Marianela
Un viejo texto. A veces uno piensa que las cosas le pasan sólo a uno, o a los que están con uno. Otras veces de verdad las historias son de otros.
MARIANELA
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OK, ésta era una mina con un cuerpo menudo y unos ojos hermosos de tan intensos, que caminaba como un hombre y miraba el mundo desde detrás de sus anteojos de mosca como si estuviera decidiendo (con una sonrisa, siempre con una sonrisa) en qué lugar iba a ordenar primero que cayeran las bombas. Y sobre, detrás, alrededor de ella, una tormenta hecha de arena negra pero también de un orgullo feroz. Sonreía y conjugaba un ego del tamaño del universo, una vanidad tan femenina como una serpiente de miel venenosa y un deseo tan masculino como un puñal guardado en un cajón que de pronto sale a la luz. Y junto a ella, sus hermanas: la perdida, la loca, la reprimida, la monja del socorro, la virgen del perdón, la poetisa del rencor, la viajera de pelo rojo. Turnándose por ocupar el espacio detrás de esos ojos, peleándose por el territorio ya no de su cuerpo, sino de su zona de influencia, la red de contactos y fans y afectados e inversores y aspirantes a asesinos y a ángeles que creían tener una relación con ella, que creían conocerla y no entendían que ella, que se enamoró del ciudadano Kane con todas sus personalidades, huía permanentemente y a toda prisa (a todo delirio, a toda sangre) de cualquier cosa que la aprisionara. No era tonta: sabía que esa huída de los barrotes estaba montada sobre un vehículo hecho de barrotes más delgados, más flexibles, pero más implacables, que terminaban por hundirla en el río de sus límites tejidos sobre el agua. Y hundiéndose en el río que iba hacia el corazón de las tinieblas, como todos los ríos desde que dejaron la fuente, ella tomaba aliento, miraba la espuma de oro, y se decía a sí misma: "seré el remolino y la tormenta". Marianela, la tormenta. No sonaba mal.
La primera vez que la vi, la encontré rica pero tóxica. Pensé: podría enamorarme de mujeres así si fuera más pendejo, si estuviera menos cansado, si no nos pareciéramos tanto. Me reí. Pero yo no estaba solo: junto a mí estaba uno de mis mejores amigos, que para ustedes se llamará Leonardo. Y Leonardo, por razones que entiendo pero no quiero creer, cayó. En picada. Hacia un infierno donde el fuego nunca se apagó. Marianela, la tormenta de llamas color sangre, con una sonrisa roja como el futuro, sin quererlo (nadie quiere que pasen cosas malas, todos somos buenos en el fondo, qué podría haber hecho, etcétera), sin pensarlo, sin sentir más que placer y vértigo, desplegó una a una a sus hermanas para no dejarle salida alguna a Leo.
Leo, le dije dos años después, Leíto, qué lejos de ti te has ido. Estaba más flaco (más flaco que yo, lo que era mucho), estaba más perdido, creía menos en sí mismo, el mundo se le escapaba como sal entre sus dedos heridos. Y esa fiebre en sus ojos, donde reconocí la huella presente de Marianela y sus disparos hacia sí misma, sus muñecas cortadas, su insobornable decisión de ser un desastre y un faro para quienes no han terminado de crecer y no quieren hacerlo porque saben que hacia adelante sólo hay desesperación disfrazada de bienestar. Leo, viejo, no quisiera estar en tus zapatos.
-Eso es mentira, Gabriel -me respondió, con una sonrisa triste y salvaje que aún estoy intentando descifrar-. Yo sé que nada te gustaría más que estar en mis zapatos.
MARIANELA
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OK, ésta era una mina con un cuerpo menudo y unos ojos hermosos de tan intensos, que caminaba como un hombre y miraba el mundo desde detrás de sus anteojos de mosca como si estuviera decidiendo (con una sonrisa, siempre con una sonrisa) en qué lugar iba a ordenar primero que cayeran las bombas. Y sobre, detrás, alrededor de ella, una tormenta hecha de arena negra pero también de un orgullo feroz. Sonreía y conjugaba un ego del tamaño del universo, una vanidad tan femenina como una serpiente de miel venenosa y un deseo tan masculino como un puñal guardado en un cajón que de pronto sale a la luz. Y junto a ella, sus hermanas: la perdida, la loca, la reprimida, la monja del socorro, la virgen del perdón, la poetisa del rencor, la viajera de pelo rojo. Turnándose por ocupar el espacio detrás de esos ojos, peleándose por el territorio ya no de su cuerpo, sino de su zona de influencia, la red de contactos y fans y afectados e inversores y aspirantes a asesinos y a ángeles que creían tener una relación con ella, que creían conocerla y no entendían que ella, que se enamoró del ciudadano Kane con todas sus personalidades, huía permanentemente y a toda prisa (a todo delirio, a toda sangre) de cualquier cosa que la aprisionara. No era tonta: sabía que esa huída de los barrotes estaba montada sobre un vehículo hecho de barrotes más delgados, más flexibles, pero más implacables, que terminaban por hundirla en el río de sus límites tejidos sobre el agua. Y hundiéndose en el río que iba hacia el corazón de las tinieblas, como todos los ríos desde que dejaron la fuente, ella tomaba aliento, miraba la espuma de oro, y se decía a sí misma: "seré el remolino y la tormenta". Marianela, la tormenta. No sonaba mal.
La primera vez que la vi, la encontré rica pero tóxica. Pensé: podría enamorarme de mujeres así si fuera más pendejo, si estuviera menos cansado, si no nos pareciéramos tanto. Me reí. Pero yo no estaba solo: junto a mí estaba uno de mis mejores amigos, que para ustedes se llamará Leonardo. Y Leonardo, por razones que entiendo pero no quiero creer, cayó. En picada. Hacia un infierno donde el fuego nunca se apagó. Marianela, la tormenta de llamas color sangre, con una sonrisa roja como el futuro, sin quererlo (nadie quiere que pasen cosas malas, todos somos buenos en el fondo, qué podría haber hecho, etcétera), sin pensarlo, sin sentir más que placer y vértigo, desplegó una a una a sus hermanas para no dejarle salida alguna a Leo.
Leo, le dije dos años después, Leíto, qué lejos de ti te has ido. Estaba más flaco (más flaco que yo, lo que era mucho), estaba más perdido, creía menos en sí mismo, el mundo se le escapaba como sal entre sus dedos heridos. Y esa fiebre en sus ojos, donde reconocí la huella presente de Marianela y sus disparos hacia sí misma, sus muñecas cortadas, su insobornable decisión de ser un desastre y un faro para quienes no han terminado de crecer y no quieren hacerlo porque saben que hacia adelante sólo hay desesperación disfrazada de bienestar. Leo, viejo, no quisiera estar en tus zapatos.
-Eso es mentira, Gabriel -me respondió, con una sonrisa triste y salvaje que aún estoy intentando descifrar-. Yo sé que nada te gustaría más que estar en mis zapatos.
1 comentario:
Se ve tremenda esa Marianela, no quisiera encontrarme con ella, porque como la describes hasta yo caeria.
Saludos G
:*
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