado. Soy todo el puto diccionario de sinónimos y antónimos para ti. Y tú lo eres todo. Todo. En serio, todo. ¿Quieres casarte conmigo?

Ella sonrió (pero la pregunta la entristeció un poco). ¿Quieres que diga que sí?

Claro, por favor, por Dios, por todo. Dime que sí.

Ella recurrió al rostro de hielo para decir, sin que se notara mucho su tristeza (pero se notaba igual): sólo te puedo decir si adivinas. Adivina el número.

Quince, dijo él sin dudarlo, y entonces, lleno de alegría, las vio a todas juntas. Pero algo estaba mal.

Todas estaban desoladas.

Esa no es nuestra cantidad, dijo la exploradora rubia, en voz baja. El número es cero.

Una a una se desvanecieron, el tiempo justo para que él tratara de robarles un beso a cada una y sólo pudiera rozar sus mejillas, sus pieles suaves, su aliento dulce. Al final se fueron todas.

Solo, caminó mientras era cada vez más consciente de la gente caminando a su alrededor, de los edificios con el logo de la Coca-Cola y las pantallas gigantes y el tráfico y los vendedores, y la culpa y el rencor y el miedo, y el futuro y los hoteles y los aviones interminables y los perfumes baratos y los rincones oscuros. Y antes de doblar una esquina se subió la capucha del impermeable, se ajustó el nudo de la corbata, acarició la navaja en su bolsillo.

“Sí, acepto”, se respondió a sí mismo.

Comenzó a llover.

viernes, mayo 09, 2008

Blancanieves y la Bruja y el Flautista de Hamelin

Me dijo una chica dulce con dientes afilados que cuando la Bruja mataba a Blancanieves no se trataba de un asesinato, sino de un suicidio, porque la Bruja y Blancanieves son la misma mujer pero en edades diferentes. La vieja mata a la joven porque odia su juventud, porque sólo debe quedar ella misma. Pero la joven se venga de la vieja y la mata porque lo viejo muere rápido y la belleza nunca es olvidada. Un suave cuerpo blanco diezmado por la rabia.

Un chico dulce con ojos como espejos retrovisores me contó que no podía enamorarse y que nadie se enamoraba de él, pero entre medio tenía miles y miles de amigos y gente que quería acostarse con él. Nunca accedía. Lo suyo era la fiebre de la palabra, una especie de mala poesía donde no importaba la calidad sino la cantidad: ponerle nombre a todo, sumar sinónimos ante cada pensamiento, como aquellos chicos nerds que cuando aprenden a leer (a los cuatro, cinco años de edad) van por la calle nombrando todos los letreros y carteles y marcas sobre su campo visual. Peter Punk, este chico, usaba las palabras no como cuchillos, no como olas de un mar de petróleo, ni siquiera como mariposas: las usaba como la miel de un sibarita adormilado que podía tragar durante horas sentado en sus cojines, pero que nunca engordaba. Un huesudo cuerpo blanco mantenido en frío por la fiebre.