miércoles, octubre 03, 2007

En la trinchera físicamente real

-A quien odias.
-A nadie. Aunque si me encontrara con cierta persona que conocí a los 17 años tendría que controlarme para no dispararle. Después de eso, no odio a nadie. En general nadie me ha hecho nada malo, intencionalmente.
-La gente que hace cosas malas, ¿las hace intencionalmente?
-Llamemos intencional al acto realizado a pesar de que tienes la posibilidad razonable de controlarlo, o de evitarlo, o de salir corriendo para no ceder a tu gemelo dañino interior. Hay un lolcat muy chistoso, donde un gatito sujeta a otro y dice "run! i can't push him back much longr". Gatitos, muñecos, nubes de algodón rosado. Y la muerte.
-¿Por qué te fascina la muerte, Crocek?
-De engrupido nomás. De pendejo emo. Eso off the record. La respuesta oficial: porque está a cada paso, detrás de todo. Porque el reino de los arquetipos siempre ha sido para mí un cementerio. Pero hay algo además de la muerte. Porque la muerte es en el fondo algo desconocido que no importa hasta que llega. Pero antes de la muerte está otra cosa: la destrucción.
-¿La destrucción?
-La destrucción. Que si te fijas, no es lo mismo que la muerte, porque la muerte es la entropía, y se puede llegar a ella de forma pausada, como el ciclo natural de las cosas, primavera-verano-otoño-invierno-primavera-again. La destrucción es algo parado a mitad de camino, llevado a un ciclo diferente, erróneo. Sobre todo erróneo. Es una fuerza entrópica llena de pureza y libertad, maligna al fin y al cabo. Es más complejo que eso, porque es ambivalente, es múltiple y especular. El fuego purifica/no, el fuego sólo destruye (Anne Rice). Paz decía que las pasiones no se pueden ordenar por su legitimidad moral, o perversión, pero sí por su intensidad, su pureza. Y las pasiones más altas son las mayores, las salvas: su otro nombre es destrucción (dice Paz). Pero no somos eso. Los seres humanos no somos eso. Incluso en este desierto y con estas armas en la mano, mientras esperamos que amanezca, no somos sólo un impulso. Somos un campo de batalla, o un barco amotinado, donde sólo alguien puede tomar el timón. ¿El capitán, los rebeldes, los oficiales, los esclavos? En descubrirlo se te va la vida. Puedes terminar, preguntándose estas cosas, en una guerra de un país que no es tuyo, fumando junto a unos fanáticos religiosos WASP esperando a unos fanáticos religiosos barbudos. Y sujetando un arma. ¿Habría sujetado un arma yo hace siete años, en las calles de Santiago de Chile, hoy devorado por la represión del gobierno de Piñera?
-¿Cómo eras en ese tiempo, Javier?
-Era mucho más delgado que ahora... usaba el pelo como una melena descuidada. Tenía dos extraños mechones un poco más largos, uno de cada lado de la cabeza. Tenía una novia rubia y muy bajita, dulce, inteligente. Andaba mucho en bicicleta. Tenía un fotolog, un blog. Tenía un par de obsesiones que ahora me sorprenden. Y estaba cansado de escribir. No quería tener más demonios en mi escritura. Pensaba que con un trabajo físico, que me llevara fuera de ese país de nihilistas y mezquinos hombres de asegurada clase media iba a recibir el perdón del ser, de la existencia.
-Y ahora estás acá.
-Y ahora estoy acá, y tengo suerte de no tener gangrena.
-Por lo menos sería una gangrena física. La de tu país hubiera sido moral.
-No estoy seguro de que la moral exista. Existe esta ametralladora. Existen, aunque no los vemos, esos árabes de mierda al otro lado del valle.
(Una luz.)
-Mira eso. Es la hora. ¿Tienes miedo?
-Sí. Tengo miedo. Un miedo real. Un maravilloso miedo de verdad en todo el puto cuerpo.