Tori Amos canta sobre Ciudad Juárez. En Ciudad Juárez ellas están viviendo, están cantando, están trabajando duramente para mantener a sus hijos. En Ciudad Juárez ellas están siendo mujeres, mangíficas mujeres. Con esos cabellos largos, esos rasgos con una belleza que despierta el hambre y a la vez la tranquilidad, con esas voces frescas que vienen de otro tiempo, con esos olores que varían de lo amable y lo salvaje, con esos ojos que a nosotros, los hombres, nos hechizan sin más, porque así está hecha la biología y así está hecho el mundo. Mujeres. Pero en Ciudad Juárez están muriendo, y están siendo torturadas, y alguien les está cortando el pezón y las está utilizando como un trapo sucio para masturbarse, y esa violencia está en lo más hondo de nuestro corazón, de nuestra literatura de machos, de nuestro maligno falo, de nuestra desmesurada hambre. Y Javier Crocek, hundido en su penumbra que nadie ve de cerca, en su diminuto mundo donde nunca deja de ser un adolescente, en su asma y sus uñas comidas y dedos mordidos y cortes de cuchilla en la cadera para poder respirar, para superar la angustia que lo abraza como una ninfa hecha de gilletes, acostado en su cama mirando el techo y mirando el computador, con el cerebro agotado y casi mudo, piensa una y otra vez en las muertes de Ciudad Juárez. Y le duelen, le duelen, por la mierda, le duelen como el infierno, le tocan los bordes del ajado corazón, le devoran el colon en llamas, le dicen: estás muriendo, Javier, te están matando y torturando, pero tú también estás matando y torturando mientras estás ahí, tirado e inútil preguntándote cuál es tu diagnóstico. Ya te lo dije una vez, drugstore cowboy, tú no te vas a sanar, y mientras sigas enfermo los ladrones de los que eres creador y cómplice y víctima vendrán a llevarse los pezones y la virginidad y la vida de esas mujeres que amas. De todas las mujeres del mundo a las que nunca podrás proteger, drugstore cowboy, pendejito egoista, mentiroso del alma. Tú no te vas a sanar, Drugstore Cowboy, y el mundo no tiene consuelo.
Mentira.
No tengo un mantra ni tengo un nombre, responde Javier Crocek, pero lo que dices es mentira, y te lo voy a demostrar. Se para, se sienta frente al computador, escribe el punto final...